©2011, Eugenio Zigurat y Gerardo Horacio Porcayo
Aromas a especies, a extrañísimos inciensos.
Por momentos imaginó una cena especial. Una celebración distinta para las mismas estúpidas fiestas de diciembre de siempre.
Quiso abrir los ojos. Quiso levantar el cuello y entonces fue consciente de que le resultaba imposible. Un nuevo conocimiento se agregó a su ser. Había un demonio, en su nuca, montado a horcajadas; sus garras se aferraban a la frente y la jalaban hacia atrás. Cada vez más, exigiendo un ángulo mayor, más pronunciado a sus vértebras
—Estás soñando —se dijo y de inmediato la noción del demonio enano se transformó, dio paso a la clara imagen de un ayudante de Santa, aferrado a su cráneo, forzando su inclinación, como si estuviera tratando de cosechar su cabeza y con ello un juguete para la próxima y urgente entrega—. Estás soñando —insistió.
—No —explicó el empleadillo de Santa—. O no del todo. Te hace falta ver más allá.
El dolor se agudizó. En su cuello. Casi podía escuchar el crujir de los huesos, el desgarre de cartílagos y tendones.
Cerró los ojos y las uñas del duende le dolieron más. Y desde ahí, desde ese punto, la luz empezó a entrar.
—Ríndete —demandó el duende.
Y él cedió. Negrura. Luego una cadencia. En el fondo. Muy en el fondo... Perdida... Una taquicardia. Una desesperación...
* * *
Abrió los ojos y fue como despertar de un largo sueño o, peor aún, como descubrir que uno acaba de levantar los párpados a una pesadilla.
La pesadilla después del orgasmo. Porque eso estaba claro, había sido arrancado de la inconsciencia por el placer.
Y ya se sabe: la pasión suele conducir al infierno.
Había sangre por todos lados, formando una gelatina a medio cuajar con semen, sangre y carne purulenta bajo su propio vientre, ahí, donde una suerte de cosquilleo, de tacto sexual acompañaba el retraimiento de los tentáculos. Una sensación parecida a la del relax eréctil, a la laxitud del deseo colmado. Tan parecido como un pato a un ornitorrinco, porque los tentáculos podían ser todo, incluso parte suya, pero nunca tranquilizantes.
Y el resto, lo que completaba la escena, no hacía nada por favorecer su calma: esa masacre a la luz de los estrobos, la sangre que no paraba de fluir desde los rincones atestados de cadáveres, rotos, eviscerados o empalados en las patas de mesas y sillas, en los mismos tubos para el baile.
—Ora sí la jodiste —dijo. Y no se equivocaba. Entre más tambaleaba en su avance por el caos, más confirmaba cómo se había encargado, con sus propias manitas (¿y quién, a estas alturas podía descartar los pseudópodos?) de irse cerrando todas y cada una de las salidas posibles.
Bien a bien desconocía la velocidad de actuación de su vigente ser. Para un hombre normal aquello hubiera sido imposible. Un grupo de sicarios tal vez gastaría algo más allá de los veinte minutos en completar todos los detalles que colmaban cada espacio, cada pista. En cada una, la masacre adquiría una especial configuración.
Y todas le resultaban familiares.
O casi. Se detuvo en el lugar donde viera desplegarse el strip tease de una coreana a ritmo pop de su original nación. Algo ahí no checaba; una fantasía realizada, una instalación ajena a sus deseos o con pincelazos de ellos pero enteras áreas desconocidas.
Era como si su mente se estuviera desdoblando.
Incorporó una de las sillas y se detuvo a observar más de cerca. Sus cuencas oculares estaban rellenas con los lentes de dos cámaras de seguridad. Los pezones habían sido removidos y colocados como tornillos de Frankenstein bajo las orejas, en el cuello. Los senos terminaban su cumbre con los globos oculares incrustados en las heridas de las aureolas.
El rigor mortis permitía que las manos cercenadas elevaran los senos. En sus muñecas, con grapas industriales, se habían adherido un par de pies ligeramente más morenos.
La postura del cuerpo, de manera evidente, remarcada con la sangre, configuraba un kanji, cuyo significado desconocía.
—Mierda —exclamó, como única salida catártica posible.
A lo lejos ya se escuchaban las sirenas policiacas, pero ni aun eso fue capaz de detener el flujo de sus recuerdos.
