lunes 20 de febrero de 2012

John Glenn


©2012, Ana Delia Carrillo  

    Hace 50 años, el 20 de febrero de 1962, John Glenn fue en el primer astronauta estadounidense en orbitar la Tierra, completando tres vueltas con una duración de 4 horas 55 minutos 23 segundos, a bordo de la nave Friendship 7, en la misión Mercury-Atlas 6.
Antes de él, Yuri Gagarin, cosmonauta soviético, había completado una vuelta alrededor de la Tierra, el 12 de abril de 1961, a bordo de la nave Vostok 1, convirtiéndose en el primer hombre en el espacio. Los estadounidenses Alan Shepard y Gus Grissom, y el soviético Gherman Titov fueron los siguientes en aproximarse al espacio antes de Glenn, aunque sus compatriotas Shepard y Grissom sólo hicieron viajes sub-orbitales.
    Con esta hazaña se convirtió en el quinto hombre en el espacio, el tercer estadounidense en el espacio y el primer estadounidense en orbitar la Tierra.
    A 50 años de este hecho, viviendo en una sociedad ultra-tecnologizada, vale la pena recordar a aquellos que iniciaron los programas espaciales, a aquellos que, poniendo en riesgo su vida, llegaron a la última frontera del hombre, el espacio.
John Glenn no se conformaría con ello. De hecho ha sido el único astronauta que, a la edad de 77 años, volvió a orbitar la Tierra, aunque en ese momento en el transbordador espacial Discovery, el 28 de octubre de 1998, para "estudiar los efectos del vuelo espacial en los ancianos", según Wikipedia. (http://es.wikipedia.org/wiki/John_Glenn)
    John Glenn es el único astronauta vivo de aquel programa Mercury que alcanzara el espacio en un día como hoy, y esta Langosta celebra su hazaña, que pobló nuestros sueños de niños, y ha sido inspiración de innumerables historias.

miércoles 15 de febrero de 2012

Annabel Lee

©1849, Edgar Allan Poe
©2004, Gerardo Horacio Porcayo, por la traducción*

Fue muchos, muchos años atrás
En un reino al mar lindante
Que vivía una doncella conocida
Por el nombre de Annabel Lee;
Y esta doncella vivía con no otro pensamiento
Que amar y ser amada por mí.

Yo era un niño y ella una niña
En este reino al mar lindante;
Pero nos amábamos con un amor que era más que amor...
Yo y mi Annabel Lee;
Con un amor que los alados serafines del Cielo
Envidiaban a ella y a mí.

Y esta fue la razón de que, tiempo atrás,
En este reino al mar lindante,
Una nube un viento exhaló, helando
A mi hermosa Annabel Lee;
Y su deudo de alta cuna vino
Y la abismó lejos de mí,
Para silenciarla en un sepulcro
En este reino al mar lindante.

Los ángeles, no la mitad de felices en el Cielo,
Vinieron a envidiarnos a ella y a mí...
¡Sí!... esa fue la razón (como todos saben en este reino al mar lindante)
De que el viento sugiera de la nube de noche,
Helando y asesinando a mi Annabel Lee.

Pero nuestro amor era más poderoso por mucho que el amor
De aquellos más viejos que nosotros
De muchos más listos que nosotros...
Y ni los ángeles en el Cielo arriba,
Ni los demonios abajo debajo del mar,
Podrán jamás disociar mi alma del alma
De la hermosa Annabel Lee.

Porque la luna jamás destella sin brindarme sueños
De la hermosa Annabel Lee;
Y las estrellas jamás se levantan pero puedo sentir los ojos brillantes
De la hermosa Annabel Lee
Y así, toda la marea nocturna, yazco al lado
De mi querida, mi querida, mi vida y mi prometida,
En el sepulcro al mar lindante
En su tumba al mar resonante.

*traducción publicada originalmente en Lobosector Aquí la versión en el lenguaje original:

ANNABEL LEE
©1849, Edgar Allan Poe

It was many and many a year ago,
In a kingdom by the sea,
That a maiden there lived whom you may know
By the name of Annabel Lee;
And this maiden she lived with no other thought
Than to love and be loved by me.

I was a child and she was a child,
In this kingdom by the sea;
But we loved with a love that was more than love-
I and my Annabel Lee;
With a love that the winged seraphs of heaven
Coveted her and me.

And this was the reason that, long ago,
In this kingdom by the sea,
A wind blew out of a cloud, chilling
My beautiful Annabel Lee;
So that her highborn kinsman came
And bore her away from me,
To shut her up in a sepulchre
In this kingdom by the sea.

The angels, not half so happy in heaven,
Went envying her and me-
Yes!- that was the reason (as all men know, In this kingdom by the
sea)
That the wind came out of the cloud by night,
Chilling and killing my Annabel Lee.

But our love it was stronger by far than the love
Of those who were older than we-
Of many far wiser than we-
And neither the angels in heaven above,
Nor the demons down under the sea,
Can ever dissever my soul from the soul
Of the beautiful Annabel Lee.

For the moon never beams without bringing me dreams
Of the beautiful Annabel Lee;
And the stars never rise but I feel the bright eyes
Of the beautiful Annabel Lee;
And so,all the night-tide, I lie down by the side
Of my darling, my darling, my life and my bride,
In the sepulchre there by the sea,
In her tomb by the sounding sea.

El cuervo

©1845, Edgar Allan Poe
©1887, J.A. Pérez Bonale, por la traducción

Una fosca medianoche, cuando en tristes reflexiones,
sobre más de un raro infolio de olvidados cronicones
a mi puerta oí llamar:
como si alguien, se pusiese con incierta
 mano tímida a tocar:
“es –me dije— una visita que llamando está a mi puerta:
eso es todo, ¡y nada más!”
¡Ah! Bien claro lo recuerdo: era el crudo mes del hielo,
y su espectro cada brasa moribunda enviaba al suelo.
Cuán ansioso el nuevo día, en la lectura
procurando en vano hallar
tregua a la honda desventura de la muerte de Leonora,
la radiante, la sin par.
Virgen pura a quien Leonora los querubes llaman hora
ya sin nombre… ¡nunca más!
Y el crujido triste, incierto, de las rojas colgaduras
me aterraba, me llenaba de fantásticas pavuras,
de tal modo, que el latido de mi pecho palpitante
procurando dominar
“es sin duda, un visitante –repetía con instancia—
que a mi alcoba quiere entrar;
un tardío visitante a las puertas de mi estancia…
eso es todo, ¡y nada más!”

Paso a paso, fuerza y bríos
fue mi espíritu cobrando:
“Caballero –dije—, o dama:
mil perdones os demando;
mas, el caso es que dormía,
y con tanta gentileza
me vinisteis a llamar,
y con tal delicadeza
y tan tímida constancia
os pusisteis a tocar
que no oí” –dije—, y las puertas
abrí al punto de mi estancia;
¡sombras sólo y…
nada más!

Mudo, trémulo, en la sombra por mirar haciendo empeños
quedé allí, cual antes nadie lo soñó, forjando sueños
más profundo era el silencio, y la calma no acusaba
ruido alguno… Resonar
sólo un nombre se escuchaba que en voz baja a aquella hora
yo me puse a murmurar,
y que el eco repetía como un soplo: ¡Leonora!...
esto apenas, ¡nada más!

A mi alcoba retornando con el alma en turbulencia,
pronto oí llamar de nuevo –esta vez con más violencia:
“De seguro –dije—, es algo que se posa en mi persiana;
pues, veamos de encontrar
la razón abierta y llana de este caso raro y serio
y el enigma averiguar.
¡Corazón! Calma un instante y aclaremos el misterio…
--¡Es el viento— y nada más!”
La ventana abrí –y con rítmico aleteo y garbo extraño
entró un cuervo majestuoso de la sacra edad de antaño
sin pararse ni un instante ni señales dar de susto,
con aspecto señorial,
fue a posarse sobre un busto de Minerva que ornamenta
de mi puerta el cabezal;
sobre el busto que de Palas la figura representa,
fue y posose --¡y nada más!
Trocó entonces el negro pájaro en sonrisas mi tristeza
con su grave, torva y seria decorosa gentileza;
y le dije: “Aunque la cresta calva llevas, de seguro
no eres cuervo nocturnal,
viejo, infausto cuervo oscuro, vagabundo en la tiniebla…
dime: --“¿Cuál tu nombre, cuál
en el reino plutoniano de la noche y de la niebla?...”
Dijo el cuervo: “Nunca más”.

Asombrado quedé oyendo así hablar al avechucho,
si bien su árida respuesta no expresaba poco o mucho;
pues preciso es convengamos en que nunca hubo criatura
que lograse contemplar
ave alguna en la moldura de su puerta encaramada,
ave o bruto reposar
sobre efigie en la cornisa de su puerta cincelada,
con tal nombre: “¡Nunca más!”
Mas el cuervo, fijo, inmóvil, en la grave efigie aquella,
sólo dijo esa palabra cual si su alma fuese en ella
vinculada –ni una pluma sacudía, ni un acento
se le oía pronunciar…
Dije entonces al momento: “Ya otros antes se han marchado,
y la aurora al despertar,
él también se irá volando cual mis sueños han volado”.
Dijo el cuervo: “¡Nunca más!”
Por respuesta tan abrupta como justa sorprendido,
“no hay ya duda alguna –dije—, lo que dice es aprendido:
aprendido de algún amo desdichado a quien la suerte
persiguiera sin cesar,
persiguiera hasta la muerte, hasta el punto de, en su duelo,
sus canciones terminar,
y el clamor de la esperanza con el triste ritornelo
de jamás, ¡y nunca más!”

Mas el cuervo, provocando mi alma triste a la sonrisa,
mi sillón rodé hasta el frente al ave, al busto, a la cornisa;
luego, hundiéndome en la seda, fantasía y fantasía
dime entonces a juntar,
por saber qué pretendía aquel pájaro ominoso
de un pasado inmemorial,
aquel hosco, torvo, infausto, cuervo lúgubre y odioso
al graznar: “¡Nunca jamás!”

Quedé aquesto, investigando frente al cuervo en honda calma,
cuyos ojos encendidos me abrasaban pecho y alma.
Esto y más –sobre cojines reclinado— con anhelo
me empeñaba en descifrar,
sobre el rojo terciopelo do imprimía viva huella
luminoso mi final—
terciopelo cuya púrpura ¡ay! jamás volverá ella
a oprimir—. ¡Ah! ¡Nunca más!

Parecióme el aire entonces,
por incógnito incensario
que un querube columpiase
de mi alcoba en el santuario,
perfumado—. “Miserable ser” –me dije—, Dios te ha oído
y por medio angelical,
tregua, tregua y el olvido del recuerdo de Leonora
te ha venido hoy a brindar:
¡bebe! bebe ese nepente, y así todo olvida ahora
Dijo el cuervo: “¡Nunca más!”

