XXX PREMIO NACIONAL DE CUENTO FANTÁSTICO Y DE CIENCIA FICCIÓN

  • miércoles, 9 de julio de 2014
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  • La Langosta Se Ha Posteado
  • BASES

    1.- Podrán participar todos los escritores de habla española residentes en la República Mexicana.
    2.- Los concursantes deberán enviar un cuento fantástico o de ciencia ficción inédito, con tema libre, con una extensión máxima de 15 cuartillas y mínima de 5.
    3.- Los trabajos se presentarán por cuadruplicado, escritos a máquina, o computadora con tipografía Times de 12 puntos, a espacio y medio, en hoja tamaño carta, y por una sola cara. No se recibirán trabajos por correo electrónico.
    4.- Los trabajos deberán suscribirse con seudónimo. Por separado y en sobre adjunto, se enviará la identificación del autor con su nombre, domicilio, teléfono(s), correo electrónico, resumen de currículum vitae, y fotografía reciente.
    5.- El proceso de este Premio inicia con la publicación de la convocatoria y concluye con la publicación del fallo. No podrán participar: trabajadores del Consejo Nacional para la Cultura y las Artes, trabajadores del Consejo Estatal para la Cultura y las Artes de Puebla, esto incluye a las personas que ingresen o dejen de laborar en estas instituciones en cualquier momento del proceso de este Premio, así como autores que lo hayan recibido con anterioridad, obras que se encuentren participando en otros concursos nacionales o internacionales en espera de dictamen, obras que hayan sido premiadas con anterioridad en premios nacionales o internacionales, trabajos que se encuentren en proceso de contratación o de producción editorial.
    6.- El trabajo triunfador y las menciones (en caso que las hubiera) podrán ser incluidos en una antología que en lo que corresponde a los derechos de la primera edición, serán propiedad del Gobierno del Estado de Puebla.
    7.- El concurso podrá declararse desierto.
    8.- Ningún trabajo será devuelto.
    9.- El Jurado Calificador estará integrado por escritores destacados en el género.
    10.- El envío de materiales deberá hacerse a la siguiente dirección: “Premio Nacional de Cuento Fantástico y de Ciencia Ficción”, Consejo Estatal para la Cultura y las Artes, Casa de la Cultura, 5 Oriente no. 5, Centro Histórico, Puebla, Puebla, México, C.P. 72000, o al Apartado Postal 255 de la misma ciudad indicando claramente en el sobre el concurso de participación.
    11.- La fecha límite para enviar los trabajos es el 5 de septiembre de 2014.
    12.- Cualquier caso no previsto, será resuelto por los organizadores.
    13.- La premiación se llevará a cabo el 18 de noviembre del año 2014 en la Biblioteca Palafoxiana, (5 oriente No. 5 Centro Histórico, Puebla, Pue.).

    PREMIO ÚNICO E INDIVISIBLE: $20,000.00 M/N
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    Recordando al Cuervo

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  • La Langosta Se Ha Posteado
  • ©2013, Eugenio Zigurat

    Y no precisamente al de Edgar Allan Poe, sino a Juan Hernández Luna, quien partiera de este mundo hace ya cuatro años, intempestivamente, secretamente, un 8 de julio de 2010.
         De quienes lo conocieron, sólo Zárate asistió a su funeral. Los demás, desde lejitos no salíamos (algunos aún no lo hacemos) de nuestra sorpresa. En esta Langosta ya varias cosas se han ido posteando. Esta primera avanzada, sólo reúne lo que ya apareciera en estas pantallas. así, en bloque, para que no le anden buscando pretextos. Cuentos, crónicas y reflexiones. Todo acá:

    Crónicas
    11 Jul 2013
    Lo cierto es una sola cosa: el más adelantado era Juan, aunque al principio no lo pareciera. Corría el año de 1987 y cuando salí de no sé qué clase me lo encontré sentadito en la jardinera de la gran Magnolia Grandiflora ...
    11 Jul 2013
    Una vez, hace 20 años planeamos acompañar a Juan Hernández Luna al Registro Civil, Marco Rodríguez disfrazado de guarura, Silvia de enfermera, yo de médico corrupto, y Juan, el Cuervo para los amigos, de millonario ...
    07 Oct 2010
    Recuerdos de Juan Hernández Luna tengo en la memoria sólo algunos, limitados, escuetos, como cuentas de un ábaco que nadie sabe para qué sirven, quizá sólo para que la muerte llegue lenta, distrayéndose, sin hacer ...

    Cuento
    22 Sep 2011
    Posted on; jueves, 22 de septiembre de 2011; by; La Langosta Se Ha Posteado; in; Etiquetas: El Libro De Pixeles, Juan Hernández Luna. ©1991, Juan Hernández Luna (1962-2010). Tal vez era necesario inventar nuevas formas de vivir el ...
    11 Jul 2013
    Posted on; jueves, 11 de julio de 2013; by; La Langosta Se Ha Posteado; in; Etiquetas: Cuento, El Libro De Pixeles, Juan Hernández Luna, Premios Puebla. CUENTO GANADOR DEL XI PREMIO NACIONAL PUEBLA DE CUENTO INÉDITO ...
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    El Hombre De La Puerta De Atrás

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  • La Langosta Se Ha Posteado
  • © 1987, Alejandro Meneses |