A veces basta el más mínimo asidero para accesar a una memoria total...
* * *
En órbita. Ese era su primordial, su último recuerdo. Estar en órbita.
Remembranza rompecabezas. Un pedazo aquí, otro allá. Como si se hubiera puesto una guarapeta en plena caminata espacial.
Pero no. Se suponía que su misión era el reemplazo de un panel solar. Y el chequeo del funcionamiento errático de la válvula de desperdicios no reciclables.
De hecho acceder a esas imágenes fue revivir el éxtais de flotar. La entera carga emocional de ese instante.
Éxtasis. Renuente refocalización de sentidos en una tarea mecánica. Perder el panorama soberbio de la Tierra allá abajo, para hundirse en el estrecho pasaje de descarga.
—Abre la compuerta. Prueba —pidió por el intercomunicador—, Burton, trata otra vez.
Luces que parpadean. Diodos en falso contacto. Cortocicuitar para reestablecer el curso de la energía. Reiluminación de los diodos para, al final, descubrir el vómito de aquel ducto. Porquerías expelidas contra su escafandra. Si hubiera sido un poquito más perverso, si su relación con la defecación no fuera tan simple y primitiva, quizás se hubiera sentido reconfortado.
Pero se arrojó hacia atrás, como si aquella emisión pudiera infectarlo de manera terminal.
Y eso fue determinante, los desechos adquirieron rotación, se movieron, se expandieron en espiral.
—Ya funciona, Leo, la compuerta ya funciona —se alegró Burton detrás del micrófono, allá, en el confortable, seguro interior de la Estación Espacial Internacional.
Él, Leo, Leonardo Baltierra, en ese justo instante se descubrió a la deriva, lejos de la estructura, de la misma mochila propulsora que se quitara para acceder al ducto a reparar.
—Mierda —masculló y, como si la comprensión fuera una condición previa, identificó en la espiral de expansión, la ruta ineludible de un condón contra su placa visual—. Marranos —gritó, abriendo la comunicación con la estación—, son un atajo de cerdos asquerosos —ni una mujer a bordo y la materia interna y externa al látex contaban lo necesario para sacar las cuentas precisas—. Son una mierda...
El látex se vació contra el cristal. Su inercia fue trazando estelas de materia fecal. El asco era tal que hasta ese instante Leo descubrió, con el tirón del lastre, que aún estaba atado a su mochila propulsora por la correa de seguridad. Dejó sus tabúes atrás y se centró en remolcar su medio de avance extravehicular. El tiempo sería fundamental en la operación de reacoplamiento.
Y ahí, a punto de alcanzar la mochila, los recuerdos acababan.
O casi. Reanalizar las últimas escenas era peculiar. Estaba entrando en el cinturón de la basurósfera astronáutica, justo en el instante en que un cuerpo inmenso, eclipsaba al sol y proyectaba sobre el costado de la estación la sombra moluscoloide de algo que ya no alcanzara a mirar.
* * *
Los reflectores lo sacaron de su viaje interior.
Las sirenas aullaban con apremio, con exceso decibélico., en una revuelta, en un asedio parecido al de un enjambre de abejas africanas.
Leonardo sacudió la cabeza y tapó sus oídos. Abrió los ojos. Y luego un tercero. Pudo sentir otra vez las manos del ayudante de Santa mientras obligaba a los párpados de su tercer ojo a separarse.
Las cosas estaban ahí. Y no, y sí, como en esa doble consciencia, en ese estado segundo que conocen los adictos al THC. Miró a la coreana. No supo reinterpretar el kanji, pero su tercer ojo parecía captar una suerte de directrices que apenas era capaz de dilucidar, que apelaban a algo más dentro de él. Y la frase, algo más, no era un mero eufemismo.
Algo entendía esos rasgos y, a él, sólo llegaban migajas de percepción; pero llegaban de tal manera que le resultaba imposible eludirlo. Algo a nivel instintivo que lo hacía moverse.
Se impuso, quiso prestar batalla y los signos de un inminente desmayo se hicieron perceptibles. Se dejó ir, se dejó conducir. Y esta vez tenía los tres ojos bien, muy bien abiertos.
* * *
La masacre quedaba atrás. También en sus ropas, pero no podía sino complacerse en ese dificultoso respirar de la fatiga física extrema.
Había sobrevivido al enfrentamiento. Atrás quedaban columnas de humo y fuego que contaban de otra manera la historia.