“Eh, profeta –dije—, o duende,
mas profeta al fin, ya seas
ave o diablo— ya te envíe
la tormenta, ya te veas
por los ábregos barrido a esta playa
desolado
pero intrépido a este hogar
por los males devastado,
dime, dime, te lo imploro:
¿llegaré jamás a hallar
algún bálsamo o consuelo para el mal que triste lloro?”
Dijo el cuervo: “¡Nunca más!”
“¡Oh, profeta –dije—, o diablo! –Por ese ancho como velo
de zafir que nos cobija, por el mismo Dios del Cielo
a quien ambos adoramos, dije a esa alma adolorida,
presa infausta del pesar,
si jamás en otra vida la doncella arrobadora
a mi seno he de estrechar,
la alma virgen a quien llaman los arcángeles Leonora!”
Dijo el cuervo: “¡Nunca más!”

“Esa voz, oh, cuervo, sea
la señal
de la partida,
grité alzándome: --¡Retorna,
vuelve a tu hórrida guarida
la plutónica ribera de la noche y de la bruma!...
en memoria ni una pluma dejes, negra. ¡El busto deja!
¡Deja en paz mi soledad!
Quita el pico de mi pecho. De mi umbral tu forma aleja…”
Dijo el cuervo: “¡Nunca más!”
Y aun el cuervo inmóvil, fijo, sigue fijo en la escultura,
sobre el busto que ornamenta de mi puerta la moldura…
y sus ojos son los ojos de un demonio que, durmiendo,
las visiones ve del mal;
y la luz sobre él cayendo, sobre el suelo arroja, trunca
su ancha sombra funeral,
y mi alma de esa sombra que en el suelo flota… ¡Nunca
se alzará… nunca jamás!





Por Poe y los que abrieron caminos


©2012, Langosta Espía

Cada año observamos, asistimos a nuestra orfandad literaria.
    Y a veces es como si nos complaciéramos en el dolor, como si sólo buscáramos transmitir un dolor que persiste y no se quita, no se apaga; enciende cada 365 días el rito de lo abominable, de lo profano.
    Pero cada año, también, no nos reunimos para  sufrir, sino para celebrar la esporádica, apenas sutil estancia de su paso por esta tierra de callejones cerrados y auroras muertas.
    Poe nació para admirar y cantar la labor de la muerte. Lo quisiera o no. La suya fue una encomienda terrible y blasfema, un erial de deseos transformado en lámpara maravillosa y, desde ahí, el rito del deseo se estableció con anclas de fuego y fierro.
    Nada resta salvo la muerte y el duelo y el olvido. Cada año, en cada ciclo...
    Eternidad de tumba, de entierros prematuros. Quizá en otras áreas donde Poe es escolaridad obligada, su fibra no resulte tan tenaz, tan sensible. Quizá...
    Lo cierto es que en estas coordenadas donde la convivencia con la calaca es tan tradicional, nada puede resultar más endémico, más fiel, que el pulso mismo del señor de Boston.
    Van por él estos textos, esta semiedición de nuestro inconstante pero apasionado blogzine, para variar de manera tardía pues apenas, el pasado 19 de enero, debimos soltar este número... Pero… nuevas sorpresas vendrán, según me han contado…

sábado 31 de diciembre de 2011

El 'Aflösung' de la Ciencia Ficción

©2011, Gerardo Horacio Porcayo

Una y otra vez, desde 2008, a través de listas de correos, blogs y e-zines especializados, una sentencia parece colectar más voces hasta transformarse en coro, en murmullo ambiental, ventisca que modifica el panorama de este género en una suerte de desierto: "La ciencia ficción ha muerto".
    Tal sentencia ha acusado tan buen recibimiento que poco a poco ha ido extendiéndose a otras áreas, otras disciplinas. Ya podemos leer trabajos sobre la muerte del cine, de la música, de los mismos blogs y de casi cualquier cosa que se mueva bajo este sol.

Resaca o milenarismo tardío
    Enfrentamos una época que parece asistir por decreto colectivo a la extinción de todo. A la gran catástrofe que algunos aficionados a lo paranormal vienen esperando desde los ochenta. Una cuya mayor decepción quedó fincada en el fin del pasado milenio. Nostradamus y otro puñado de profetas parecían haberse equivocado, pero, como siempre pasa en esos terrenos, basta una enmienda, un asegurar que alguna buena acción colectiva nos hizo saltar el trago amargo. O cuando menos posponerlo, pues hoy ya el calendario maya ofrece, de acuerdo a nuevos abusioneros, fecha exacta para el tan esperado apocalipsis.
    Las reinterpretaciones de todos esos profetas catastrofistas tienen un punto de confluencia y hasta nuevos legajos han sido 'descubiertos' para apoyar tan funesta nueva-vieja: el mundo se va a acabar.
    Eros y Tánatos. A nivel global. Suma de individualidades, de pulsiones, este hábito de generalizarlo todo termina por arrojar sentencias absurdas, por proyectar el simple cansancio que enfrentamos como sociedad. O como decía Milan Kundera: "el hombre es un ser que ni siquiera sabe estar muerto". A lo mejor por eso, ésta, también es una época marcada por la presencia de los zombis en la ficción y la resurección de los clásicos en esa vertiente deteriorada que implica abadonar la tumba, como en "Orgullo, prejuicio y zombis" y productos posteriores (ya existe la promesa de filmación de "Abraham Lincon cazador de vampiros", ya se ha aplaudido la llegada de "Androide Karenina") que han querido redimensionar esa fórmula tan propia de lo posmoderno: la aceptación de que el plagiarismo, el homenaje abierto son fuente genuina, y válida, de nuevas apariencias.
    En esos particulares ejemplos ya no hablamos de complejas alegorías donde una nueva historia encontraba ecos, esqueleto, en antiguos relatos clasicos. Hablamos de literal resurrección de cadáveres (si aceptamos la dudosa premisa de que "Orgullo y prejuicio" y "Ana Karenina" eran ya restos mortales enterrados) a través la incorporación de nuevos elementos.
    El complejo de Frankenstein, conceptualizado por Asimov, no tenía nada que ver con lo que ahora sucede. Es la proyección original de Mary W. Shelley y su idea de collage para la resurección, lo que palpita en el horizonte actual de lo artístico. El arte se ha ido llenando, en todas sus disciplinas, en su producción, en una constante emulación de los procedimientos de Víctor Frankenstein. El problema aquí, otra vez, radica en la apariencia; en trabajos que terminan siendo sólo productos de apariencia.
    Los dadaístas fueron maestros en la técnica Frankenstein, desde los poemas de recortes de Tristán Tzara hasta los ready made objects de Du Champ, pasando por algunas aberraciones que perdieran bandera. Incluso el método "fold in" de William Burroughs perseguía una filosofía, una razón que pretendía combatir la virulencia del lenguaje mismo...
    Y ahora... Ahora la carrera, la lucha, la motivación, parece provenir únicamente de una vía mercadotécnica. Se produce no para el espíritu, sólo para el consumo. ¿Será que la frase de Guadalupe Loaeza "compro, luego existo" ha llegado para quedarse?

Botones y confecciones
En el siglo pasado los remakes fílmicos tardaban décadas; hoy en día, desde el reebot de Hulk, ya ningun producto, ningún estudio o consumidor, parece escandalizado por la idea de la refilmación de un producto que no satisfizo expectativas (¿de calidad o monetarias, me pregunto?).
    Estos once años del siglo XXI parecen dejar patente el reeboot (la reinicialización, muy en tono y paradigma digital, computacional) de universos para mejor consumo. El borrón y cuenta nueva llevado a un nuevo estatus. El reeboot como única clave de renovación.
    Por supuesto, hay ejemplos en verdad loables como los integristas, de recaptura y reorientación de la original memoria y su devenir, en el terreno de los comics, por parte de Grant Morrison en sus aportaciones para el universo DC. No faltarán, en este sentido, detractores que ubiquen estas estrategias como medidas de supervivencia de otro medio amenazado por la avalancha de la digitalización.
    Por supuesto, también hay lecturas optimistas que miran la fábrica de productos como "Orgullo, prejucio y zombies" como una nueva oportunidad de acercamiento de las nuevas generaciones de lectores a libros que ya no se leían.
    El dicho popular afirma que "desde que se inventaron los pretextos..."

Aflösung
La palabrita es de origen aleman y la usó Hegel, en su momento para aclarar sus perspectivas sobre el ideal del arte; la palabra fue traducida como muerte, aunque en realidad implicaba un concepto más complejo: muerte y resurrección; algo que era parte de un ciclo y no un estado definitivo, estéril y condenado a la tumba.
    Éste, por supuesto, no es el primer equívoco de traducción en la filosofía, pero sí uno que sentara las bases para el continuo descrédito posterior hacia toda forma que pareciera desencaminarse de modelos normativos o formalistas del arte.
    Y ahí las sirenas deberían prenderse y tendríamos que cambiar de página, mínimo de idea. Es como si el concepto detrás del llamado "Partido Revolucionario Institucional" se hubiera diseminado y contagiado a muchas otras áreas profesionales y geográficas del mundo, porque, ¿desde cuándo existen las revoluciones institucionales? ¿Rebelión con normas de civilidad? ¿Creatividad con camisa de fuerza y procedimientos sistemáticos?
    Pero nos estamos alejando, aunque no demasiado. Nos aproximábamos a Hegel y aquí, Javier Domínguez podría ser mucho más esclarecedor, cuando nos dice:
El interés de Hegel en el ideal del arte nada tiene que ver, por tanto, ni con una estética normativa ni con una historia del arte de concepción formalista, para determinar según ellas las formas intemporales y culminantes del arte. Es útil adelantar esta afirmación, pues la idea dominante sobre Hegel es que es un clasicista. Ello quiere decir, en primer lugar, que el arte en general culminó para Hegel con la belleza lograda en la escultura de los griegos y, en segundo lugar, que el arte precedente fue una aspiración a esa belleza y que el arte posterior, incluido el nuestro, es su decadencia. En realidad, la teoría de Hegel sobre el ideal está ajustada a la concepción fundamental de su filosofía del arte, cuyo interés recae enfáticamente en la función histórico cultural del arte, en que el arte ha de ser arte «para nosotros». Hegel tuvo esta concepción del arte desde su juventud, y, sin abandonarla, la fue madurando hasta las Lecciones sobre la estética de Berlín, dictadas en cuatro ocasiones entre 1820 y 1829. (Domínguez, 2008, p. 247-48)
    El problema de raíz es filosófico y, por ende, nada simple de abordar. Cualquier intento reduccionista resulta, pues, en pérdidas de sentido. Domínguez, consciente de eso explica, páginas adelante:
   
    "La filosofía del arte en Hegel es recepción del arte, ella es un agente activo en el proceso de la formación o de la asimilación cultural en la que las obras mantienen actualidad y relevancia. En este sentido, su interés en el arte se diferencia del interés objetivante de la investigación historiográfica, de la que se sirve, pero a la que no se restringe. El objetivo de su interés en el arte es lograr la articulación del significado de las obras en el saber que podemos compartir, y que las legitima como prendas suyas, como logros intuitivos que valen de por sí. (Domínguez, 2008, p. 252)

    ¿Y a qué viene todo esto si hablábamos de ciencia ficción? Precisamente al concepto de muerte de ésta como categoría literaria, artística útil, no en el sentido de razón instrumental de, sino en esa " articulación del significado de las obras en el saber que podemos compartir".