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    Reposteo de la publicación aquí del 9 de enero de 2010.
    A nueve años de la partida de Alejandro Meneses de este mundo, un 2 o 3 de julio de 2005 (fue encontrado hasta el 4), se hace necesario un mínimo homenaje, pues aunque al interior de Puebla capital se le consideró el mejor cuentista nacional vivo, más allá de estas fronteras angelopolitanas, no fue muy reconocido. Menos aún en el ámbito de lo fantástico, pues siempre se autoclasificó a sí mismo como un autor de la gran narrativa. Pese a ello, este cuento no sólo puede considerarse una pieza de CF, sino innovadora. CF lingüística. Disfrútenla.
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    Llegó por la antigua autopista, bordeando los zanjones habitados por el lodo. Una bestia parda, de ojo extraviados, cargaba sus bultos: mercaderías del desierto, agua del pantano, flores de la ciénaga, frutos de otro tiempo. El sol brillaba a miles de años de distancia; la mañana tejía su baba de luz espesa, amarillenta.
    —Vengo del polo. Allí aprendí la lengua de los marinos que habitan esos hielos. Vi las luces en el cielo, las rayas púrpuras que vienen de otros mundos y cruzan la bóveda celeste. Es una locura mirar al cielo en el polo. Te caes. Te vas de bruces cuando miras hacia arriba, es un abismo invertido. Además, tuve aquella enfermedad del frío; durante meses caminé perdido dentro de un círculo de montañas lejanísimas, babeando y sangrando, tropezando con mi sombra. Unos cazadores me rescataron y me llevaron a una colonia de hombres, pero les contagié la peste y fueron muriendo uno tras otro. En mucho tiempo fueron mi único alimento. En fin, aquí estoy como todos los años que vengo de regiones desoladas, sólo para cambiar mis mercancías y alguna historia por leña; si tienes peces o semillas, sería mejor. No deseo otra cosa.
    —Peces hay, pero en la caverna. Semillas en ninguna parte.
    Desató sus bultos y los fue apilando en la entrada de mi choza. Dejó que su bestia fuera por ahí, en busca de algo que sólo ella sabía. Me miró con sus ojos azules de tanto ver blanco.
    —Vamos entonces a la caverna. Te doy una historia por los peces que pueda llevar sobre mis hombros. Los peces, al fin y al cabo, son eternos.
    Subimos por una colina hasta encontrar la antigua autopista a la costa. Silbos de aves invisibles sobre el cielo luminoso. El hombre caminaba a mi espalda, oía el arrastrar de sus botas sobre la superficie agrietada del asfalto.
    —Tenía miedo de no encontrar gente donde los mapas marcan su existencia. Pero por suerte te encontré. Uno se acostumbra a ver hombres en los extremos de las rutas. Cargo anillos y objetos numinosos para que la gente siga en los lugares donde voy. Mira.
    Huesos. Plumas. Acero brillante. Cabellos terrosos. Rondanas opacas. Hielo atrapado en cristales.
    —Voy y vengo confiado a estos objetos. Sólo yo sé su nombre exacto, esa palabra que está atrás de lo que tú llamas acero, hueso, pluma. Atrás de todo algo susurra.
    —Hay noches que pienso en eso. Pienso que las cosas tienen un nombre verdadero. Es más, creo haber escuchado ese susurro que está más allá del nombre de las cosas. Me da miedo. Pero cuando las toco, nada sucede. Sólo se oyen, entonces, los insectos que cantan sus coplas en algún idioma lejano, más allá de la selva. He aprendido algunas.
    —Dilas, dilas. Mientras llegamos a la caverna puedes enseñarme eso de los insectos.
    Y en el idioma lejano de los insectos dije sangre y nube, agua, espejos en círculo, lumbre-fuego-llama, otro tiempo en otra parte, sol en medio del océano, plumas quebradizas, hueco de polvo, ojo en el cielo, barco de cristal, días extraños, luz interna, canción del lodo, canción del inmigrante, humo en el agua, estrella de la autopista, pared del sueño, el tiempo en una botella, un viejo por el camino, océanos topográficos. Y otras que han dejado de existir. Muchas.
    —Eso. Eso de la botella está muy bien, tener el tiempo en una botella. Me recuerda que hace mucho tiempo tuve una botella. En ella había una luz-voz que parpadeaba mientras contaba cosas de los tiempos de cuando la Gran Desolación; sí, un hombre, junto a un mar de topacio, me la dio poco antes de morir. Esa noche escuché la historia de la luz-voz que salía de la botella, era como si adentro se repitiera una explosión ocurrida hace millones de años, el cristal la hacía parecer una estrella a punto de consumir sus gases y sus llamas. Tú entiendes, a punto de borrarse de los mapas del cielo. No podría repetirte la historia que contó esa botella, es terrible. Mejor te platico lo de los mapas, traje muchos de ellos. Mapas antiguos, detallados, donde cada estrella está donde está y no se mueve y ningún sabio puede tocarla o cambiarla de lugar. Mapas de mares de otros mundos, de rutas de caravanas que atraviesan continentes desaparecidos. Mapas de agua, donde el rumbo de un barco queda marcado entre las olas y sólo hay que seguir su huella como si fuera la de los pájaros en el cielo. Te podría dar alguno.
    Siempre me han gustado los mapas, caminar en ellos como si en verdad fueran el mundo.
    —Te daré los peces a cambio de los mapas; pero también me habías prometido una historia.
    —La que quieras, la que quieras.
    No lo dudé: quería oír la de la botella luminosa.
    El hombre quedó en silencio. Lo repetí.
    —Quiero oír la historia aquella de la Gran Desolación.
    Se detuvo y me tomó de los hombros. Sus ojos me miraron fijamente.
    —Conozco miles de historias en muchas lenguas. Te podría contar cosas que nunca imaginaste, que nunca podrás oír hasta otra edad del mundo. Te puedo dar todos los mapas que guardo en mis bultos. Pero esa historia que la botella anda contando quién sabe por qué lugares de sufrimiento no la repetiría. El hombre que me la dio, al momento de morir, me pidió que la destruyera; dijo que conocer aquello que la luz-voz contaba era causa de la muerte, de su muerte. Yo caí en la tentación, escuché la historia. Y desde entonces vivo en la vigilia, acechando cosas que sólo yo veo, viviendo agarrado de las uñas a estos harapos; siento que algo me jala, me arrastra a un abismo; tal vez eso sea la muerte. Vivo dentro de una máquina monstruosa, vigilado, siempre atisbando una rendija para poder salir.
    No dije nada. Pero seguí pensando en la botella.

    * * *

    Llegamos a la entrada de la caverna. Una boca de dientes enormes abierta en un costado del monte. El comerciante sacó unas sogas de su mochila y empezamos a descolgarnos. Pequeños derrumbes, ecos lejanos. No veíamos nada, después de varios minutos de ir descendiendo. Sin verlo, tocamos el fondo de la caverna. Organismos mínimos que latían en la noche precipitada al interior. Larvas de criaturas ciegas. Olores que iban tejiendo una tela salada, rocas detenidas en la ausencia de todo, invisibles. El hombre habló, su voz sonaba arriba de mi cabeza pero sentía el roce de sus ropas junto a mí.
    —¿Esta piedra existe, logras verla?
    —No. Pero está ahí. Siéntela: no se mueve, ahí está.
    Caminamos entre la materia espesa de la oscuridad, remontando una corriente de sangre cosida a los ojos, alargando brazos y piernas como en la más profunda de las fosas del mar.
    —Ya escucho el chapoteo de los peces, sus escamas rozando el musgo de las piedras sumergidas.
    —Atraviesan su eternidad. Huyen de nosotros, nos han oído.
    Peces en el frío de su estanque, navegando en otro tiempo, eternos. Cuchillos que entran y salen de la nada.
    —Los oigo, los oigo.
    —Cállate. Ellos también te oyen.
    El ruido afilado de los peces huyendo hacia el fondo me erizaba la piel. Me detuve y toqué la orilla del agua.
    —Toca el agua de los peces, llámalos con tu lejanía.
    El hombre se inclinó junto a mí. Dos lucecitas lejanas, como dos hogeras en medio de la noche, brillaban a mi lado. Le dije:
    —Cierra los ojos, si ven luz nunca vendrán. Sólo toca el agua, ellos sienten tu lejanía, tu tiempo remoto, y vienen hasta tus manos. La luz y el ruido los aleja. Toca el agua de los peces.