La contaban como debía ser contada, ahora lo entendía.
Sólo ahora, cuando sus mutilados tentáculos chorreaban una mezcla de sangre roja y verde, un licor tan apestoso que mantenía al margen cualquier arriesgado depredador, por insecto o minúsculo que fuera.
Suya era la consciencia. Ahora sí.
Suya era la mirada tripartita que lo conducía sin más dudas a un destino.
Si hubiera conservado su libertad, su ignorancia, quizá habría gritado su júbilo.
Leo, Leonardo Baltierra, aún vestido con su traje suborbital manchado de sangre, repreto de orines y heces fecales ajenas, en realidad sólo lloraba con ese especial y pírrico júbilo del superviviente mientras se dejaba conducir a ese faro que ya presentía, prefiguraba, en su completa extensión, su pluralidad y abyecta naturaleza.
* * *
El mirar con su tercer ojo lo hizo recordar más de sus cuitas orbitales.
Ya de niño sintió cómo los vellos de su nuca llegaron a erizarse ante la presencia del Maligno. Sacerdotes y familiares, lo convencieron de que su reacción era, en pocas palabras, un resabio del miedo animal al enfrentar situaciones límites.
De nada sirvió explicar que nada crítico le sucedía en aquellos, en otros instantes.
De nada... Excepto ahora. Excepto ese instante en que Leo ya resultaba útil para la inseminación. Esas eran las palabras del dueño del tercer ojo... o de su plena locura. Esa que lo arrasara. Lo domara y retorciera con la sola visión de las sombras tentaculares.
Mientras remolcaba los últimos centímetros su mochila, Leonardo Baltierra, sintió cómo cada una de las sombras se introducía en su ser hasta unificarse. Hasta hacerse uno con él.
Ahora que ha concertado la paz, puede ver lo que ahí sucedió: otra parte del ser multipartita se adhirió a los restos del semen y, con esa tenue esencia física, consiguió introducirse al tubo de desechos.
Tiempo muerto. Hubo uno. Grande, enorme, mientras las primeras trifulcas tomaban un curso. Luego el ser dentro de él, reclamó movimiento. Al límite de lo operativo lo condujo de vuelta a la estación, a la entrada de emergencia de esa cápsula soviética. Y al precipitado descenso, apenas a dos kilómetros del table dance donde al fin Leo despertara.
Leo avanza. Por esa senda polvosa, sigue marchando.
En su corazón quedan heridas profundas, contradictorias. Alcanzar el cielo sólo para descubrirse en el infierno...
—Malditas paradojas —masculla y no detiene sus pasos.
* * *
Sus vástagos lo van rodeando, cada vez en mayor número. Hay un grupo de diez que se turnan para lamer sus heridas. Literalmente...
Sus vástagos. El concepto es claro, la imagen, la sensación quiere cortocircuitarlo todo...
Entonces recuerda otra parte. La más compleja. La más terrible.
Leonardo Baltierra, de profesión astronauta, de especialidad en equilibrios energéticos, abrió la puerta del table dance, del masacradero, a los reflectores policiacos. Así, sin más, sin miedos, o con todos los miedos maniatados, secuestrados bajo su epidermis.
El acto tienen un nombre en la versión televisiva de lo policiaco norteamericano: "death by cop", o suicidio por policía, para ser más precisos. Eso buscaba Leo. Eso fue lo único que no encontró.
Alguien atrás, bajo él, necesitaba su vida, más que él mismo.
* * *
Lo primero que alcanza a distinguir es el enorme surco que hiciera su cápsula. Por algún error menor, el paracaídas sigue anclado a la cápsula y ha arrastrado a ésta por más de tres kilómetros.
Poco a poco sus vástagos se han dispersado en detenida revisión del camino, de los fragmentos que ahí quedaran.
Vástagos es una palabra que ya no lo complace. Su engendro, su progenie, su prole, sí, eso suena mejor, piensa, mientras siente a la única reprersentante activa, acompañante, pisarle los talones.
Su mente tiene un programa. Corta las cuerdas del paracaídas, gira la cápsula, hasta conseguir ingreso a ella.