La CF al borde de...
    En otras palabras, no se trata, lo que enfrentamos hoy en día, de una muerte, un exterminio de las cosas que antes nos dieran vida. Se trata de algo más simple: un cambio de paradigma. Un cambio de modelo que sí, ha provocado la muerte (en términos prácticos) del mundo tal como nuestros abuelos lo conocieron: ese mundo inercial, cuasi estático donde las verdades eran grandes y prevalecían. Donde las verdades habían llegado para quedarse.
    Nada de eso tenemos hoy en día. Nada, en esta época digital, en esta época donde Twitter supera en velocidad a los medios especializados del periodismo y donde la importancia o relevancia de una noticia es localizable a través de la revisión de trending topics.
    Marshal McLuhan, el mismo teórico de los mass media, sin apenas imaginar lo que sería internet, Twitter y las redes sociales, ya advertía sobre la posibilidad de este efecto desde los años sesenta:
El circuito eléctrico compromete profundamente a los hombres entre sí. La información cae sobre nosotros al instante y continuamente. Apenas se adquire una información, la sustituye con gran rapidez otra información aún más nueva. Nuestro mundo de configuración eléctrica nos ha obligado a pasar del hábito de clasificación de los datos, a la modalidad de reconocimiento del patrón. Ya no podemos construir en serie, bloque tras bloque, paso a paso, porque la comunicación instantánea nos asegura que todos los factores del ambiente y de la experiencia coexisten en un estado de interacción activa.(McLuhan 63)
    El tiempo para la reflexión y reconstrucción y reacoplamiento de las materias en una configuración que parezca tener sentido o luzca planeada, premeditada, ha desaparecido con la llegada del circuito eléctrico. Y no se diga del digital.
    Para darnos una idea, recordemos que a finales de la década de los sesenta, cuando sólo el teléfono y la televisión constituían el concepto alegórico para McLuhan de Sistema Nervioso Central, de Circuito Eléctrico, Alberto Moravia declararía la  muerte de la novela. Hecho que causó ecos en México, tanto en Carlos Fuentes como en Octavio Paz y, a su modo, cada uno, se sumaría a la perspectiva. Paz incluso reseñó la obsolecencia del término novela, como portadora de novedades.
    Menciono lo anterior porque me parece necesario marcar la perspectiva de lo que va deviniendo y va conformando este nuevo mundo con estabilidad de arenas movedizas y con las materias que han contribuido a alcanzar este estado de trampa y peligrosidad. La novela moría en 1969. Y grandes novelas fueron generadas tras esas fechas. Grandes obras que seguro ya se agolpan con autrores y argumentos en sus cerebros. Grandes que incluyen a la CF y a sus ensayos sobre lo que sucedería en este año.
    Este mundo que al fin, William Gibson, tras preverlo de alguna manera en su Neuromante de 1984, encara en su novela "Patern recognition", sorpresivamente (para no utilizar otro adjetivo más escandalizado) traducida como "Mundo Espejo", en el capítulo 6, a través del diálogo de sus personajes, de la siguiente manera:
    —Por supuesto —dice él—, ahora no tenemos ni idea de quiénes o qué podrían ser los habitantes de nuestro futuro. En ese sentido, no tenemos futuro. No en el sentido en que nuestros abuelos tenían futuro, o creían tenerlo. Imaginar un futuro completo es cosa de otro tiempo, un tiempo en el que el «ahora» tenía una duración mayor. Para nosotros, por supuesto, las cosas pueden cambiar tan bruscamente, tan violentamente, tan profundamente, que futuros como los de nuestros abuelos tienen un «ahora» que no basta como base. No tenemos futuro porque nuestro presente es demasiado inestable. —Sonríe, una versión de Tom Cruise con demasiados dientes, y más largos, pero aun así muy blancos—. Sólo tenemos la administración del riesgo. Los cambios de escenario de cada momento. El reconocimiento de pautas. (Gibson, Mundo Espejo)
    O pattern recognition o reconocimiento de patrón, de acuerdo a lo traducido en McLuhan. Una técnica que, según se advierte sin explicarse abiertamente en el tercer capítulo de Gibson, es característica del hombre porque "El homo sapiens tiende al reconocimiento de pautas (...). Que es a la vez un don y una trampa". (Gibson, Mundo Espejo)
    Un presente "demasiado inestable" analizado por una metodología "que es a la vez un don y una trampa". Un futuro sin cimientos firmes. O mil futuros instantáneos sin proyección a largo plazo. Esa trampa que significa entrar en la cinta de moebius. Productos instintivos, como respuesta emergente a un problema que no es abarcable en su entera panorámica.
    El presente se sitúa como una especie de "Predator" con su tecnología de invisibilidad, perdido, mimetizado en una selva de sobreinformación que incluye las contradicciones periodísticas, las declaraciones diplomáticas, videos de celular en YouTube, frases cortadas y plagadas de faltas de ortografía, Twitter, Facebook, blogs y todo cuanto pueda adendarle materia... incluyendo fantasías Photoshop adecuadamente trabajadas para hacerlas pasar como realidad.
    La realidad ya no era lo que antes, menos el futuro, habría que decir, como han dicho tantos. Y tantas. La última, hasta donde se lleva registro en estas latitudes, fue nada menos que Angélica Gorodischer, quien aseguraba en una entrevista con Alejandro Frías:
    … hace mucho que no leo ciencia ficción, no me gusta lo último, y tanto Ursula como yo pensamos que la ciencia ficción está agotada, que se dijo todo, y el otro día, leyéndolo a Umberto Eco, en ese libro maravilloso que se llama Nadie acabará con los libros, él dice una cosa muy notable: cuando hablamos del futuro, estamos hablando del pasado. Tiene razón, porque no nos apoyamos en nada que sea desconocido, siempre tenemos que tener un apoyo en algo conocido. Si vos querés describir un cohete que va a la galaxia Pichiruchi, tenés que agarrarte de lo que conocés, porque si no cómo lo vas a describir, tenés que agarrarte de la moto, del avión, del helicóptero para construir un cacharro que vaya al espacio. Entonces, ya hemos hablado de los posibles futuros, hemos hecho utopías y distopías, y se terminó, parece que ya hubiéramos llegado a los límites de eso. (Gorodischer, 2011)
    Y así, como Angélica Gorodischer, ahí, en ese justo punto del panorama global estamos; en pleno desconcierto de frente a modelos que parece han dejado de marchar, amores que no se acaban pero que ya no se viven o se gozan como en la juventud... Atrás quedaron los tiempos de la Space Opera y los cantos de supremacía racial, atrás quedó la defensa feminista, tras ganar algunas batallas, atrás la defensa de las ciencias no exactas, de la psicología, la estética, de la misma segregación racial... Los que antes no tenían voz, hoy tienen representantes... Dicen...
    Atrás parecen quedar todos los prejuicios y, de manera aparente, publicitada, extra vitoreada a través de los medios masivos de comunicación, vivímos en el más tolerante, abierto y dialogante mundo... Aparentemente, porque abajo, tras el maquillaje, la máscara cosmética de los mass media, poco a poco empezamos a descubrir, a través de la internet misma y las activaciones sociales individuales, que existe otra forma de mundo; una verdadera que sólo atiende a lo económico, a la lucha de zaibatsus, de corporaciones multinacionales cuya voz es mercadotécnica; esa que aún, como aseguraba Ángel Rama, sigue controlada desde la Ciudad Letrada: bestsellers inocuos, retrógados, escapistas o falsamente, institucionalmente revolucionarios son los que se publican y distribuyen. Semejantes productos se manejan en el cine, en la pintura, en la escultura. Formas inocuoas que no generan reacciones químicas, biológicas, humanas, de ningún tipo.
    Estamos en la era cool. En la era de todo está bien... Y como nos explica el mismo Hegel, a través de Domínguez:
    El arte perdería su relevancia cultural, sobre todo la relevancia crítica y de ilustración del juicio de los individuos, si, como pensaba Hegel, siguiendo aquí a Schiller, le diera a la época solo lo que aplaude, mas no lo que necesita (Domínguez, 2008, p. 258)
    La época aplaude la flacura de las modelos y no importa cuántas campañas contra la anorexia se levanten, lo que queda para el aplauso sigue siendo el paradigma esquelético. Ése que se alaba y encumbra en cada comercial, en cada figura pública que quiere relevancia...
    ¿Qué Ciencia Ficción es posible construirse con tales cimientos? El mismo Gibson parece responder en diálogo de personajes de esa misma ficción citada, del capítulo seis:
    —El futuro está ahí —se oye decir Cayce—, mirando atrás, hacia nosotros. Intentando dar sentido a la ficción en la que nos habremos convertido. Y, desde donde están, el pasado que tenemos detrás no se parecerá en nada al pasado que imaginamos ahora detrás de nosotros.
    —Pareces un oráculo. —Dientes blancos.
    —Lo único que sé es que la única constante en la historia es el cambio: el pasado cambia. Nuestra versión del pasado interesará al futuro más o menos tanto como nos interesa a nosotros el pasado en el que pudieran creer los Victorianos. Simplemente no les parecerá demasiado trascendente. (Gibson, Mundo Espejo)

¿Ciencia o Especulación?
Detrás podemos poner un pasado idealizado, para construir un nuevo futuro. Eso ha hecho una buena parte de la población en Europa, en Brasil: apegarse al steampunk y ficcionalizar hacia zonas no vistas. O no vistas de esa manera...
    ¿Pero qué pasa con un pueblo que pierde su memoria? ¿Qué pasa con las historias que no escribirán los historiadores y no capturarán los literatos?
    Desde los sesentas Heinlein, y luego Ellison, pugnaron por cambiar el rubro Science Fiction (Ciencia Ficción) por Speculative Fiction (Ficción Especulativa) para cambiar el orden de importancia que el vocablo parece darle a la ciencia en lugar de a la ficción y dar con ello mayor libertad al alma creativa.
    Quizá hoy, más que nunca, este cambio de modelo necesita asumirse desde los dos lados, el lector y el escritural.
    La CF cumplía la función de hablar desde una perspectiva informada del impacto de la ciencia en el desarollo humano. Gibson alcanzó a hablar de adicción a la tecnología en su Neuromante y hoy esa es una realidad que vivimos a través de gadgets y redes sociales.
    Nuestro mundo, nuestro universo conceptual actual, en esta inmersión en lo digital, es un ciclópeo queso gruyere que daría cabida a cualquier intento de genuina exploración especulativa a través de la ficción.
    El mismo Dominguez, consciente de los tiempos de Hegel y de los actuales, escribe (en 2008):
    El pluralismo actual del arte responde a las necesidades de la época, entre ellas algunas del arte mismo. Volver a mirar a Hegel no intenta corregir las realidades del arte hoy, sino disponerse, quizá mejor, a los modos como el arte pretende mantenerse relevante. (Domínguez, 2008, p. 254)
    Y más que un requiem, una nostálgica despedida, lo que parece que nos toca, a quienes quedamos aquí, a quienes en verdad seguimos en la ruta evolutiva de la CF, no es explorar el espacio exterior, ni el interior, sino los dos, desde el interregno de esta catatonia del ser en lo digital.