    * * *

    En la oscuridad, el hombre amarró los peces que habíamos atrapado. Y entonces hubo una persecución a ciegas.
    Yo conocía el camino de salida, todos los días iba a la caverna por peces, durante años. Cuando no sintió mi cuerpo a su lado, me llamó; primero en voz baja, pero poco a poco subió de tono hasta gritar. Yo lo acechaba tras unas rocas, aunque sabía que él no podía ver más allá de su nariz.
    —¡Hombre!, ¡hombre! ¡Hey, tú! —gritaba.
    Lo sentí tropezar, escuchaba su respiración agitada, entre dientes pronunciaba palabras en alguna lengua tenebrosa.
    —¡Ven aquí!, ¡no conozco el camino!, ¡ven!
    Estaba a punto de tocarme sin saberlo. Lo empujé y corrí a otro sitio.
    —¿Qué te sucede?, ¿por qué haces eso?, ¿acaso la oscuridad te enloquece? Es una rara enfermedad... pero ven, tengo remedios contra todos los males, del cuerpo y del alma. Ven aquí y salgamos, yo curaré tu enfermedad de la noche.
    —No estoy enfermo.
    —¿Dónde estás? Oigo tu voz muy lejana.
    —Estoy junto a ti, a pocos pasos de ti.
    —En dónde... en dónde...
    Volví a correr. Alcancé a ver las dos lucecitas de sus ojos, ahora rojizas. Tal vez por el miedo o por la ira.
    —Sígueme —le dije—, vamos a bailar en la oscuridad.
    —Nada sé de bailes. Mejor salgamos, para que pueda verte.
    Y así, poco a poco, lo fui llevando al lugar donde pendían las cuerdas con que habíamos descendido. Él gritaba, yo lo empujaba y volvía a esconderme, acercándome a la boca de la caverna.
    —¡Basta... si no salimos quedaré ciego, no podré ver la luz del polo ni el amanecer en el desierto!
    Yo tenía un plan. Pensaba en la botella. En su historia.
    —Aquí —grité—, ven aquí y salgamos.
    Con el eco de mi voz una piedra se movió y después de ella otra y otras hasta formar un derrumbe en el fondo de la caverna.
    —¡Esto se cae! ¡Esto se cae! —gritaba el infeliz.
    Fue entonces que corrí adonde estaba él, lo arrastré hasta las cuerdas y lo amarré a una. Era incapaz, en ese momento, de moverse. Sólo gritaba. Tomé los peces y subí.
    Afuera recogí la cuerda por donde había subido y le dije al hombre que había quedado abajo, amarrado a una cuerda de la que no era capaz de valerse:
    —Tengo un cuchillo en la mano. Voy a cortar la cuerda...
    —¡Estás enfermo! ¡Yo puedo curarte!
    —No. Nada de eso. Estoy tan sano como estos peces. Sólo te subiré si prometes algo.
    —Todo. Pero súbeme ya. No veo nada.
    —¡Quiero la historia de la botella!
    —¡Nunca! ¡Nunca!
    —¿Por qué siempre repites las palabras?
    —No sé, no sé... súbeme.
    —Por la historia.
    —Nada de eso.
    —Voy a cortar la cuerda, ya siento el frío del cuchillo en mi mano.
    —¡No, imbécil! ¡No!
    —La historia.
    —Es por tu bien: ¡no!
    Grité hacia el interior, un chillido agudo y sostenido. Esperé.
    Del interior, como una marca creciente, se acercó el ruido del derrumbe.
    —¡Sácame! ¡Sácame!
    —La historia.
    —Es tuya, te la doy para que te arrepientas de haberla oído. ¡Súbeme! ¡Esto se cae, esto se cae!
    Jalé la cuerda.
    —Apóyate en lo que puedas, ¡pesas mucho!
    Afuera, deslumbrado por la luz del atardecer, el hombre quedó tirado, resollando entre saliva y borborigmos de anciano moribundo. Tomé una cuerda y le até las manos. Dejé un cabo para tirar de él. Esperé a que se calmara. Poco después caminábamos por el páramo desolado. Así, con las manos atadas al final de la cuerda, el comerciante se parecía a su bestia parda. Iba con la vista clavada en el suelo. Los peces se mecían en mi espalda. Yo silbaba.
    De frente al ocaso me sentía feliz, a punto de recibir un regalo inesperado. Nos detuvimos al borde de un abismo que bruscamente se interponía en nuestro camino. Nos sentamos.
    —Comamos aquí.
    El comerciante no respondió. Se miraba las manos. Me daba pena su condición pero la perspectiva de conocer una historia insólita, una historia capaz de cambiar la vida de aquel que la supiera, hacía que atemperara mi piedad por el hombre.
    —Mátame aquí —dijo de pronto.
    —No voy a matarte. Todavía te quedan muchas rutas que recorrer.
    —Es mejor, es mejor.
    Desaté los peces y tomé dos. Le ofrecí uno. Él me enseñó el nudo que juntaba sus manos.
    —De todos modos, no me gusta crudo. Aprendí a cocerlo al fuego.
    Lo miré incrédulo. Ahora, después de muchos años, me he acostumbrado a comerlo así, y la época en que comía pescado crudo me parece inverosímil, la historia de otro. Pero en ese momento la sola idea de cocinarlo me dio náuseas.
    —Sé hacer fuego —me dijo—, alzando por primera vez los ojos.
    —Yo también, pero el fuego sólo es para mirarlo, para pensar en él. Para divertirse con la forma de las llamas.
    —Si he de contarte la historia que sea después de haber comido y mientras fumo mi pipa. Si no es así, mejor mátame.
    ¿Qué hacer? Él era fuerte, más que yo, y era fácil que con las manos libres me apretara el cuello hasta morir. Dudaba.
    La tarde se había convertido en noche, llena de planetas y estrellas girando más allá de nuestro tiempo de pescados muertos. Los insectos empezaron a cantar una copla que ya conocía y canté con ellos.
    —Eso es muy hermoso. En todos mis viajes no había oído una copla tan hermosa. ¿Qué decía lo que cantaste con los insectos?
    —Hablaba de otro tiempo y decía cosas, cosas tan remotas que ya nadie sabe qué significan.
    —Perdidas.
    —Vacías.
    —Huecas.
    —Deshabilitadas.
    Quedamos en silencio.
    Muchas veces, a la misma hora, había caminado al mismo lugar en que ahora nos encontrábamos para ver el momento justo en que las luces de la ciudad que se distinguía a lo lejos, entre la neblina del valle, se encendían. Pero en esa ocasión me sorprendió tanto ese milagro que estuve a punto de bajar corriendo a esas calles, a esas plazas, a esas luces.
    —¿Qué es eso? Eso de allá abajo.
    —Una ciudad.
    —¡Una ciudad!
    —Sí, pero no hay nadie en ella, está vacía.
    —Deshabitada.
    —Hueca.
    —Perdida.
    Ahora él mismo estaba de buen humor. Miramos durante mucho tiempo las luces. Después me levanté y corté la soga que ataba las manos del hombre. Él permaneció en la misma posición. Sólo miraba, los ojos llenos, hacia abajo, la ciudad que titilaba.
    Con los ojos ardientes levanté una mano y dije:
    —Allá no hay nada. Sólo la luz, el tiempo, las estatuas.
    —Es tan hermoso que me ha devuelto el hambre. Comamos mientras vemos la ciudad.
    De su mochila sacó algunos instrumentos e hizo fuego. Puso los peces en las brasas y comí por primera vez un pescado asado.
    Después encendió su pipa y se acostó, mirando las estrellas.
    —Las estrellas que ahora vemos están marcadas en los mapas que voy a darte. Son otra cosa pero brillan como estrellas.
    —Tal vez sean ciudades de otros sitios, cuelgan del cielo.
    —Pueder ser. Pero están muy lejos para asegurarlo. ¿Qué se puede pensar de algo que de lejos es una cosa pero que allá, donde está, es otra cosa? ¿Cómo existe con dos condiciones? ¿Estrella? ¿Ciudad?
    —Si bajamos por este lado llegaremos a una autopista que lleva a la ciudad. Más allá se extiende la ciénaga y después, donde nadie ha podido llegar, está la selva, las poblaciones de los perros. Yo nunca he ido. Pero muchas veces, de noche, he venido hasta aquí para ver sus luces, sus cristales, sus edificios. Todo está intacto, acabado de hacer y en espera de ser habitado.
    —Si no has ido, ¿cómo lo sabes? Todo eso de cristales y edificios.
    —Lo he oído por ahí. Se cuentan historias.
    Tal vez recordó la que me había prometido porque calló.
    —Di tu historia ahora. Es el momento.
    Su voz era tenue, entrecortada, pero ya no había terror al recordar su promesa.
    —Habla también de una ciudad vacía, abandonada de repente...
    Volvió a llenar su pipa. Fumando observaba la ciudad.
    —Tal vez ésta sea aquélla.
    —Puede ser. En realidad no sé mucho de eso.
    Dudaba. Él dudaba. Lo recuerdo, recuerdo el temblor de su mano, el miedo que regresaba.
    —¡No puedo! ¡No puedo hacerlo!
    —Puedes —le dije.
    Pero el abatimiento, como una gran ave negra, le doblaba la cabeza, lo cubría con sus alas.
    —Mira la ciudad, ahí está con sus luces y sus calles. Di tu historia. Para eso se hicieron las palabras, para recordar minuciosamente y después perder los significados.
    —Sí –dijo con dificultad—, hablas y pronuncias palabras que te alejan de lo que quieres decir. Ese doble filo nos orilla al abismo. Desde que sé la historia he vivido a un paso de él.
    —El filo de una navaja —le puse mi cuchillo en el cuello—, eso es lo que quieres decir. Un gusano que se arrastra por el filo de una navaja. Habla entonces, gusano.
    —¡Pero ya no estoy seguro de lo que digo!
    —No importa, decir dos veces la misma verdad es decir una mentira. El acero en tu cuello es real, atente a eso, no te importe si no eres fiel a lo que escuchaste en la botella. Di la historia pensando en otra cosa.
    —No es eso, o tal vez sí. Ya no sé. Pero el caso es que una vez salida de tu boca la palabra se mueve por sí sola, busca huecos, escondites, entradas imposibles. El caso es que terminamos hablando de otra cosa, de alguien que no somos.
    —Háblame de ti entonces, gusano. Arrástrate sobre el acero —le dije haciendo presión con el cuchillo en su cuello. Somos lo que somos... pero no es cierto. Abajo está la ciudad, arriba hay ciudades. Y no sabemos cuál es cuál. ¿Qué, con toda seguridad, sigue siendo lo mismo en el momento de nombrarlo? Ése es el terror que me persigue.
    —Ve las cosas: tierra, peces, fuego, roca, viento...
    —Polvo en el viento, eso es más seguro. Viento no: polvo en él, siendo-no siendo, yendo-viniendo, entrando-saliendo, polvo que es viento y parte de otra cosa: tierra, cadáver, agua, roca, pez, fuego. Flotando por ahí y tomando nombres nuevos. Pero viento, nunca. Eterno como nombres tenga.
    —Entonces pronuncia tus nombres, mide tu eternidad.
    —Los he olvidado. Son tantos que mis años no alcanzan para decirlos. Ya soy otro. Nunca me encuentro.
    —Entonces entra por otra puerta a la historia de la botella.
    —El hombre de la puerta de atrás. Ese nombre es nuevo y lo tomo y lo sumo a los que ya poseo. Mi eternidad se alarga.
    Con el mango del cuchillo le di un golpe en la cabeza. El hombre quedó bocabajo, llorando. Lo tomé del pelo y alcé su cara. Sus ojos eran amarillos.
    —Di la historia, gusano. Arrástrate en el filo, ábrete el vientre, sácate la historia.
    Lo solté. Gemía. Se quedó inmóvil. Por fin se incorporó y buscó su pipa. Encendió una llama diminuta. La sostuvo entre los dedos.
    —La historia es la misma —dijo—, nunca se consume. Toma nuevos nombres, engorda su infinito. Nos toma. Pero aun así sigue siendo la historia de la noche, la única y verdadera historia del todo se acabó.
    —Enciende tu pipa y habla, cuéntame lo que dijo la botella.
    —Lo haré. Pero es necesario que vayamos a la ciudad. Allí es donde sucede, donde va a suceder.