En el interior descubre sus propias huellas; reconoce su órbita de descenso, la recrea en su mente, hasta tenerla toda. Tanto para tan poco... Revisa los múltiples mensajes de la estación espacial. Su calidad de alerta. Las declaraciones de órbita perdida y el gps constante de su caída libre... No necesita corroborar, revisar vía intercomunicador, la razón de aquella entrada en atmósfera, ni la falta de prioridad en su recuperación. Los sentidos están centrados en la Estación Espacial. En lo que de ella quede...
—Serán como yo... Como nosotros... —y en ese instante se percata de la silueta. De su mirar.
—Mis hermanas están llegando —advierte su engendrada, ese retoño que cada vez ha adquirido una mejor conformación.
Evolución, la palabra ronda en sus neuronas, se reproduce, regenera, hasta retocarlo todo. De la imitación de las primeras víctimas, de las mujeres caídas, pasando por sus deseos y los rechazos de la policía en el gran enfrentamiento, su progenie ha tomado detalladas notas y ahora conforma una sola configuración que es la suma de todas y cada una de las peticiones que, consciente o inconscientemente, hicieran él y todos los caídos.
—Soy tu hija y también tu hermana y hasta, en parte, tu madre. Quiero que cierres tus parámetros de lo debido. Necesito que vivas y lo que mis hermanas han hecho no es suficiente.
Se ríe. De forma sarcástica pero genuina, ríe.
Está con ella. Está sin ella. Y, lo sabe, al final estará sólo. Menos sólo.
Ella lo besa. Su saliva vuelve a cauterizar, y hasta desaparece la mayor parte de los muñones de sus tentáculos. De los ocho, queda uno.
Y recuerda: el infierno de dolor mientras cada uno de ellos detenía balas, mientras cada amputación se esforzó en granjearle supervivencia. Ahora cada milímetro superviviente parece sumarse a la longitud y espesor del único que ya le crece en el bajo vientre, justo sobre su miembro.
Ella vuelve a aplicar la saliva curativa, transformante. Lo toca en el tercer ojo. Y dice:
—Prueba ahora.
La guía lo conduce. Se cierra la apertura en su frente. El tentáculo se une a la materia de su pene. Lo recubre. Lo remodela.
—Ya —dice.
—Ahora debes esperar. Tu labor ya no es prioritaria, es de reserva. Ahora nosotras somos las diseminadoras —atora los cinturones de seguridad y gira la cápsula.
Puede ver a toda su progenie.
Son más de las que logró contar. Todas idénticas. Clonadas en rasgos, figura... en absoluta belleza rubia.
Suman más de cincuenta. Algunas portan traje, otras uniforme policiaco, las menos vienen desnudas y en sus entrepiernas se agitan diminutos tentáculos.
—Nos volverás a ver —dice la que lo cuidara. No sé cuándo, pero pronto.
Leo, Leonardo Baltierra aún mira cómo su más cercana retrocede. Goza su desnudez, sus formas, sus curvas abundantes, perfectas. El sueño húmedo de todo adolescente, de la mayoría de los varones conectados a los medios masivos de comunicación global.
—Exacto —dice ella, y vuelve a dar otro paso en retroceso. Un amplio haz luminoso cae sobre las congregadas. Se incrementa, lumínicamente, hasta casi desaparecerlas del espectro visible—, somos el siguiente paso de este perfeccionamiento. Gracias por colaborar en la invasión.
El tubo de luz destella, una vez más, cegadoramente.
Luego, sólo la noche y el descampado.
* * *
Siete horas después lo rescatan.
Si no existieran las esposas. Si no le hubieran enseñado su traje lleno de sangre, dudaría de lo que ha experimentado.
Un mes después entiende. Y entiende muy bien.
Ya no teme. En el sanatorio, todos los dementes tardan apenas segundos en enterarse de aquello que los especialistas tardarán más de un mes en ubicar.
De vez en cuando sueña a su progenie.
En más de una ocasión la desea, toda, entera.
Es en esos angustiosos instantes, de mayor soledad, es cuando el recuerdo de su primera y única violación multiudinaria, en aquel table dance, llega entera a sus neuronas. A su líbido toda.
Y gime y se retuerce y amanece sobre una cama repleta de semen que, una y otra vez, los custodios se empeñan en entender, en descubrir, a base de maltratos, falsos culpables, sin apenas aproximarse a la verdad, sin apenas conseguir otra cosa que la frustración. Y, en contadas ocasiones, el descanso urgente que lleva al olvido... Ese, tan necesario para la invasión.