Bibliografía Citada:
  • Domínguez, Javier. (PDF) “Cultura y arte: una correspondencia en proceso. El ideal del arte en Hegel, correcciones a una interpretación establecida” en Acosta, María del Rosario. La nostalgia de lo absoluto: pensar a Hegel hoy. Universidad Nacional de Colombia, Colombia, 2008. Disponible en: www.bdigital.unal.edu.co/1436/2/01PREL01.pdf
  • Gibson, William. Mundo Espejo. Minotauro, Argentina, 2004.
  • Gorodischer, Angélica. "La ciencia ficción está agotada, ya se dijo todo" en Frías, Alejandro (entrevistador) Diario de Mendoza, 7 de septiembre de 2011. MZD On Line, Argentina, 2011. Disponible en: http://www.mdzol.com/mdz/nota/324371-la-ciencia-ficcion-esta-agotada-ya-se-dijo-todo/ 
  • Kundera, Milan. La Insoportable levedad del ser. Tusquets, México, 1988.
  •  McLuhan, Marshal y Fiore, Quentin. El medio es el masaje. Un inventario de efectos. Paidós, España, 2001.

Los tentáculos del astronauta

©2011, Eugenio Zigurat y Gerardo Horacio Porcayo

Aromas a especies, a extrañísimos inciensos.
    Por momentos imaginó una cena especial. Una celebración distinta para las mismas estúpidas fiestas de diciembre de siempre.
    Quiso abrir los ojos. Quiso levantar el cuello y entonces fue consciente de que le resultaba imposible. Un nuevo conocimiento se agregó a su ser. Había un demonio, en su nuca, montado a horcajadas; sus garras se aferraban a la frente y la jalaban hacia atrás. Cada vez más, exigiendo un ángulo mayor, más pronunciado a sus vértebras
    —Estás soñando —se dijo y de inmediato la noción del demonio enano se transformó, dio paso a la clara imagen de un ayudante de Santa, aferrado a su cráneo, forzando su inclinación, como si estuviera tratando de cosechar su cabeza y con ello un juguete para la próxima y urgente entrega—. Estás soñando —insistió.
    —No —explicó el empleadillo de Santa—. O no del todo. Te hace falta ver más allá.
    El dolor se agudizó. En su cuello. Casi podía escuchar el crujir de los huesos, el desgarre de cartílagos y tendones.
    Cerró los ojos y las uñas del duende le dolieron más. Y desde ahí, desde ese punto, la luz empezó a entrar.
    —Ríndete —demandó el duende.
    Y él cedió. Negrura. Luego una cadencia. En el fondo. Muy en el fondo... Perdida... Una taquicardia. Una desesperación...

* * *

Abrió los ojos y fue como despertar de un largo sueño o, peor aún, como descubrir que uno acaba de levantar los párpados a una pesadilla.
    La pesadilla después del orgasmo. Porque eso estaba claro, había sido arrancado de la inconsciencia por el placer.
    Y ya se sabe: la pasión suele conducir al infierno.
    Había sangre por todos lados, formando una gelatina a medio cuajar con semen, sangre y carne purulenta bajo su propio vientre, ahí, donde una suerte de cosquilleo, de tacto sexual acompañaba el retraimiento de los tentáculos. Una sensación parecida a la del relax eréctil, a la laxitud del deseo colmado. Tan parecido como un pato a un ornitorrinco, porque los tentáculos podían ser todo, incluso parte suya, pero nunca tranquilizantes.
    Y el resto, lo que completaba la escena, no hacía nada por favorecer su calma: esa masacre a la luz de los estrobos, la sangre que no paraba de fluir desde los rincones atestados de cadáveres, rotos, eviscerados o empalados en las patas de mesas y sillas, en los mismos tubos para el baile.
    —Ora sí la jodiste —dijo. Y no se equivocaba. Entre más tambaleaba en su avance por el caos, más confirmaba cómo se había encargado, con sus propias manitas (¿y quién, a estas alturas podía descartar los pseudópodos?) de irse cerrando todas y cada una de las salidas posibles.
    Bien a bien desconocía la velocidad de actuación de su vigente ser. Para un hombre normal aquello hubiera sido imposible. Un grupo de sicarios tal vez gastaría algo más allá de los veinte minutos en completar todos los detalles que colmaban cada espacio, cada pista. En cada una, la masacre adquiría una especial configuración.
    Y todas le resultaban familiares.
    O casi. Se detuvo en el lugar donde viera desplegarse el strip tease de una coreana a ritmo pop de su original nación. Algo ahí no checaba; una fantasía realizada, una instalación ajena a sus deseos o con pincelazos de ellos pero enteras áreas desconocidas.
    Era como si su mente se estuviera desdoblando.
    Incorporó una de las sillas y se detuvo a observar más de cerca. Sus cuencas oculares estaban rellenas con los lentes de dos cámaras de seguridad. Los pezones habían sido removidos y colocados como tornillos de Frankenstein bajo las orejas, en el cuello. Los senos terminaban su cumbre con los globos oculares incrustados en las heridas de las aureolas.
    El rigor mortis permitía que las manos cercenadas elevaran los senos. En sus muñecas, con grapas industriales, se habían adherido un par de pies ligeramente más morenos.
    La postura del cuerpo, de manera evidente, remarcada con la sangre, configuraba un kanji, cuyo significado desconocía.
    —Mierda —exclamó, como única salida catártica posible.
    A lo lejos ya se escuchaban las sirenas policiacas, pero ni aun eso fue capaz de detener el flujo de sus recuerdos.
    A veces basta el más mínimo asidero para accesar a una memoria total...

* * *

En órbita. Ese era su primordial, su último recuerdo. Estar en órbita.
    Remembranza rompecabezas. Un pedazo aquí, otro allá. Como si se hubiera puesto una guarapeta en plena caminata espacial.
    Pero no. Se suponía que su misión era el reemplazo de un panel solar. Y el chequeo del funcionamiento errático de la válvula de desperdicios no reciclables.
    De hecho acceder a esas imágenes fue revivir el éxtais de flotar. La entera carga emocional de ese instante.
    Éxtasis. Renuente refocalización de sentidos en una tarea mecánica. Perder el panorama soberbio de la Tierra allá abajo, para hundirse en el estrecho pasaje de descarga.
    —Abre la compuerta. Prueba —pidió por el intercomunicador—, Burton, trata otra vez.
    Luces que parpadean. Diodos en falso contacto. Cortocicuitar para reestablecer el curso de la energía. Reiluminación de los diodos para, al final, descubrir el vómito de aquel ducto. Porquerías expelidas contra su escafandra. Si hubiera sido un poquito más perverso, si su relación con la defecación no fuera tan simple y primitiva, quizás se hubiera sentido reconfortado.
    Pero se arrojó hacia atrás, como si aquella emisión pudiera infectarlo de manera terminal.
    Y eso fue determinante, los desechos adquirieron rotación, se movieron, se expandieron en espiral.
    —Ya funciona, Leo, la compuerta ya funciona —se alegró Burton detrás del micrófono, allá, en el confortable, seguro interior de la Estación Espacial Internacional.
    Él, Leo, Leonardo Baltierra, en ese justo instante se descubrió a la deriva, lejos de la estructura, de la misma mochila propulsora que se quitara para acceder al ducto a reparar.
    —Mierda —masculló y, como si la comprensión fuera una condición previa, identificó en la espiral de expansión, la ruta ineludible de un condón contra su placa visual—. Marranos —gritó, abriendo la comunicación con la estación—, son un atajo de cerdos asquerosos —ni una mujer a bordo y la materia interna y externa al látex contaban lo necesario para sacar las cuentas precisas—. Son una mierda...
    El látex se vació contra el cristal. Su inercia fue trazando estelas de materia fecal. El asco era tal que hasta ese instante Leo descubrió, con el tirón del lastre, que aún estaba atado a su mochila propulsora por la correa de seguridad. Dejó sus tabúes atrás y se centró en remolcar su medio de avance extravehicular. El tiempo sería fundamental en la operación de reacoplamiento.
    Y ahí, a punto de alcanzar la mochila, los recuerdos acababan.
    O casi. Reanalizar las últimas escenas era peculiar. Estaba entrando en el cinturón de la basurósfera astronáutica, justo en el instante en que un cuerpo inmenso, eclipsaba al sol y proyectaba sobre el costado de la estación la sombra moluscoloide de algo que ya no alcanzara a mirar.

* * *

Los reflectores lo sacaron de su viaje interior.
    Las sirenas aullaban con apremio, con exceso decibélico., en una revuelta, en un asedio parecido al de un enjambre de abejas africanas.
    Leonardo sacudió la cabeza y tapó sus oídos. Abrió los ojos. Y luego un tercero. Pudo sentir otra vez las manos del ayudante de Santa mientras obligaba a los párpados de su tercer ojo a separarse.
    Las cosas estaban ahí. Y no, y sí, como en esa doble consciencia, en ese estado segundo que conocen los adictos al THC. Miró a la coreana. No supo reinterpretar el kanji, pero su tercer ojo parecía captar una suerte de directrices que apenas era capaz de dilucidar, que apelaban a algo más dentro de él. Y la frase, algo más, no era un mero eufemismo.
    Algo entendía esos rasgos y, a él, sólo llegaban migajas de percepción; pero llegaban de tal manera que le resultaba imposible eludirlo. Algo a nivel instintivo que lo hacía moverse.
    Se impuso, quiso prestar batalla y los signos de un inminente desmayo se hicieron perceptibles. Se dejó ir, se dejó conducir. Y esta vez tenía los tres ojos bien, muy bien abiertos.

* * *

La masacre quedaba atrás. También en sus ropas, pero no podía sino complacerse en ese dificultoso respirar de la fatiga física extrema.
    Había sobrevivido al enfrentamiento. Atrás quedaban columnas de humo y fuego que contaban de otra manera la historia.
    La contaban como debía ser contada, ahora lo entendía.
    Sólo ahora, cuando sus mutilados tentáculos chorreaban una mezcla de sangre roja y verde, un licor tan apestoso que mantenía al margen cualquier arriesgado depredador, por insecto o minúsculo que fuera.
    Suya era la consciencia. Ahora sí.
    Suya era la mirada tripartita que lo conducía sin más dudas a un destino.
    Si hubiera conservado su libertad, su ignorancia, quizá habría gritado su júbilo.
    Leo, Leonardo Baltierra, aún vestido con su traje suborbital manchado de sangre, repreto de orines y heces fecales ajenas, en realidad sólo lloraba con ese especial y pírrico júbilo del superviviente mientras se dejaba conducir a ese faro que ya presentía, prefiguraba, en su completa extensión, su pluralidad y abyecta naturaleza.