    * * *

    Tomamos la autopista hacia el fin de la noche. La ciudad se acercaba perfecta, inmutable, eficaz. A punto de ocurrir.
    —¿Sientes —me dijo— que la ciudad está a punto de suceder? ¿Sientes que está cerca de la orilla, a un paso de pronunciar su nombre, de crearse a sí misma, de hablar por ella?
    —Veo luces, calles, plazas de nadie bajo la noche, objetos que desconozco.
    —¿Pero no sientes que está en el límite?
    —Escucho sirenas. Autos. Pasos en las banquetas. Pero no hay nadie.
    —Vamos a sentarnos en ese parque.
    En medio había un farol como un ojo turbio. Bancas recién pintadas. Andadores de grava intacta. Hierba que crecía pronunciando hierba.
    —Las cosas se están nombrando. Se están creando desde adentro, fluyendo en sentido inverso al tiempo, acomodando sus átomos al revés, hablándose para estar.
    —Lo que sucede es que no hay nadie quien las nombre.
    —No, no —moviendo la cabeza—. Escucha cómo pronuncian sus nombres como si produjeran células. Crecen al decir sus letras. Virus de la palabra. Vida a partir de diminutas lenguas que suben y bajan escondidas en los pliegues de los objetos. Oye. Pronuncia algo.
    —Qué.
    —Lo que sea.
    —Aqualung...
    —...¿Ves cómo nada sucede? ¿Ves cómo nada se crea cuando la pronuncias? Sólo los objetos saben su nombre real, aquél con el que construyen a sí mismos. Aqualung se creará cuando recuerde su nombre y lo pronuncie en el lugar donde fue llevado. Todas las cosas que andan perdidas, invisibles, esperan la memoria de sus nombres, aquella palabra que perdieron con el fuego; aguardan que vuelvan las letras que un viento nauseabundo les arrancó. Esperan, recuerdan, buscan sus letras en ese lugar donde están amontonadas, hirviendo en un caldo burbujeante, en el Hoyo de la Bomba donde todo fue a pudrirse y tomar otra condición de objeto.
    —Nada existe. Eso es lo que dices.
    —No, no. Digo todo. Al hablar se crea el mundo, sólo hay que encontrar la palabra exacta, el nombre verdadero de las cosas, de modo que al decirlo aparezca el mundo ante tus ojos, escupiendo objetos en el aire, brotando del vacío, ordenando su estructura a partir del hueco.
    —Entonces todo ha salido de su vaina. Brilla con la certeza de lo único e irrepetible, jamás usado.
    —Eso, eso. Lo que gasta a los objetos son las palabras. Envejecen a medida que los llamamos por sus nombres, se diluyen hacia dentro cada vez que decimos tierra, agua, estrella. Se van.
    —Pronuncia algo. Llámalo.
    —Luz.
    —... La luz ha envejecido, era nueva cuando llegamos. Basta, no pronuncies nada, deja que las cosas brillen, lejos, en su soledad.
    —Los objetos son sus propios padres, están pariéndose.
    Mudos, veíamos el mundo suceder en nuestros ojos, ahuyentando palabras y sonidos. Metió la mano en su mochila y sacó un libro de pastas negras, a punto de deshacerse.
    —Aquí lo anoté todo, para no olvidar. Desconozco el significado de muchas palabras pero sí sé pronunciarlas.
    —Cállate. Cuenta la historia.
    Abrió el libro, acomodó algunas hojas marchitas y cerró los ojos.

    * * *

    Habló durante horas. Alas ligeras, las estrellas se movían. Los objetos le respondían desde lejos. Decía "verano" y un establecimiento de hojas recorría el parque; "agua", y los peces se movían en el interior de su mochila; "fuego", y alguna lumbre quemaba mis labios; "años", y el alba se acercaba, cometas cruzaban la bóveda, que en su cenit aún era negra. Todo sucedía según era invocado en un idioma corrupto, directo, desnudo.
    Alas ligeras. Polvo en el viento de la madrugada. El hombre cerró el libro y abrió los ojos; hizo una fogata con aquel objeto milenario. Preparó una bebida caliente con un ramo de flores secas que recogió por ahí. Yo vomitaba, inclinado sobre un árbol.
    —Bebe esto.
    Pero no podía tragar nada. Sobre mi cabeza, ahora, sentía el peso del ave negra. Sus alas me cubrían.
    —No podría repetirlo. Te comprendo —dije escupiendo un hilo de bilis.
    —La historia es lo de menos. Lo terrible es recordar ese nido de palabras moviéndose como gusanos. ¿Recuerdas algo de ella?
    —Algo. Un sabor, un rostro, pasos por una ciudad vacía, una búsqueda descabellada, ciertas luces, el nombre de la guerra, algún crimen indecible. Nada que se pueda recordar del todo.
    —Aunque pudieras, no la repetirías. No sé cómo pude hacerlo; pero para tu consuelo, no creo haberte dicho ni la mitad. Tampoco la recuerdo, oíste fragmentos y seguramente el hombre que me dio la botella sólo recordó, en el momento de morir, algunas cuantas palabras.
    —Pero bastan, bastan.
    —Claro, y es necesario que se acabe la cadena. Nunca la repitas. No supe lo que hice.
    —Te obligué. No tienes la culpa.
    —No me obligaste. Me hubieras matado y no la hubiera dicho. Algo en mí se movió, algo habló por mi boca.
    —La historia hablaba. O el libro.
    —En ese libro no había nada escrito, sólo me servía para poder aferrarme al mundo, para que ese viento no me arrebatara de este lugar. El libro era un amuleto, nada más. No contenía ninguna palabra.
    —Pero ¿por qué lo quemaste?
    —Amuleto utilizado, amuleto inútil. Era algo real y con él me guiaba entre la neblina de esos lugares donde la historia sucede, sigue sucediendo. No tienes idea del sitio donde estuve mientras te contaba la historia.
    —¿Era la ciudad? ¿Estuvista ahí mientras hablaba?
    —Peor: estuvo aquí, estuvimos en ella...
    —Ésta. Era ésta.
    —Ésta, pero otra; en otro tiempo ésta, aquí otra.
    —Tú lo supiste, ¿cómo es?
    —Lo ignoro, entro y salgo pero no sé dónde entro ni cómo salgo. Son las palabras las que me llevan, me muestran con el dedo cosas que ahora son polvo en el viento, reagrupándose, persiguiendo el tiempo de su antigua condición, convocando sus metales, sus moléculas, para otra edad del mundo. Objetos reales, salidos del aire, padres de ellos mismos. Nos rondan todavía.
    —Repites, repites siempre. Yo vi pájaros y sentí que los peces se movían. Nada más. Pero tengo miedo. Algo, ciertamente, me acecha. Soy vigilado.
    —El poder de la historia. Te tiene, sin más. Antes, de noche, sólo alcanzabas a escuchar el susurro de los objetos y lo confundías con las coplas de las insectos. Ahora, desde ahora, los verás brillar todas las madrugadas de tu vida, que ha de ser larga, insoportable. Ese brillo te anunciará que el objeto está a punto de pronunciar su nombre, de volverse otra cosa, lo que es en realidad. Los objetos, en la madrugada, dicen: soy yo, aquí me fundo y tomo nombre, soy mi padre y nazco de mí. Eso dicen, te dirán, los objetos. De madrugada.
    La luz del amanecer giró al ser invocada. Una tela se rasgó más allá de la ciudad, sobre el horizonte de montañas que la rodean: la luz entraba a la ciudad, borrándola.
    Regresamos por la autopista. Ya no lo recuerdo, pero atravesamos un páramo de flores diminutas que crecía junto a la ciénega.
    Junto a la entrada de mi choza, su bestia dormitaba, movía las orejas, espantando las moscas. El hombre tomó la soga que pendía del cuello del animal y se alejó. Regresó al poco tiempo, solo.
    —La ahogué en la ciénega. Ya dejé de viajar.
    En la mano traía enrollado el lazo con el que había jalado su montura por el hielo y la selva, por el desierto y las montañas.
    —Nunca trates de escribir lo que te he contado. No caigas en tentación.
    Salió de la choza y durante un rato lo escuché caminar por los alrededores, a veces lograba verlo por la puerta. Yo, tendido en mi cama, temblaba de fiebre, rondado, acechado, vigilado. La historia se movía dentro de mí como un reptil en su nido. Casi al atardecer salí por un cántaro de agua. El mundo, afuera, tenía la apariencia de las cosas que soñamos cuando tenemos hambre: verde, lejano, irreal, irrecuperable.
    De la rama de un árbol colgaba el cuerpo del comerciante, los ojos y la lengua de fuera. El viento lo movía lentamente.
    Tomé agua y vi el sol caer. Vino la noche.