* * *

El mirar con su tercer ojo lo hizo recordar más de sus cuitas orbitales.
    Ya de niño sintió cómo los vellos de su nuca llegaron a erizarse ante la presencia del Maligno. Sacerdotes y familiares, lo convencieron de que su reacción era, en pocas palabras, un resabio del miedo animal al enfrentar situaciones límites.
    De nada sirvió explicar que nada crítico le sucedía en aquellos, en otros instantes.
    De nada... Excepto ahora. Excepto ese instante en que Leo ya resultaba útil para la inseminación. Esas eran las palabras del dueño del tercer ojo... o de su plena locura. Esa que lo arrasara. Lo domara y retorciera con la sola visión de las sombras tentaculares.
    Mientras remolcaba los últimos centímetros su mochila, Leonardo Baltierra, sintió cómo cada una de las sombras se introducía en su ser hasta unificarse. Hasta hacerse uno con él.
    Ahora que ha concertado la paz, puede ver lo que ahí sucedió: otra parte del ser multipartita se adhirió a los restos del semen y, con esa tenue esencia física, consiguió introducirse al tubo de desechos.
    Tiempo muerto. Hubo uno. Grande, enorme, mientras las primeras trifulcas tomaban un curso. Luego el ser dentro de él, reclamó movimiento. Al límite de lo operativo lo condujo de vuelta a la estación, a la entrada de emergencia de esa cápsula soviética. Y al precipitado descenso, apenas a dos kilómetros del table dance donde al fin Leo despertara.
    Leo avanza. Por esa senda polvosa, sigue marchando.
    En su corazón quedan heridas profundas, contradictorias. Alcanzar el cielo sólo para descubrirse en el infierno...
    —Malditas paradojas —masculla y no detiene sus pasos.

* * *

Sus vástagos lo van rodeando, cada vez en mayor número. Hay un grupo de diez que se turnan para lamer sus heridas. Literalmente...
    Sus vástagos. El concepto es claro, la imagen, la sensación quiere cortocircuitarlo todo...
    Entonces recuerda otra parte. La más compleja. La más terrible.
    Leonardo Baltierra, de profesión astronauta, de especialidad en equilibrios energéticos, abrió la puerta del table dance, del masacradero, a los reflectores policiacos. Así, sin más, sin miedos, o con todos los miedos maniatados, secuestrados bajo su epidermis.
    El acto tienen un nombre en la versión televisiva de lo policiaco norteamericano: "death by cop", o suicidio por policía, para ser más precisos. Eso buscaba Leo. Eso fue lo único que no encontró.
    Alguien atrás, bajo él, necesitaba su vida, más que él mismo.

* * *

Lo primero que alcanza a distinguir es el enorme surco que hiciera su cápsula. Por algún error menor, el paracaídas sigue anclado a la cápsula y ha arrastrado a ésta por más de tres kilómetros.
    Poco a poco sus vástagos se han dispersado en detenida revisión del camino, de los fragmentos que ahí quedaran.
    Vástagos es una palabra que ya no lo complace. Su engendro, su progenie, su prole, sí, eso suena mejor, piensa, mientras siente a la única reprersentante activa, acompañante, pisarle los talones.
    Su mente tiene un programa. Corta las cuerdas del paracaídas, gira la cápsula, hasta conseguir ingreso a ella.
    En el interior descubre sus propias huellas; reconoce su órbita de descenso, la recrea en su mente, hasta tenerla toda. Tanto para tan poco... Revisa los múltiples mensajes de la estación espacial. Su calidad de alerta. Las declaraciones de órbita perdida y el gps constante de su caída libre... No necesita corroborar, revisar vía intercomunicador, la razón de aquella entrada en atmósfera, ni la falta de prioridad en su recuperación. Los sentidos están centrados en la Estación Espacial. En lo que de ella quede...
    —Serán como yo... Como nosotros... —y en ese instante se percata de la silueta. De su mirar.
    —Mis hermanas están llegando —advierte su engendrada, ese retoño que cada vez ha adquirido una mejor conformación.
    Evolución, la palabra ronda en sus neuronas, se reproduce, regenera, hasta retocarlo todo. De la imitación de las primeras víctimas, de las mujeres caídas, pasando por sus deseos y los rechazos de la policía en el gran enfrentamiento, su progenie ha tomado detalladas notas y ahora conforma una sola configuración que es la suma de todas y cada una de las peticiones que, consciente o inconscientemente, hicieran él y todos los caídos.
    —Soy tu hija y también tu hermana y hasta, en parte, tu madre. Quiero que cierres tus parámetros de lo debido. Necesito que vivas y lo que mis hermanas han hecho no es suficiente.
    Se ríe. De forma sarcástica pero genuina, ríe.
    Está con ella. Está sin ella. Y, lo sabe, al final estará sólo. Menos sólo.
    Ella lo besa. Su saliva vuelve a cauterizar, y hasta desaparece la mayor parte de los muñones de sus tentáculos. De los ocho, queda uno.
    Y recuerda: el infierno de dolor mientras cada uno de ellos detenía balas, mientras cada amputación se esforzó en granjearle supervivencia. Ahora cada milímetro superviviente parece sumarse a la longitud y espesor del único que ya le crece en el bajo vientre, justo sobre su miembro.
    Ella vuelve a aplicar la saliva curativa, transformante. Lo toca en el tercer ojo. Y dice:
    —Prueba ahora.
    La guía lo conduce. Se cierra la apertura en su frente. El tentáculo se une a la materia de su pene. Lo recubre. Lo remodela.
    —Ya —dice.
    —Ahora debes esperar. Tu labor ya no es prioritaria, es de reserva. Ahora nosotras somos las diseminadoras —atora los cinturones de seguridad y gira la cápsula.
    Puede ver a toda su progenie.
    Son más de las que logró contar. Todas idénticas. Clonadas en rasgos, figura... en absoluta belleza rubia.
    Suman más de cincuenta. Algunas portan traje, otras uniforme policiaco, las menos vienen desnudas y en sus entrepiernas se agitan diminutos tentáculos.
    —Nos volverás a ver —dice la que lo cuidara. No sé cuándo, pero pronto.
    Leo, Leonardo Baltierra aún mira cómo su más cercana retrocede. Goza su desnudez, sus formas, sus curvas abundantes, perfectas. El sueño húmedo de todo adolescente, de la mayoría de los varones conectados a los medios masivos de comunicación global.
    —Exacto —dice ella, y vuelve a dar otro paso en retroceso. Un amplio haz luminoso cae sobre las congregadas. Se incrementa, lumínicamente, hasta casi desaparecerlas del espectro visible—, somos el siguiente paso de este perfeccionamiento. Gracias por colaborar en la invasión.
    El tubo de luz destella, una vez más, cegadoramente.
    Luego, sólo la noche y el descampado.

* * *

Siete horas después lo rescatan.
    Si no existieran las esposas. Si no le hubieran enseñado su traje lleno de sangre, dudaría de lo que ha experimentado.
    Un mes después entiende. Y entiende muy bien.
    Ya no teme. En el sanatorio, todos los dementes tardan apenas segundos en enterarse de aquello que los especialistas tardarán más de un mes en ubicar.
    De vez en cuando sueña a su progenie.
    En más de una ocasión la desea, toda, entera.
    Es en esos angustiosos instantes, de mayor soledad, es cuando el recuerdo de su primera y única violación multiudinaria, en aquel table dance, llega entera a sus neuronas. A su líbido toda.
    Y gime y se retuerce y amanece sobre una cama repleta de semen que, una y otra vez, los custodios se empeñan en entender, en descubrir, a base de maltratos, falsos culpables, sin apenas aproximarse a la verdad, sin apenas conseguir otra cosa que la frustración. Y, en contadas ocasiones, el descanso urgente que lleva al olvido... Ese, tan necesario para la invasión.

Puertas fuera de rango

©2011, Ana Delia Carrillo

—Cuénteme de sus sueños.
    Se reclinó en su sillón de piel, cruzando una pierna sobre la otra, los brazos descansando en el pronunciado abdomen. Sus ojos me miraban fijamente, esperando una respuesta.
    —¿Sueños? No tengo, doctor. Yo no sueño nunca.
    —Eso es imposible —dijo, contundente –siempre soñamos, que no se acuerde de ellos es muy diferente.
    Para mí no había diferencia, es decir, si no me acordaba era como si no soñara, fin de la discusión.
    —¿Y por qué cree que no se acuerda de sus sueños? ¿Qué siente?
    ¿Qué siento? Nada. ¿Qué iba a sentir por no tener sueños? ¿Qué clase de doctor era este? El título de una universidad privada, prestigiosa, colgado en la pared, decía Psiquiatra, a mí me importaba un carajo. No le veía el caso. Yo no necesitaba un psiquiatra, necesitaba regresar a mi casa y seguir con mis cosas; necesitaba que me dejaran en paz.
    —¿Qué pasa, no tiene una respuesta? Está bien, dígame entonces, ¿qué hace durante el día?  Platíqueme de su rutina diaria.
    Esto era una pérdida de tiempo. Pensé en Guillermo sentado en la salita de espera, con su cara de angustia, y suspiré, tratando de evitar la exasperación. A últimas fechas Guillermo se preocupaba por todo. A veces lo sorprendía mirándome de reojo, tratando de ocultar su desconfianza, su temor. En todo caso, quien tenía comportamientos extraños era él, quien debería estar sentado frente al psiquiatra, respondiendo preguntas estúpidas, era él, no yo. Pero yo había accedido a la consulta, más por quitármelo de encima que otra cosa, y ahora lo único que me interesaba era terminar con esto de una buena vez y regresar a casa.
    Le conté al doctor mis actividades. Lo llevé de la mano por cada una de las tareas que realizo cada día, detallada, meticulosamente. De cuando en cuando asentía y soltaba un ajá o un oh de sorpresa, y apuntaba en su libreta. El sonido de mi voz, monótono, llegaba hasta mis oídos como en sordina, como si alguien más estuviera hablando y yo lo escuchara a través de una pared. Cuando terminé, el doctor me miró fijamente, esbozó una media sonrisa y me dijo que no me preocupara, que todo estaba bien. Se disculpó, pidiéndome que lo esperara, y salió del consultorio.
    En cuanto estuve sola me puse de pie, estiré los brazos arqueando levemente la espalda y de inmediato me invadió una sensación placentera de descanso y relajación. Me acerqué a la pared, donde estaban colgados el título y un sinfín de diplomas y reconocimientos. Sin duda el doctor era un experto, pero eso no lo hacía un hombre agradable. Su figura rechoncha me hacía pensar más bien en un carnicero. Siempre había imaginado que los psiquiatras serían altos, delgados, con gafas y barbas, algo así como Sigmund Freud. El hombrecillo de vientre redondo y manos pequeñas, como de sapo, que me había estado interrogando, no sólo me repelía físicamente; su actitud, su trato, me disgustaban sobremanera. Su voz sonaba impostada, falsa, y su mirada condescendiente, y un tanto incrédula, me hacía sentir como un bicho raro.
    La puerta se abrió para dar paso al doctor y a Guillermo, y luego a su enfermera cargando una charolita metálica con un vaso de agua y un par de pastillas azules, que colocó sobre el escritorio. Preguntó si su presencia sería necesaria, y al obtener una respuesta negativa, salió, cerrando la puerta tras de sí. Me senté junto a Guillermo, tomándolo de la mano, a la espera del diagnóstico.
    —No le encuentro nada malo, si acaso sólo un tanto abrumada por el exceso de trabajo. Lo único que necesita es descanso. Le voy a dar algo para ayudarla a relajarse. Quiero que se tome estas pastillitas, son tranquilizantes. La harán dormir como un bebé y mañana se sentirá como nueva. Todo estará bien.
    Yo no estaba cansada, ni abrumada, ni nada por el estilo, ni necesitaba sentirme como nueva, sin embargo, sabía que el doctor no me dejaría salir de ahí sin tomar las dichosas pastillas y, pensándolo bien, dormir como un bebé sonaba maravillosamente y no me haría daño, así que, sonriendo resignadamente, las puse en mi boca y me las pasé con un trago de agua.

Lo primero que sentí fue una punzada intensa, filosa, en la base de la cabeza, justo encima de la nuca, que se fue extendiendo por la coronilla hasta las sienes. Traté de abrir los ojos pero la luminosidad que se abría paso sólo acrecentó el dolor; era casi intolerable y parecía que en cualquier momento mi cabeza  estallaría como una calabaza dentro de un microondas. Desistí. Intenté llevarme una mano a las sienes para aminorar la pulsación pero fue inútil; algo detenía mis brazos. Quise mover las piernas y el resultado fue el mismo. Haciendo un esfuerzo mayúsculo, entreabrí los ojos. No pude distinguir nada, sólo esa luz potente que lo invadía todo. Después de unos segundos me fui acostumbrando al brillo. La cabeza me pulsaba al ritmo de los latidos del corazón, que poco a poco se iba normalizando. Ahora podía ver sombras, algo que parecía un cuadrado y que luego descubrí era una ventana. Muy despacio giré la cabeza hacia ambos lados. Estaba acostada, los brazos descansando a lo largo del tronco, y a la orilla de la cama, un barandal. Hice el intento de moverlos de nuevo y fue cuando me percaté de que estaba amarrada a él, inmovilizada por muñequeras de cuero. Tenía conectada una vía intravenosa al brazo derecho y algo pegado a mi cara, un tubo de plástico detenido por tela adhesiva que luego supe era una sonda nasogástrica. El dolor apenas me dejaba pensar, a pesar de que mi cerebro iba a mil por hora, tratando de entender lo que sucedía.
    Se abrió una puerta, fuera de mi rango de visión. Una silueta fue tomando forma a medida que se acercaba a mí. La enfermera checó la vía intravenosa, ajustó el goteo, y sólo cuando volteó a verme se dio cuenta de que estaba despierta.
    —¡Vaya! Por fin de regreso. Este último episodio sí que estuvo largo, ¿verdad? –dijo, con una sonrisa que pretendía consolarme.
    ¿De qué diablos estaba hablando? ¿Episodio? Traté de preguntarle pero en lugar de palabras, la garganta sólo emitió una especie de gruñido apagado.
    —No puede hablar, tiene una sonda conectada de su nariz al estómago. ¿Qué pasa, otra vez no recuerda nada? –preguntó, compasiva–. No se preocupe, el doctor vendrá en cuanto le avise que ha despertado –dijo, tratando de tranquilizarme, mientras insertaba una jeringa con un líquido amarillento en la cánula del suero—. Si el doctor así lo indica, le quitaremos esto –dijo, señalando el tubo plástico pegado a mi mejilla. Relájese, todo estará bien.
    Todo estará bien… todo estará bien… La última vez que escuché esa frase había sido en el consultorio del doctor, y obviamente no estaba bien, ¿o estar conectada a un montón de tubos, amarrada a una cama de hospital, sin saber lo que pasaba, era estar bien? La miré suplicante, pidiendo una explicación. Ella sólo sonrió, dándome unas palmaditas en la cabeza, y se alejó hasta desaparecer de mi visión periférica, luego, el sonido de una puerta cerrándose; estaba sola de nuevo. Sentí los párpados cada vez más pesados y, casi sin darme cuenta, caí en un sopor extraño que me envolvió hasta perder el sentido.

—Amelia, despierta… Amelia, necesito que despiertes, ¿me oyes? ¿Amelia?
    La voz llegaba lejana, casi ininteligible, pero insistente. Hice un esfuerzo por entender lo que decía, lo que me pedía. Despierta… despierta… Abrí los ojos para encontrar la cara rechoncha del doctor mirándome fijamente.
    —Eso está mejor, así, poco a poco. A ver, abre un poco más los ojos –y el haz de luz de su lamparita me cegaba momentáneamente. –Muy bien, las pupilas responden al estímulo –dijo, dirigiéndose a la enfermera que lo acompañaba, la misma que había estado conmigo anteriormente.
    —¿Vamos a retirar la sonda, doctor? –preguntó la enfermera.
    —Sí, Violeta, páseme unos guantes y sostenga los hombros de Amelia, por favor –le indicó, con voz firme–. Necesito que respires hondo y, cuando te diga, exhala fuerte; vamos a quitarte este tubito, ¿de acuerdo? –dijo, esta vez dirigiéndose a mí.
    Parpadeé, asintiendo. Inspiré, y a la orden del doctor expulsé el aire. De inmediato sentí que me sofocaba, mientras el doctor jalaba el tubo de plástico hasta extraerlo por completo. Me dio un ataque de tos, que la enfermera controló dándome un poco de agua.
    —No intentes hablar ahora –me dijo el doctor, al ver que mis labios se movían, aunque la garganta no emitiera sonido alguno. –La sonda nasogástrica ha estado conectada varios días conectada y tu garganta está algo lastimada, es preferible que la dejes descansar. Hablaremos después, cuando estés más recuperada.
    Le hizo una seña a la enfermera que, casi automáticamente, tomó una jeringa con el líquido amarillento y volvió a inyectarlo a mi suero, hundiéndome de nuevo en ese sopor cálido y abrumador.

Cuando desperté, el dolor de cabeza había desaparecido, al igual que la bruma en mi cerebro y las ataduras a la barandilla. Pensaba con claridad y tenía un montón de preguntas para el doctor. Necesitaba saber qué había ocurrido. Mi lógica indicaba un accidente, tal vez por una mala reacción a los tranquilizantes. Algún golpe en la cabeza, quizás me había caído de las escaleras, tal vez, incluso, un percance automovilístico. En algún lado había escuchado que después de un traumatismo craneoencefálico se perdía la memoria inmediata al accidente. De seguro por eso no recordaba nada de lo ocurrido. Mi último recuerdo era el momento en que me había tomado los tranquilizantes en el consultorio del doctor.
    La enfermera –el doctor la había llamado Violeta, de eso sí me acordaba—entró a la habitación.
    —¡Buenos días, Amelia! Veo que tiene mejor semblante –dijo, alegre. –Eso está muy bien, al doctor le dará mucho gusto saber que se recupera favorablemente.
    —Buenos… días… —contesté, con una voz ronca, apagada.  –Violeta, ¿verdad? ¿Puedo llamarla así?
    —Por supuesto, Amelia, puede llamarme así. Pero no se esfuerce demasiado en hablar. Guarde su energía –y su voz— para cuando venga el doctor. Seguro tienen mucho de qué hablar.
    Quería preguntarle sobre lo que había dicho antes, sobre el “episodio”, como ella lo llamó, pero siguiendo sus instrucciones, guardé silencio. Tenía razón, eran preguntas para el doctor y, dada mi situación actual, no debía abusar de mis fuerzas.
    —Al rato le traerán el desayuno, dieta líquida, me temo, en lo que su estómago se acostumbra al alimento. Y si lo tolera sin problemas veremos la posibilidad de cambiarla a dieta blanda para la comida, ¿de acuerdo?
    La sola mención de la comida me abrió el apetito. No sabía cuántos días había sido alimentada a través del suero y de la sonda nasogástrica; lo que sí sabía es que debía de poner todo de mi parte para salir de ese lugar lo más pronto posible. Irme a mi casa. Y fue cuando me di cuenta de que no sabía nada de Guillermo. Se me hizo un nudo en el estómago. ¿Por qué no estaba a mi lado? ¿Y si habíamos tenido un accidente automovilístico y él había muerto? ¿Por qué nadie lo había mencionado?
    —Violeta, sólo una pregunta… ¿Dónde está mi marido? ¿Guillermo está bien? –cuestioné, temiendo la respuesta.
    La expresión de la enfermera cambió por completo. Los músculos de su rostro se tensaron y la sonrisa se transformó en un rictus áspero, duro. Guardó silencio. Era como una confirmación a mis temores. Guillermo estaba muerto y nadie quería decirme nada para no entorpecer mi recuperación.
    —Violeta, por favor dígame qué le pasó a mi marido. ¿Dónde está Guillermo? ¿Qué me está ocultando?
    —No se altere –me dijo muy seria. –Voy por el doctor, él contestará todas sus preguntas –y salió de mi cuarto apresuradamente. Me quedé ahí, en esa cama, sintiendo cómo el nudo en mi estómago crecía vorazmente, oprimiendo el corazón, que ya latía con una rapidez inusitada, golpeándome el pecho, la garganta, la cabeza…

—¡Usted está loco! Le estoy preguntando sobre Guillermo, mi marido. No me diga que no lo conoce, doctor. Él me acompañó a su consultorio, él fue quien pidió la cita, quien me convenció de ir a verlo –grité, la desesperación y el miedo en cada una de mis palabras.
    —No, Amelia, no dije que no lo conociera, dije que no existe. Guillermo no existe. Recuerda por qué estás aquí, por favor. Por qué has estado en este hospital durante tanto tiempo.
    La cabeza me daba vueltas, estaba mareada y a punto de vomitar. Esto era una pesadilla. Lo único que recordaba era a Guillermo junto a mí, en esos sillones de piel del consultorio, sonriendo mientras yo me tomaba las pastillas. ¿Qué pretendía el doctor con su afirmación de que Guillermo no existía? Me sentía aturdida, como atrapada en un tornado, mientras las imágenes de mi marido daban vueltas ante mí. La boda, Guillermo vestido de frac, el padre dando la bendición al final de la misa… Mi casa, yo, haciendo los quehaceres diarios, lavando las paredes de la cocina, acomodando las compras del súper en los estantes, las etiquetas perfectamente alineadas; cambiando las sábanas de las camas, doblando cada esquina en un triángulo perfecto y luego metiendo el sobrante entre el colchón y el box; arreglando los jarrones con flores frescas, cada tallo cortado en un ángulo de 60 grados, a la misma distancia de la flor, para que absorbieran la mayor cantidad de agua… Mi vida entera en ese remolino que era mi cabeza, girando, girando, hasta que la oscuridad del vórtice se apoderó de mí y ya no supe más.