    Tomado de:
    Meneses, Alejandro. Días Extraños. Universidad Autónoma de Puebla, Colección Asteriscos No 9, México, 1987.


    Alejandro Meneses (18 de junio, Altzayanca, Tlaxcala, 1960 — 4 de julio de 2005, Puebla, Pue.), narrador que destacara dentro del ámbito poblano por lo cuidadoso de sus tratamientos, el lento desarrollo de atmósferas y un lenguaje de personal poética que le valiera, durante su vida, ser considerado el mejor cuentista de Puebla.
    Heredero de los cánones literarios, estudió la carrera de Lingüística y Literatura Hispánica en la UAP. En ese mismo ámbito fue conocido también por su participación en revistas como Infame Turba. Fue profesor de SOGEM Puebla y de La Casa del Escritor. Una broma entre los talleristas aseguraba que si algún alumno deseaba perfeccionar su poesía, necesitaba entrar al taller de cuento de Meneses.
    Sin ser un cultivador de la CF, sin pretender construir una historia bajo este género que durante un tiempo despreciara, este Equipo Langostero piensa que la anterior pieza es uno de los claros ejemplos de la Ciencia Ficción Lingüística y lo posteamos en este primer número como humilde homenaje a él; como una manera de compartir, más allá de estas fronteras geográficas, físicas, el trabajo de un gran literato y amigo que lamentablemente hace casi cuatro años se nos adelantara en esa travesía definitiva.

    Obra Publicada
    Días Extraños (UAP, 1987)

    Ángela y los ciegos (Cal y Arena, 2000)
    Vidas Lejanas (ABZ editores, 2003)
    Casa Vacía (Lunarena, 2004)

    Póstumos:

    Noche adentro (BUAP, 2005)
    Tan lejos, tan cerca (Educación y Cultura, 2005)
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    Para resucitar a la Langosta...

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  • La Langosta Se Ha Posteado
  • ©2014, Gerardo Horacio Porcayo 
    Primero tendríamos que tenerla muerta, pero como en el dicho (y ya se sabe que todos los dichos están bien dichos), esta Langosta no estaba muerta, andaba de parranda [qué fue antes, el huevo o la gallina, el dicho o la canción (lo malo de escribir mientras estás en equipo, es el susurro de los demás), pregunta Zigurat]. O mejor dicho, como es común en la CF, en los viajes estelares (las parrandas también pueden ser cósmicas) en animación suspendida.
         Lo que nos lleva o nos retrotrae al hecho de que desde noviembre esta Langosta no recibía actualización y aunque la tarea se les sugirió a los demás integrantes de este cuerpo editorial, lamentablemente las supersticiones y respuestas y reacciones ante los números en que no nos reuníamos, o, inclusive ante algunas editoriales que escribiera Zigurat, hicieron que se esperara hasta este momento para el regreso.
         Y desde entonces, por supuesto, mucha agua ha corrido bajo el puente. Hay infinidad de noticias atrasadas, de eventos que se han posteado en otras redes sociales, lo que nos trae de nuevo al fragor de esta perenne batalla de significados: ¿para qué es, para qué sirve un blogzine? Para dar noticias y microcuentos, Twitter se ha mostrado incomparable. Para postear imágenes, no se diga, existen infinidad de recursos.
         Y sin embargo se mueve.
         O como dijera Carlos Ancira (en cierta película de luchadores) al ver a los monstruos moverse: ¡Vive!
         Esta Langosta regresa con nuevos bríos, necia como siempre, obstinada en compartir si no su gran verdad, sí su gran pasión por las letras, los vuelos de la imaginación. Por ese sentido de maravilla que creemos es necesario no perder, seguir cultivando.
         Por eso estamos, seguimos aquí, de nueva cuenta. Con nuevas y viejas perspectivas.
         Entren libremente... y ya saben cómo sigue ese diálogo que hace mucho escribiera el buen Bram...
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    Porcayo gana el XXIX Concurso Literario Nacional de Cuento y Ensayo Magdalena Mondragón 2013

  • lunes, 21 de octubre de 2013
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  • La Lobita
  • ©2013, Ana Delia Carrillo  

    Ya se ha anunciado en El Siglo de Torreón y El Sol de La Laguna, pero no podíamos dejar de hacerlo aquí, desde su blogzine: nuestro director, Gerardo Horacio Porcayo, es el ganador del XXIX Concurso Literario Nacional de Cuento y Ensayo Magdalena Mondragón 2013, que organiza la Universidad Autónoma de Coahuila Unidad Torreón, con el ensayo titulado "De Ánima, de Juan García Ponce. Hacia una teoría alterna de lo fantástico".

    Porcayo es bien conocido por su trayectoria dentro de la ciencia ficción, el policiaco, y el terror, tanto en cuento como en novela, e incluso poesía, además de ser antologador y tener en su haber varias novelas experimentales, pero pocos saben que también le ha dedicado tiempo al ensayo académico, y es ahora éste quien le hace merecedor del premio ya mencionado.

    Esta Langosta, y en especial esta Lobita, no podrían sentirse más orgullosos de este nuevo logro, que se suma a los ya obtenidos a través de los años de su prolífica carrera literaria.

    ¡Enhorabuena, jefe! Nadie lo merece más que tú.
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    Haghenbeck gana el Premio "Bram Stoker"

  • sábado, 19 de octubre de 2013
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  • La Lobita
  • ©2013, Ana Delia Carrillo
    Haghenbeck en Ibero Puebla. Foto Langostera   
    Leyendo la sección cultural de La Jornada nos enteramos de que nuestro buen amigo F.G. Haghenbeck ha ganado el premio "Bram Stoker" por su novela El diablo me obligó. El premio, entregado desde 1987 por la Horror Writers Association (HWA), ha tenido entre sus ganadores a escritores de la talla de Ray Bradbury, Harlan Ellison, Neil Gaiman, Richard Matheson y Stephen King, entre otros. Paco se convierte en el primer escritor latinoamericano en obtener este galardón, que premia los logros extraordinarios  en las obras de horror y fantasía oscura.

    Esta Langosta se congratula con la noticia y desde estas páginas virtuales le enviamos un fuerte abrazo y nuestra admiración a F.G. Haghenbeck. ¡Enhorabuena, Paco, y que sigan los logros!

    P:D: Acá el link de la nota.

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    NEVERPOE

  • sábado, 12 de octubre de 2013
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  • La Langosta Se Ha Posteado
  • ©2013, José Luis Zárate

    Desesperado le disparó al cuervo sobre el busto de Palas Atenea pero ¿quién ha podido herir jamás a una sombra?

    El explorador africano sufría por la muerte de su amada y veía sobre un busto de Palas Atenea una infernal avestruz negra.

    El patito feo se transformó en un hermoso cuervo negro.

    En el crossover de "El Gato Negro" y "El Cuervo" no sobrevivió una de las estrellas.

    GUIÓN PARA MI WEB COMIC. Texto: Visto de cerca el cuervo no causa tanto miedo. Globo: Nevermore! Dibujo: un cuadro negro.

    NEVERMORE. Tal vez el saber que el cuervo se llamaba Bob hubiera relajado la atmósfera.

    Que el cuervo estuviera muerto no impidió que volara en las pesadillas.

    Se dice que Grip, el cuervo disecado, inspiró a Poe, a Dickens, a ese pobre hombre que cuenta cuervos negros durante el insomnio

    THE BLACK CAT. Cometió el terrible error de emparedar un gato de Schrödinger.