La voz de Violeta llega claramente hasta mis oídos.
    —…tenía tantas esperanzas de que ahora sí se recuperara. Después del último episodio realmente creí que todo estaría bien. Los ajustes a la medicina parecían los adecuados, ¿qué pasó?
    —Su fantasía se apoderó del cerebro por completo. Amelia es incapaz de diferenciar entre alucinación y realidad –contesta el doctor, con voz impostada.
    Ninguno se ha dado cuenta de que estoy despierta. No hago nada que me delate. Escucho atentamente.
    —Sé que no tengo mucho tiempo trabajando en el caso, pero le he tomado cariño, ¿sabe? Me da mucha lástima verla así –y realmente suena sincera.
    —Imagínese yo, que llevo tratándola más de diez años. Hemos intentado todo: terapia convencional, medicamentos, hipnosis, incluso ha tenido varias intervenciones quirúrgicas y, luego, están las terapias alternativas, las más radicales… nada ha funcionado. Su fantasía termina por imponerse. Me temo que no hay remedio.
    Un acceso de tos me delata. Violeta se acerca a revisar mis signos vitales. Yo quiero saber más, entender qué diablos está ocurriendo.
    —Doctor, no se vaya. Necesito que me explique qué pasa conmigo. Por favor, dígame cómo llegué aquí.
    Fueron tus sueños –dice calmadamente. –La primera vez que hablamos tenías catorce años. Tu mamá te trajo a mi consultorio porque tenías sueños recurrentes. Desde chica te soñabas adulta, casada con Guillermo, encargándote de tu casa. No eran sueños extraños para una mujercita, es lo que se espera de ustedes, ¿me entiendes?  Pero tú, no sólo cada noche soñabas lo mismo, lo que ya de por sí era extraño, sino que tu sueño iba creciendo, haciéndose más complejo. Tu mamá se preocupó cuando ya no hablabas de otra cosa que tu vida al lado de Guillermo, de tu casa. Describías cada detalle como si en verdad estuvieras viviéndolo. Fue cuando te conocí. Intentamos encontrar el detonante de tus sueños, tuvimos interminables sesiones de terapia, pero en lugar de avanzar, retrocedíamos. Llegó el momento en el que te resistías a aceptar que sólo era un sueño, estabas convencida de que era real. Fue cuando decidimos internarte, tratar con otras alternativas tu condición. Pero hasta ahora ha sido inútil. Tienes periodos en los que te pierdes. Es como si te sumieras en un sopor y tu cerebro se nublara. Dejas de tener contacto conmigo, con las enfermeras, con los demás pacientes. Dejas de comer, viviendo en tu mundo imaginario. Es cuando tenemos que alimentarte por medio de la sonda, mantenerte hidratada con la vía intravenosa, hasta que despiertas. Siempre desconcertada, sin saber dónde estás. Y siempre, eventualmente, preguntando por Guillermo. Y cuando te enfrentas a la realidad, te rehúsas a aceptarla. Entonces volvemos a ajustar el medicamento, a buscar respuestas, a intentar traerte de regreso de ese mundo de sueño en donde vives. Lo que más me preocupa es que estos periodos de desconexión son cada vez más largos. Me temo que en algún momento no regreses más.
    No entiendo nada. Las palabras del doctor no tienen ningún sentido, sólo palabras inconexas, como dichas al azar. ¿Un sueño? Absurdo. Necesito salir de aquí, irme a casa, donde estoy segura, donde están mis cosas: mis flores, mis cuadros, mi vida entera. Sus palabras se hacen más lejanas, como un murmullo, un zumbido que va desapareciendo mientras una bruma espesa nubla mi vista. Siento los párpados pesados, arenosos y sólo quiero irme de aquí.

Guillermo insistió en que viéramos al doctor y no me quedó otra más que aceptar. Lo bueno es que su consultorio está cerca de casa, no me gusta mucho salir. Nos recibió una enfermera muy amable y casi no tuvimos que esperar para entrar a consulta.
    El doctor se puso de pie, detrás de su escritorio, para saludarnos. Me estrechó la mano con firmeza. Es rechoncho, y lo primero que se me vino a la mente es que tiene manos cortas y gruesas, como de sapo. No me agradó mucho el doctor, pero ya estábamos ahí, así que no había más que hacer. Eso sí, su cara me pareció muy familiar pero por más que me esforcé no pude identificar de dónde. Es extraño, casi no salgo de casa, no conozco a mucha gente… tal vez de la tele.
    Comenzamos con las preguntas de rutina: nombre, edad, padecimientos de la infancia y luego, amablemente le pidió a Guillermo que saliera.
    —Su esposo nos esperará afuera, necesito que usted se sienta en entera libertad de hablar, Amelia, ¿de acuerdo?
    —De acuerdo, doctor, usted dirá.
    —Cuénteme de sus sueños.
    —¿Sueños? No tengo, doctor. Yo no sueño nunca…

Otra editorial en la pared


©2011, La Langosta Espía
Dibujo de Daniela Carrillo Laris

2011, diez años desde que no descubriéramos el monolito en Ticho. Doce años desde que no estallara la basura radioactiva y mandara como arca espacial a la Luna y su estación Alpha a través del universo conocido y del apenas sospechado.
    Más terrible, en 1994 ocurren las acciones de Tiempo Marciano, Ubik en 1992. Que yo recuerde, sólo Los jugadores de Titán ocurre en 2095, pero yo no soy la experta
    Si Philip K. Dick viviera, el pasado 16 lo hubiéramos dejado sin felicitaciones en su cumpleaños número 83... Y sin regalo... Y sólo hasta ahora, en pleno 29 de diciembre le cantaríamos las mañanitas con buena parte del circuito Guadalupe-Reyes recorrido... Medio desentonados, con tres cuartos de estoque alcohólico adentro, pero felices... O eso creemos.
    Si siguiera viviendo quizá ni siquiera le hubiéramos puesto un altar en esta revista... ni en nuestros libreros...
    Hoy Philip K. Dick es ya un mito, una leyenda. Una suerte de semidios que, aunque estos langosteros quisieran, o quisiéramos criticar, no conseguiríamos hacerlo por el respeto tan especial que como autor nos merece, independientemente de todas esas teorías literarias que aseguran que la muerte del autor, como concepto, no hablo orita de Dick, ya llegó para sentar sus reales y hacer que nadie crea más en nadie más...
    Pero yo no soy filósofa ni las compongo en el aire... En esa condición fuimos arrojados a este salvaje mundo. Y aquí su voz sigue imperando.
    Y su ejemplo de morir en la línea, de seguir golpeando con estas palabras escritas el muro mutable, siempre cambiante de Internet.
    Más de uno nos ha dicho que ya tiremos el arpa porque este Insecto Literario de categoría Blogzinera nomás no acusa bastantes o suficientes visitas.
    Yo creo firmemente que nuestro sitio siempre rebota hacia zonas de distorsión magnética que bajan los números de nuestro contador... Pero eso es harina de otro costal...
    Estamos al borde de 2012. Al filo de otro año y queremos recibirlo con todo el optimismo que se merece este nuevo periodo con guarismo ciencia ficcionero, con nuevos ecos de apocalipsis para el final, pero, sobre todo, con la vida en el puño y queriendo avanzar.
    Empezaremos la entrega con la imágen de Daniela, inspirada en mi persona y con un total de tres trabajos  a los que se irán sumando nuevos.
    Sean bienvenidos otra vez a esta Langosta Posteada, estampada en Pixeles. Recíbanla, si les place, como un regalo de unos locos que siguen intentando dejar de ser sólo otro ladrillo en la pared y quieren compartir esa simple rebelión, esa negativa necia y abrupta y, a veces hasta artificial (créanme, uno se cansa de nadar contracorriente, si no creen, pregúntenle a cualquier salmón que pase por sus cuchillos), de permanecer en línea, produciendo para ustedes.
    Sólo disfruten, pues.

domingo 9 de octubre de 2011

Nada nuevo que contar

©1991, Gerardo Horacio Porcayo

    El color del cielo estaba levemente cambiado. Azul claro, despejado, distinto al de la ciudad. La playa se extendía en arena amarilla de una tibieza acogedora, exacta. Las palmeras se mecían a un solo ritmo... Era un lugar ideal.
    La figura surgió del mar: hombros anchos, estómago plano, un perfecto corte de cabello, una cara perfecta... Pero no era Víctor. Sandra lo comprendió repentinamente y algo en un rincón de su cerebro se retorció. Una alarma generalizada que hizo que todos y cada uno de los vellos de su nuca se erizaran. Levantó la vista como buscando una salida. Sólo encontró la nostalgia musical de las olas.
    —¡Qué diablos estás haciendo aquí! ¡Esto no es lo que necesitas! —se reprochó a sí misma, mientras veleros y cometas aprovechaban la capacidad liberadora de aquel mundo. Se sintió asfixiada, desprotegida en todo ese vacío de perfección. Se dejó caer sobre sus rodillas y con los puños cerrados empezó a golpear la arena.
    —Quiero salir de aquí —gritó Sandra. El hombre de complexión atlética, el hombre perfecto, se acercó, buscando consolarla—. Vete, no existes, no eres nada, quiero salir —chilló, rechazándolo. Ninguna caricia alcanzaría a las de Víctor.
    El hombre perfecto se quedó paralizado. Trece nanosegundos más tarde creía saber lo que ella necesitaba. Sandra soportó sus caricias, sus ganas de golpearlo. Aún a su pesar, comprendió que la única manera de salir de allí era agotar ese mundo, acabar su cometido. Temblando, se desgarró la ropa. Sus manos permanecieron sujetando la tela de manera tan rígida que las venas saltaban a todo lo largo de sus brazos.
    El hombre perfecto parecía desconcertado, no se suponía que ella actuara así.
    Sandra sintió el sudor recorriendo sus senos, adentrarse en su sexo. Era insoportable, no podía más. Las uñas se clavaron en las palmas de sus manos, añadiendo hilillos rojos a los transparentes que ya estaban allí.
    —Es que no vas a hacer nada, imbécil; no entiendes que quiero salir de aquí.
    El hombre perfecto sonrió estúpidamente. Sandra sintió que la bilis subía a su garganta como un eructo. Quiso vomitar. Nada, no había nada. Desesperada se arrojó violentamente contra el hombre perfecto, hundiéndolo a medias en la arena. De inmediato sintió la erección gigantesca que crecía contra su pierna izquierda; asqueada, lo condujo a su interior, lejana a todo éxtasis, sintiéndose ultrajada. Sus manos empezaron a golpear el rostro masculino. Sus uñas trazaron surcos en la piel inmaculada.
    El hombre perfecto respondió a la dosis (sadomasoquista a su entender) de violencia, retorciéndole el seno izquierdo.
    —¡Tú no, maldita sea! —gritó Sandra, sin parar de golpear aquella cara perfecta que no dejaba de mostrar muecas de éxtasis profundo—. Así no, maldita sea —aulló, sintiendo que aquella sonrisa de dientes perfectos iba perforando su alma, destrozándola, como aquel pene gigantesco destrozaba su vientre.
    —¡Así no! —volvió a gritar, mirando cómo todos sus intentos de destrucción sólo aumentaban el placer en aquel ser extraño y perfecto que la estaba poseyendo. En un impulso repentino, tomó un puño de arena y lo introdujo en su sexo. El dolor estuvo a punto de provocarle un desmayo.
    Sumamente cansada y herida, se dejó caer, se rindió. El hombre perfecto limpió con su lengua las profundidades vaginales, antes de reintentar la cópula.
    Sandra empezó a llorar en cuanto sintió cómo cedía la carne de los labios mayores. Apretó, utilizó sus músculos como nunca antes lo había hecho. Los labios menores no pudieron soportar el asedió del ariete del hombre perfecto.
    Aun contra su voluntad y todavía llorando, Sandra tuvo un orgasmo.
    La playa, el cielo, el hombre perfecto; todo se disolvió, dejándola abandonada a mitad de su cama, sintiendo los cables del deck del Sueño Eléctrico conectados a su cabeza, mirando a través de sus lágrimas el blanco tirol del techo.
    Tuvo deseos de arrancarse a tirones el cabello. Cada intento de olvidar a Víctor, de olvidar su partida, la dejaba aún más dañada, la hundía más en aquel pozo de dolor llamado depresión.
    Se quedó mirando el deck y finalmente comprendió.
    No había solución posible, nada nuevo que contar, nada nuevo bajo el sol de ningún mundo, por perfecto que éste fuera. El dolor seguiría acompañándola a todas partes.
    Extendió una mano hasta alcanzar su caja fuerte. La revisó y extrajo un software pirata que se había prometido nunca usar.
    Sin desconectarse, ejecutó el nuevo programa y accesó el Sueño Eléctrico.
    Esta vez no habría regreso posible...


El presente cuento es un capítulo del primer intento de novela de Porcayo. Su novela cero fue escrita de 1990 al 91 y del volumen de 175 páginas que fueran a parar a la basura, sólo las anteriores páginas se salvaron y sufrieron una previa reestructuración antes de entregarse como una ficción independiente, autónoma que en aquel tiempo no fuera publicada por nadie. Esa novela tenía el título de El sueño terminal, en claro homenaje a J.G. Ballard. El cuento mismo, me parece, es un homenaje a La playa terminal de Ballard.
La Langosta Espía

Para alcanzar el edén

©1991/2011, Eugenio Zigurat

    Todo lo tenía previsto, menos a ella. Se puso en el marco de la puerta y estiró los brazos afincándose. Su entrecejo decidido, sus músculos faciales repetían algunas de las más odiadas muecas, esas que al parecer sólo me había enseñado a mí.
    No lo pensé. La cosa salió automática. Supongo que fue el mohín desafiante, o el rastro de bilet corrido,  testigo de besos que no fueron destinados a mí, la cosa es que el siguiente movimiento fue meter el cañon de la python entre sus labios con el propósito de abrirle la boca y ejecutar aquello que tanto había soñado, aunque con otro instrumento.
    Victoria retrocedió y me tiró un manazo, desviándome la mira.
    —¿Cómo te atreves? Desgraciado, me rompiste el labio, ora sí... —y parecía que de pronto mi adorada se convertía en mi madre.
    Fue más de lo que aguanté. Volví a presionar con el cañón y ahora me llevé hasta un diente. Tomó mi puño como si fuera a arrancarlo. Yo sólo jalé del gatillo. Si puso alguna cara ya no alcancé a verla. Me salpicó de sangré y sus jirones de piel me volvieron a decir lo que me repetía hasta el cansancio cada día: es sólo un maldito pedazo de carne...
    Hasta ese momento oí los gritos de los demás. Ahora sí corrían, ahora sí, no dudaban.
    Mi capataz casi consiguió llegar al elevador, pero antes lo alcanzó mi bala. Fue reconfortante ver el grafitti de sus sesos ahí, mejorando los malditos cuadros musak, los espantosos paisajes sin personalidad.
    Justo entonces alguien puso un disco de éxitos románticos pop en inglés, en puro sax.
    Estuve a punto de vomitar, pero preferí descargar mi maleta llena de armas en la bahía de salto. Me colgué la escopeta al hombro y en la izquierda amartillé la recortada cuata arreglada como pistola. Me veía muy Mad Max. O al menos así me sentía. Llevaba mi traje de cuero... Si a la méndiga Vikinga no le hubiera salido tan bien el batearme, igual ese idiota plan se hubiera quedado nomás en las hojas de mi cuaderno.
    Pero no, tenía que ponerse... así, como se puso.
    Jalé el cable del control general. Lo único que quería era echar a perder todo. Seguir a la tercera expedición y darles matarili... y cambiar la historia. No tenía la más estúpida idea de a dónde se habían largado. Sólo presioné el botón de salto.
    Ojalá y los inventos nuevos fueran tan espectaculares como los viejos cohetes Saturno. Con la miniaturización, los transistores y hasta los chips y circuitos impresos, ya nada impresiona. De hecho, la estúpida bahía parecía un carrusel de caballitos, sin caballitos y con muchas luces.
    Todo empezó a dar vueltas y parecía ir bien, nomás que oí los gritos de las viejas y supe que el subcapataz, el marica, bi, que de seguro había besado a la Vikinga, estaba tratando de pararme ahí.
    Apunté al bulto y disparé con la cuata recortada.
    Hubo cristales rotos, un chapoteo de sangre, gritos de viejas y mucho aire... Luego como que se me acabó el aire y la vista y lo siguiente que supe es que un carro estaba frenando y que otro acababa de hacer pomada a una de las viejas gritonas.
    Los cristales seguían cayendo y también los cuerpos. Temía aparecer a mitad del Kremlim, de la Casa Blanca, la mentada de madre acabó de ubicarme. Seguía en mi país... y hasta en mi ciudad natal. Miré el Zócalo, la cafetería, pero no encontré McDonalds...
    Se suponía que los viajes no retrocedían tanto, que las reparaciones históricas eran discretas...
    Supe cual sería mi refugio y me puse a correr como loco en cuanto llegó el primer silbatazo. A un tránsito seguro lo segurían los tiras.
    Pasé frente a mi vieja cafetería y quise meterme en el restaurante. En su lugar seguía la vieja galería de videojuegos que me dejara quebrado en secu y en prepa. Me detuve apenas segundos y ahí me dí cuenta que el vórtice me seguía los pasos. Seguro había jodido algo de los sistemas con mi balazo, porque vidrios y pedazos de equipo seguían cayendo a mi alrededor.
    Apenas entré el olor familiar resultó como un abrazo. Sólo eso. Los chamacos jugaban, movían palancas y en la caja el viejo idiota que me sonreía cuando me entregaba las fichas, parecía estar durmiendo la siesta.
    Aventé la maleta junto a la primera fila de maquinitas, El trueno electrónico empezaba a ser apagado por el  silbido del vórtice. Cerré la puerta. Le pasé el seguro.
    Fue entonces cuando se dejaron caer los de seguridad. A lo mejor me notaron un poco antes, porque no llegaron a preguntar. Sentí el macanazo y una patada antes de conseguir sacar la .22 Magnum. Traía expansiva, pero no me acordaba. Estaba tan rabioso por el golpe que jalé el revolver y el gatillo.
    Más grafittis. Los jugadores empezaron a abandonar sus máquinas, algunos empezaron a gritar, pero el que arruinó todo fue el militar que quería detenerme y acabar todo de una vez.
    Empezó a soltarme leperadas como si su boca fuera una metralleta. Y de allí me salío lo sádico, le vacié los tres cartuchos que me quedaban vivos en sus piernas. Luego fui por mi maleta y saqué la 12 de bomba y no paré de tirar contra todo el que se moviera hasta que se me acabó el parque...
    Ahora que lo pienso, de muchas maneras estaba cumpliendo un sueño. Me recuerdo, mientras disparaba, gritar: querías emoción, querías sangre, aquí, aquí está...
    Hasta que ya nadie estuvo en pie...
    Lo malo de disparar con escopeta es que te llevas a todititos contigo y hasta a las máquinas...
    El vórtice no ha parado. Primero se encargó de traer los cadáveres de mis compañeros. Luego aparatos, computadoras. Pedazos de coches...
    En algún momento trajo a Vikky, a Victoria. ¿O deberé decir Victor-Victoria? ¿O deberé ahorrarme todo?
    Mi mundo es ya esta galería de videojuegos que cada vez parece expandirse más.
    El vórtice va trayendo cosas del futuro, del pasado. Y hasta mujeres. Todas muertas, como la Vikinga-vikingo.
    Creo que de todo lo que podría hacerme sentir mal, lo que más me duele es que me haya metido con su cadáver aún después de descubrir su condición.
    A veces, como desquite, utilizo a las mujeres que lentamente trae este tifón de tiempo... Nadie ha abierto la puerta. En una o dos ocasiones me he asomado por la ventana circular, la única que mira un poco hacia la calle. Pero no consigo ver nada. Ni siquiera niebla. Aveces me despierta una luz neón que llega de afuera y que cuando me incorporo ha desaparecido. En veces me pongo a revisar las tres laptops que mantengo encendidas. De vez en vez se conectan a una red futura. Pero nunca del mismo universo.
    Aquí no pasa el tiempo. Poco a poco he reunido una buena colección de cadáveres. Confieso que aún conservo a Vikky.
    Cada día se parece más su rostro a aquel que me hiciera soñar e iniciar todo esto. He aprendido tanto de cirugía y tan poco de todo lo otro.
    De tanto en tanto sueño que la patrulla de corrección histórica me alcanza. Y que el vórtice se para.
    Lo peor de todo es que sé que esa es una de las posibilidades más remotas.
    El último noticiario que capté era de 2084 y hablaba de un planeta deshabitado, de una esfera carcomida y muerta reemplazando a la Tierra.
    Como quisiera no haber empezado.
    Por otra parte, si he de ser sincero, jamás, en toda mi historia anterior, pensé en llegar a ser tan feliz.
    Tengo a las mujeres más bellas y calladas. Tengo los últimos gritos en consolas de videojuegos y los títulos más afamados.
    Cada vez que me siento sólo, el simulador de sociedades me hace volver a sentirme en paz.
    Una frase se me viene a la mente: Wish you were here...
    Es mentira. Cada vez menos, pienso en compartir este edén...

 
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