    - Miau - se escuchó dentro de la tumba de Edgar Allan Poe.

    John Allan le recriminaba: nunca serás nada, Edgar, te la pasas con pájaros en la cabeza.

    LA CAÍDA DE UN ÍDOLO. Ignorando los consejos de Poe, al cuervo le dio por recitar el Brindis del Bohemio.

    Los demás cuervos opinaban que el Edgar Allan Poe sobreactuaba.

    Naturalmente todos sabían que el cuervo no era ninguna blanca paloma.

    Adiestró un cuervo para que respondiera por él cada vez que hacían la misma maldita petición "¿Sr. Poe, leernos de nuevo su poema?"

    La estatua Palas Atenea practicaba el ventriloquismo.

    Después de conocer al cuervo y al gato nadie quiso ver el hámster de Edgar Allan Poe.

    Cría cuervos y te graznarán citas famosas.

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    El Gusano Conquistador

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  • La Langosta Se Ha Posteado

  • ©1838, Edgar Allan Poe
    ©2013, Gerardo Horacio Porcayo, por la traducción

    ¡Ea! ¡Es noche de gala
         Entre los últimos solitarios años! 
    Una parvada de ángeles, alados, ataviados
         En velos, y ahogados en lágrimas,
    Sentados en un teatro, para disfrutar
         Una obra de esperanzas y miedos,
    En tanto la orquesta con aliento irregular respira
         La música de las esferas. 

    Mimos, en la apariencia de Dios en las alturas,
         Murmuran y susurran por lo bajo,
    Y de aquí para allá vuelan....
         Meros títeres, ellos, vienen y van
    En puja de vastas e informes cosas
         Que cambian el escenario de aquí para allá,
    Expulsando desde sus alas de Cóndor
         Lo Invisible ¡Sí! 

    ¡Ese abigarrado drama!... ¡oh, de seguro,
         Jamás habrá de olvidarse! 
    Con su Fantasma perseguido para siempre,
         Por una muchedumbre que no lo iguala,
    A través de un círculo de eterno retorno
         Al mismo y singular punto,
    Y mucho de Locura y más de Pecado
         Y Horror son el alma de la trama. 

    Pero mira, en medio de la derrota mímica,
         ¡Una reptante forma intrusiona! 
    ¡Una roja-sanguínea cosa que serpentea fuera de
         La escénica soledad! 
    ¡Se retuerce!... ¡Se retuerce!... en mortales tormentos
         Los mimos se vuelven su alimento,
    Y los serafines sollozan ante larvarios colmillos
         En humanos cruores imbuidos.

    Apagadas... apagadas están las luces... ¡todas! 
         Y sobre cada estremecida forma,
    El telón, un fúnebre sudario,
         Cae con el ímpetu de una tormenta,
    Y los ángeles, todos pálidos y cenicientos,
         Sublevados, develados, afirman
    Que la obra es la tragedia, "Hombre",
         Y su héroe el Gusano Conquistador. 

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    Los hechos en el caso del señor Valdemar

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  • La Langosta Se Ha Posteado
  • ©1845, Edgar Allan Poe

    Por supuesto no pretenderé considerar como algo sorpresivo, el hecho de que el extraordinario caso del señor Valdemar haya provocado la controversia. Habría sido un milagro pero no fue así... especialmente bajo tales circunstancias. Pese al deseo de todas las partes concernientes, de ocultar el asunto al dominio público, al menos por el momento, o hasta que tuviéramos mejores oportunidades para su investigación... Pese a nuestros empeños por realizarlo... un mutilado o exagerado recuento se abrió camino en la sociedad, y llegó a ser la fuente de muchas y desagradables tergiversaciones, y, como es natural, de un gran problema de incredulidad.
         Es ahora necesario rendir informe de los hechos... tanto como yo puedo comprenderlos. Sucintamente son estos:
         Mi atención, en los últimos tres años, había sido de manera reiterada atraída por el tema del Mesmerismo; y, hace cosa de nueve meses se me ocurrió, muy de repente, que en la serie de experimentaciones realizadas, existía una notable y muy inexplicable omisión:... ninguna persona había sido hasta ahora mesmerizada in articulo mortis. Estaba por verse, primero, si, en tal condición, existía en el paciente alguna susceptibilidad a la influencia magnética; segundo, si, de haber existido, el efecto era disminuido o aumentado por esta condición; tercero, a qué punto, o por qué período de tiempo, los avances de la Muerte podrían ser detenidos por el proceso. Estaban otros puntos a comprobase, pero estos eran los que más excitaban mi curiosidad... el último en especial, por la inmensa importancia de la naturaleza de sus consecuencias.
         Mirando a mi alrededor en busca de un sujeto propicio en quien pudiera probar estos particulares, recordé a mi amigo, el señor Ernest Valdemar, el bien conocido recopilador de la "Bibliotheca Forensica", y autor (bajo el seudónimo de Issachar Marx) de las versiones Polacas de "Wallenstein" y "Gargantúa". El señor Valdemar, quien radicara sobre todo en Harlem, N.Y., desde el año de 1839, es (o era) notable en particular por la extrema esbeltez de su persona... sus extremidades inferiores en mucho se asemejaban a las de John Randolph; y, además, por la blancura de sus patillas, en violento contraste con la negrura de su pelo... lo último, en consecuencia, solía por lo general confundirse con una peluca. Su temperamento estaba marcado por el nerviosismo, y lo convertía en un buen sujeto para la experimentación mesmérica. En dos o tres ocasiones lo había dormido con poca dificultad, pero se decepcionó en otras circunstancias en las que su peculiar constitución me permitió preverlo con naturalidad. Su voluntad en ningún período estaba positiva, o completamente, bajo mi control, y con respecto a la clarividencia, no podía realizar con él nada confiable. Siempre atribuí mi fracaso en estos ámbitos a los desórdenes de su salud. En meses anteriores a mi relación con él, sus médicos lo habían declarado tuberculoso crónico. Y era su costumbre, en verdad, hablar con calma de su próxima disolución, como una cosa imposible de evitase o lamentarse.
         Cuando las ideas a que he aludido se me ocurrieron por vez primera, pareció por supuesto muy natural el pensar en el señor Valdemar. Conocía la firme filosofía del hombre demasiado bien como para advertir sus nulos escrúpulos; y no tenía ningún pariente en América a quien le interesara interferir. Le hablé francamente sobre el tema; y, para mi sorpresa, su interés pareció excitado sobremanera. Digo para mi sorpresa, porque, aunque siempre rindió su personal opinión de libertad hacia a mis experimentaciones, nunca antes dio muestra alguna de simpatía hacia lo que realizaba. Su enfermedad tenía características que admitían el cálculo exacto con respecto a la época de su término mortal; y al fin acordamos que enviaría por mí cerca de veinticuatro horas antes del período anunciado por sus médicos como el de su deceso.
         Ahora han pasado bastante más de siete meses desde recibiera, del señor Valdemar, la siguiente nota:

    MI ESTIMADO P...,
         Puede ahora venir. D... y F... están de acuerdo en que no puedo sostenerme más allá de mañana a la medianoche; y creo que han calculado muy aproximadamente el tiempo.
    VALDEMAR 

         Recibí esta nota una media hora después de ser escrita, y en quince minutos más estuve en la cámara del hombre agonizante. No lo había visto en diez días, y quedé pasmado por la horrorosa transformación que el breve intervalo creara en él. Su cara se revestía de un matiz plomizo; los ojos eran opacos en su totalidad; y su adelgazamiento tan extremo que la piel estaba rasgada por los huesos de la mejilla. Su expectoración era excesiva. El pulso apenas perceptible. Retenía, no obstante, de un modo muy notable, su poder mental y un cierto grado de fortaleza física. Habló con distinción... tomó algunas medicinas paliativas sin ayuda... y, cuando entré en la sala, estaba ocupado en escribir memorándums en un libro de bolsillo. Se recargó en la cama, sobre las almohadas. Los doctores D... y F... lo atendían.
         Después de estrechar la mano de Valdemar, llevé aparte a los caballeros, y obtuve de ellos un recuento minucioso de la condición del paciente. El pulmón izquierdo había estado por dieciocho meses en un estado semi-óseo o cartilaginoso, y era, por supuesto, enteramente inútil para todos los propósitos de vida. El derecho, en su porción superior, estaba también en parte, si no del todo, osificado, mientras la región inferior era una mera masa de purulentos tubérculos, creciendo uno dentro de otro. Muchas y extensas perforaciones existían; y, en un punto, la permanente adhesión a las costillas había tenido lugar. Estas características en el lóbulo derecho eran de fecha comparativamente reciente. La osificación avanzó con una rapidez muy inusitada; ningún síntoma fue descubierto un mes antes, y la adhesión sólo se observó durante los previos tres días. Independiente a la tuberculosis, el paciente era sospechoso de poseer un aneurisma en la aorta; pero sobre este punto los síntomas óseos rindieron un diagnóstico exacto e imposible. Era opinión de ambos médicos que el señor Valdemar moriría a medianoche del día próximo (domingo). Eran entonces las siete de la tarde del sábado.
         Al abandonar el costado de la cama del inválido para sostener conversación conmigo, los doctores D... y F... habían ofrecido su despedida final. No tenían intenciones de volver; pero, ante mi petición, acordaron visitar al paciente hacia las diez de la próxima noche.
         Cuando se hubieron marchado, hablé libremente con el señor Valdemar sobre el tema de su próxima disolución, así como también, de manera más particular, del experimento propuesto. Él seguía profesándose bastante dispuesto e incluso ansioso de realizarlo, y me urgió a comenzar al instante. Dos enfermeros, hombre y mujer, estaban a cargo de la atención; pero no me sentía con completa libertad para iniciar una tarea de estas características sin testigos más confiables que esta gente, por el hipotético caso en que necesitara probar un súbito accidente. En lugar de eso pospuse las operaciones hasta más o menos las ocho de la próxima noche, cuando la llegada de un estudiante de medicina con quien tenía alguna relación, (el señor Theodore L...l,) me exonerara de un futuro más embarazoso. Mi idea era, en su origen, esperar a los médicos; pero fui inducido a proceder, primero, por el urgente ruego del señor Valdemar, y segundo, por la convicción de que no tenía un momento que perder, por su rápido y evidente hundimiento.
         El señor L...l fue tan amable de acceder a mi deseo de tomar nota de todo lo ocurrido, y es de sus memorándums lo que ahora tomo para el relato, transcrito en su mayoría, o condensado o verbatim.
         Eran cinco minutos antes de las ocho cuando, tomando la mano del paciente, le supliqué que afirmara, tan claramente como pudiera, al señor L...l, si él (el señor Valdemar) estaba enteramente dispuesto a que realizara el experimento de mesmerizarlo en su actual condición.
         Él contestó débil, pero bastante audible:
         —Sí, lo deseo. Temo que su mesmerización —añadió de inmediato—, se haya postergado tanto tiempo.
         Mientras así hablaba, comencé los pases que ya había descubierto más efectivos para someterlo. Fue evidente la influencia con el primer movimiento lateral de mi mano sobre su frente; pero aunque utilizaba todos mis poderes, ningún efecto más elevado y perceptible se indujo hasta algunos minutos después de las diez, cuando los Doctores D... y F... llamaron, de acuerdo a la cita. Les expliqué, en pocas palabras, mi idea, y como no opusieron objeción, diciendo que el paciente estaba ya en la agonía de muerte, procedí sin vacilación... intercambiando, sin embargo, los pases laterales por unos descendentes, y dirigiendo mi mirada por entero al ojo derecho del sufriente.
         Para este momento su pulso era imperceptible y su respiración estentórea, y a intervalos de medio minuto.
         Esta condición permaneció casi inalterable durante un cuarto de hora. Al expirar este período, sin embargo, un natural, aunque muy profundo suspiro, escapó del seno del hombre agonizante, y el estentóreo respirar cesó... es decir, los estertores ya no eran evidentes; los intervalos no disminuían. Las extremidades del paciente eran de una frialdad helada.
         Cinco minutos antes de las once percibí inequívocas señales de la mesmérica influencia. El girar de los ojos vidriosos cambió a esa expresión de intranquilo examen interior que nunca se ve excepto en casos de sonambulismo, los cuales son bastante difíciles de confundir. Con unos rápidos pases laterales hice a los párpados temblar, como en un sueño ligero, y con unos más los cerré del todo. No estaba satisfecho, no obstante, con esto, pero continué las manipulaciones con vigor, y con el más completo esfuerzo de la voluntad, hasta que endurecí por entero las extremidades del dormido, después de ponerlas en una posición de apariencia cómoda. Las piernas estaban estiradas a todo su largo; los brazos también, y reposaban sobre la cama a una distancia moderada desde el torso. La cabeza elevada con ligereza.
         Cuando completé esto, era plena medianoche, y pedí a los presentes caballeros examinar la condición del señor Valdemar. Después de unos cuantos experimentos, admitieron que estaba en un inusual y perfecto estado de trance mesmérico. La curiosidad de los médicos estaba muy excitada. El Dr. D... resolvió de inmediato permanecer con el paciente toda la noche, mientras el Dr. F... pidió permiso para retirarse con la promesa de volver al amanecer. El señor L...l y los enfermeros se quedaron.
         Dejamos al señor Valdemar en completa tranquilidad hasta las tres de la mañana, cuando me le acerqué, lo encontré en la misma y exacta condición que cuando el Dr. F... se marchara... es decir, yacía en la misma posición; el pulso era imperceptible; la respiración suave (apenas distinguible, a menos que se aplicara un espejo a los labios); los ojos cerrados con naturalidad; y las extremidades tan rígidas y frías como mármol. Pese a todo, la apariencia general no era, por cierto, la de la muerte.
         Al acercarme al señor Valdemar hice una suerte de semiesfuerzo para influenciar su brazo derecho en el seguimiento del mío, mientras lo pasaba suavemente de un lado a otro por encima de su cuerpo. En tales experimentaciones con este paciente nunca antes había triunfado con tanta perfección, y de seguro muy poco había pensado en lograrlo ahora; pero para mi sorpresa, su brazo con mucha facilidad, aunque débilmente, siguió cada dirección que yo señalaba con el mío. Decidí arriesgar unas cuantas palabras de conversación.
         —¿Señor Valdemar —dije—, está dormido? —no dio respuesta, pero percibí un temblor en los labios, y así fui inducido a repetir la pregunta, una y otra vez. A la tercera repetición, todo su ser fue sacudido por un estremecimiento muy tenue; los párpados se abrieron lo suficiente para mostrar la línea blanca del ojo; los labios se movieron con lentitud, y de entre ellos, en un suspiro apenas audible, surgieron las palabras:
         —Sí... ahora duermo. ¡No me despierten!... ¡Déjenme morir así!
         Toqué las extremidades y las encontré tan rígidas como siempre. El brazo derecho, como antes, obedeció la dirección de mi mano. Pregunté al hipnotizado otra vez:
         —¿Todavía siente dolor en el pecho, señor Valdemar?
         La respuesta ahora fue inmediata, pero incluso menos audible que antes:
         —Ningún dolor... Estoy muriendo.
         No pensé que fuera aconsejable perturbarlo más justo en ese momento, y nada más se dijo o hizo hasta la llegada del Dr. F..., quien vino un poco antes del alba, y expresó un desinhibido asombro al encontrar al paciente todavía vivo. Después de sentir el pulso y aplicar un espejo a los labios, me pidió que otra vez le hablara al hipnotizado. Lo hice, diciendo:
         —Señor Valdemar, ¿aún sigue dormido?"
         Como antes, algunos minutos transcurrieron antes de dar una respuesta; y durante el intervalo el hombre agonizante pareció estar acumulando energías para hablar. A mi cuarta repetición de la pregunta, él dijo muy débilmente, casi inaudible:
         —Sí; aún duermo... muriendo.
         Ahora la opinión, o mejor dicho el deseo, de los médicos era que el señor Valdemar debería quedarse sin ser molestado en su actual condición de aparente tranquilidad, hasta la que muerte sobreviniera... y esto, era un acuerdo generalizado, debería ocurrir en unos cuantos minutos. Decidí, sin embargo, hablarle una vez más, y simplemente repetí mi anterior pregunta.
         Mientras hablaba, sobrevino un marcado cambio en el rostro del hipnotizado. Los ojos giraron solos y con lentitud se abrieron, las pupilas desaparecieron en su ascenso; la piel asumió un matiz cadavérico generalizado, hasta parecer no tanto un pergamino sino un papel blanco; y las héticas manchas circulares que, hasta ahora, habían estado claramente definidas en el centro de cada mejilla, se apagaron al instante. Uso esta expresión, porque lo repentino de su desvanecimiento trajo a mi vacía mente la comparación con una vela extinguida por un soplido. El labio superior, al mismo tiempo, se replegó sobre sí, alejándose de los dientes que antes cubriera por completo; mientras la mandíbula inferior caía con un audible tirón, dejando la boca muy abierta, y revelando la completa imagen de una hinchada y ennegrecida lengua. Asumo que ningún miembro entonces presente de la reunión estaba desacostumbrado a los horrores de un lecho de muerte; pero tan horrendo, más allá de la imaginación, era el aspecto del señor Valdemar en ese momento, que hubo un generalizado repliegue, un alejamiento de la región de la cama.
         Siento que ya he alcanzado un punto en esta narración en el que cada lector se sorprenderá hasta la absoluta incredulidad. Es mi tarea, sin embargo, simplemente continuar.
         Ya no existía la más mínima señal de vitalidad en el señor Valdemar; y pensándolo muerto, lo dejábamos a cargo de las enfermeras, cuando un fuerte movimiento vibratorio fue observable en la lengua. Esto continuó por quizás un minuto. Al expirar de este período, surgió desde las distendidas e inmóviles mandíbulas una voz... Tal que sería una locura de mi parte intentar describirlo. Hay, desde luego, dos o tres epítetos que pueden ser considerados para en parte aplicarlos; podría decir, por ejemplo, que el sonido era áspero, y roto y hueco; pero el horrible conjunto es indescriptible, por la simple razón de que ningún sonido similar ha crepitado jamás en el oído de la humanidad. Hubo dos particularidades, no obstante, que entonces creí, y aún sigo creyendo, pudieran ser bastante verificables como características de esa entonación... como adecuadas para transmitir alguna idea de su sobrenatural peculiaridad. En primer lugar, la voz parecía alcanzar nuestros oídos... al menos los míos... desde una remota distancia, o desde alguna profunda caverna en las entrañas de la tierra. En el segundo lugar, me causó la sensación (temo, en verdad, que será imposible darme a entender) que materias tales como la gelatinosa o glutinosa producen en el sentido del tacto.
         He hablado del "sonido" y de la "voz". Quiero decir que el sonido era... un silabeo claro... o incluso sorprendente, emocionante en su nitidez. El señor Valdemar habló... obviamente en respuesta a la pregunta que le formulara unos minutos antes. Le había preguntado, si se recuerda, si aún seguía dormido. Él dijo:
         —Sí...; no...; estuve durmiendo... y ahora... ahora... estoy muerto.
         Ninguno de los presentes llegó a negar, o intentó reprimir, el inexpresable, el escalofriante horror que estas pocas palabras, así proferidas, consiguieron transmitir, cual si hubieran sido bien calculadas. El señor L...l (el estudiante) se desmayó. Los enfermeros dejaron de inmediato la cámara, y no pudieron ser inducidos a volver. No trataría de mostrar mis propias impresiones inteligibles al lector. Por casi una hora, nos dedicamos, en silencio... sin expresar una palabra... a la tarea de revivir al señor L...l. Cuando volvió en sí, nos enfocamos otra vez en una investigación del estado del señor Valdemar.
         Permanecía en todos los aspectos como la última vez que lo describí, con la excepción de que el espejo no aportaba más evidencias de respiración. Un intento de extraerle sangre del brazo fracasó. Debo mencionar, también, que esa extremidad ya no era susceptible a mi voluntad. En vano me empeñé en hacer que siguiera la dirección de mi mano. El único indicio real, en verdad, de la influencia mesmérica, se encontraba ahora en el movimiento vibratorio de la lengua, cada vez que dirigía al señor Valdemar una pregunta. Parecía esforzarse en contestar, pero ya no tenía suficiente voluntad. A preguntas hechas por cualquier otra persona que no fuera yo, parecía del todo insensible... aunque yo trataba de poner a cada miembro del grupo en armonía mesmérica con él. Creo que ya he relatado todo lo necesario para comprender el estado del hipnotizado en ese momento. Otras enfermeras fueron conseguidas; y a las diez dejé la casa en compañía de los dos médicos y el señor L...l.
         En la tarde nos reunimos de nuevo para ver al paciente. Su condición permanecía idéntica. Tuvimos entonces algunas discusiones con respecto a la pertinencia y posibilidad de despertarlo; pero pocas dificultades para determinar que ningún buen propósito sería servido al realizarlo. Era evidente que, en ese instante, la muerte (o lo que de ordinario se denomina muerte) había sido atrapada por el proceso mesmérico. Nos pareció evidente que despertar al señor Valdemar sólo sería para asegurar su instantáneo, o por lo menos su rápido fallecimiento.
         Desde este período hasta el final de la última semana... un intervalo de casi siete meses... continuamos realizando visitas diarias a la casa del señor Valdemar, acompañados, de vez en cuando, por médicos y otros amigos. Todo este tiempo el hipnotizado permaneció exactamente como por última vez lo describí. Las atenciones de las enfermeras eran continuas.
         Fue el pasado viernes cuando al fin resolvimos realizar el experimento de despertarlo o intentar despertarlo; y es el (quizás) desafortunado resultado de este último experimento lo que ha levantado tanta discusión en círculos privados... tantas injustificables e increíbles emociones populares.
         Con el propósito de sacar al señor Valdemar del trance mesmérico, empleé los acostumbrados pases. Estos, por un tiempo, fueron ineficientes. El primer indicio de revivificación fue aportado por un descenso parcial del iris. Se observó, como especialmente notable, que este descendimiento de la pupila era acompañado por el profuso flujo de un licor amarillento (desde abajo de los párpados) de un agrio y fuertemente repulsivo olor.
         Me sugirieron que debía intentar influir en el brazo del paciente, como al principio. Hice el intento y fracasé. El Dr. F... entonces confesó el deseo de que yo le hiciera una pregunta. Lo hice, de esta manera:
         —Señor Valdemar, ¿puede explicarnos cuáles son sus sentimientos o deseos ahora?"
         Hubo un regreso instantáneo de los círculos héticos en las mejillas; la lengua tembló, o mejor dicho se enrolló con violencia en la boca (aunque las mandíbulas y los labios permanecían rígidos como antes;) y al fin la misma voz horrenda que ya he descrito, emergió:
         —¡Por Dios!... ¡rápido!... ¡rápido!... póngame a dormir... o, ¡rápido!... ¡despiérteme!... ¡rápido!... ¡Le digo que estoy muerto!
         Perdí los nervios por completo, y por un instante permanecí indeciso sobre qué hacer. Al principio realicé un esfuerzo por recomponer al paciente; pero fracasé en esto debido a la total ausencia de voluntad, regresé sobre mis pasos y luché con denuedo por despertarlo. En este intento pronto vi tendría éxito... o por lo menos imaginé que pronto mi éxito sería completo... y estoy seguro de que todos en la habitación estaban listos para ver el despertar del paciente.
         Para lo que realmente ocurrió, sin embargo, era casi imposible que ningún ser humano pudiera estar preparado.
         Tan rápido como hice los pases mesméricos, entre invocaciones "¡muerto!, ¡muerto!" que reventaban literalmente desde la lengua y no desde los labios del sufriente, su ser íntegro en un instante... en el espacio de un solo minuto, o incluso menos, se encogió... se desmenuzó... corrompiéndose por completo bajo mis manos. Sobre la cama, ante todos los presentes, yació una masa casi líquida de repugnante... de abominable putrefacción.
    - - EL FIN - -

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    La noveleta de Gerardo Horacio Porcayo, El Legado Valdemar, inicia exactamente donde acaba este cuento de Poe
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    Poe en la Langosta, Un recuento para recién llegados

  • by
  • Eugenio Zigurat

  • ©2013, Eugenio Zigurat 

    Como sabemos que en la red todo es efímero y la memoria se queda en la compu, va un listado de trabajos en torno a Edgar Allan Poe que se han publicado aquí (o en Lobosector). Mi pequeña contrubución hoy es este bosquejo que acompaña a la entrada:


    Annabel Lee de Edgar Allan Poe (Poema) Traducción de Porcayo
    El Legado Valdemar de Gerardo Horacio Porcayo
    (noveleta Homenaje a Poe)
    El Cuervo de Edgar Allan Poe
    traducción de 1887 de J.A. Pérez Bonale

    Wallpaper de Poe a crayola de Porcayo



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    Julio de 2014

    Julio de 2014

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