Porcayo gana el XXIX Concurso Literario Nacional de Cuento y Ensayo Magdalena Mondragón 2013

  • lunes, 21 de octubre de 2013
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  • La Lobita
  • ©2013, Ana Delia Carrillo  

    Ya se ha anunciado en El Siglo de Torreón y El Sol de La Laguna, pero no podíamos dejar de hacerlo aquí, desde su blogzine: nuestro director, Gerardo Horacio Porcayo, es el ganador del XXIX Concurso Literario Nacional de Cuento y Ensayo Magdalena Mondragón 2013, que organiza la Universidad Autónoma de Coahuila Unidad Torreón, con el ensayo titulado "De Ánima, de Juan García Ponce. Hacia una teoría alterna de lo fantástico".

    Porcayo es bien conocido por su trayectoria dentro de la ciencia ficción, el policiaco, y el terror, tanto en cuento como en novela, e incluso poesía, además de ser antologador y tener en su haber varias novelas experimentales, pero pocos saben que también le ha dedicado tiempo al ensayo académico, y es ahora éste quien le hace merecedor del premio ya mencionado.

    Esta Langosta, y en especial esta Lobita, no podrían sentirse más orgullosos de este nuevo logro, que se suma a los ya obtenidos a través de los años de su prolífica carrera literaria.

    ¡Enhorabuena, jefe! Nadie lo merece más que tú.
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    Haghenbeck gana el Premio "Bram Stoker"

  • sábado, 19 de octubre de 2013
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  • La Lobita
  • ©2013, Ana Delia Carrillo
    Haghenbeck en Ibero Puebla. Foto Langostera   
    Leyendo la sección cultural de La Jornada nos enteramos de que nuestro buen amigo F.G. Haghenbeck ha ganado el premio "Bram Stoker" por su novela El diablo me obligó. El premio, entregado desde 1987 por la Horror Writers Association (HWA), ha tenido entre sus ganadores a escritores de la talla de Ray Bradbury, Harlan Ellison, Neil Gaiman, Richard Matheson y Stephen King, entre otros. Paco se convierte en el primer escritor latinoamericano en obtener este galardón, que premia los logros extraordinarios  en las obras de horror y fantasía oscura.

    Esta Langosta se congratula con la noticia y desde estas páginas virtuales le enviamos un fuerte abrazo y nuestra admiración a F.G. Haghenbeck. ¡Enhorabuena, Paco, y que sigan los logros!

    P:D: Acá el link de la nota.

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    NEVERPOE

  • sábado, 12 de octubre de 2013
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  • La Langosta Se Ha Posteado
  • ©2013, José Luis Zárate

    Desesperado le disparó al cuervo sobre el busto de Palas Atenea pero ¿quién ha podido herir jamás a una sombra?

    El explorador africano sufría por la muerte de su amada y veía sobre un busto de Palas Atenea una infernal avestruz negra.

    El patito feo se transformó en un hermoso cuervo negro.

    En el crossover de "El Gato Negro" y "El Cuervo" no sobrevivió una de las estrellas.

    GUIÓN PARA MI WEB COMIC. Texto: Visto de cerca el cuervo no causa tanto miedo. Globo: Nevermore! Dibujo: un cuadro negro.

    NEVERMORE. Tal vez el saber que el cuervo se llamaba Bob hubiera relajado la atmósfera.

    Que el cuervo estuviera muerto no impidió que volara en las pesadillas.

    Se dice que Grip, el cuervo disecado, inspiró a Poe, a Dickens, a ese pobre hombre que cuenta cuervos negros durante el insomnio

    THE BLACK CAT. Cometió el terrible error de emparedar un gato de Schrödinger.

    - Miau - se escuchó dentro de la tumba de Edgar Allan Poe.

    John Allan le recriminaba: nunca serás nada, Edgar, te la pasas con pájaros en la cabeza.

    LA CAÍDA DE UN ÍDOLO. Ignorando los consejos de Poe, al cuervo le dio por recitar el Brindis del Bohemio.

    Los demás cuervos opinaban que el Edgar Allan Poe sobreactuaba.

    Naturalmente todos sabían que el cuervo no era ninguna blanca paloma.

    Adiestró un cuervo para que respondiera por él cada vez que hacían la misma maldita petición "¿Sr. Poe, leernos de nuevo su poema?"

    La estatua Palas Atenea practicaba el ventriloquismo.

    Después de conocer al cuervo y al gato nadie quiso ver el hámster de Edgar Allan Poe.

    Cría cuervos y te graznarán citas famosas.

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    El Gusano Conquistador

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  • La Langosta Se Ha Posteado

  • ©1838, Edgar Allan Poe
    ©2013, Gerardo Horacio Porcayo, por la traducción

    ¡Ea! ¡Es noche de gala
         Entre los últimos solitarios años! 
    Una parvada de ángeles, alados, ataviados
         En velos, y ahogados en lágrimas,
    Sentados en un teatro, para disfrutar
         Una obra de esperanzas y miedos,
    En tanto la orquesta con aliento irregular respira
         La música de las esferas. 

    Mimos, en la apariencia de Dios en las alturas,
         Murmuran y susurran por lo bajo,
    Y de aquí para allá vuelan....
         Meros títeres, ellos, vienen y van
    En puja de vastas e informes cosas
         Que cambian el escenario de aquí para allá,
    Expulsando desde sus alas de Cóndor
         Lo Invisible ¡Sí! 

    ¡Ese abigarrado drama!... ¡oh, de seguro,
         Jamás habrá de olvidarse! 
    Con su Fantasma perseguido para siempre,
         Por una muchedumbre que no lo iguala,
    A través de un círculo de eterno retorno
         Al mismo y singular punto,
    Y mucho de Locura y más de Pecado
         Y Horror son el alma de la trama. 

    Pero mira, en medio de la derrota mímica,
         ¡Una reptante forma intrusiona! 
    ¡Una roja-sanguínea cosa que serpentea fuera de
         La escénica soledad! 
    ¡Se retuerce!... ¡Se retuerce!... en mortales tormentos
         Los mimos se vuelven su alimento,
    Y los serafines sollozan ante larvarios colmillos
         En humanos cruores imbuidos.

    Apagadas... apagadas están las luces... ¡todas! 
         Y sobre cada estremecida forma,
    El telón, un fúnebre sudario,
         Cae con el ímpetu de una tormenta,
    Y los ángeles, todos pálidos y cenicientos,
         Sublevados, develados, afirman
    Que la obra es la tragedia, "Hombre",
         Y su héroe el Gusano Conquistador. 

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    Los hechos en el caso del señor Valdemar

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  • La Langosta Se Ha Posteado
  • ©1845, Edgar Allan Poe

    Por supuesto no pretenderé considerar como algo sorpresivo, el hecho de que el extraordinario caso del señor Valdemar haya provocado la controversia. Habría sido un milagro pero no fue así... especialmente bajo tales circunstancias. Pese al deseo de todas las partes concernientes, de ocultar el asunto al dominio público, al menos por el momento, o hasta que tuviéramos mejores oportunidades para su investigación... Pese a nuestros empeños por realizarlo... un mutilado o exagerado recuento se abrió camino en la sociedad, y llegó a ser la fuente de muchas y desagradables tergiversaciones, y, como es natural, de un gran problema de incredulidad.
         Es ahora necesario rendir informe de los hechos... tanto como yo puedo comprenderlos. Sucintamente son estos:
         Mi atención, en los últimos tres años, había sido de manera reiterada atraída por el tema del Mesmerismo; y, hace cosa de nueve meses se me ocurrió, muy de repente, que en la serie de experimentaciones realizadas, existía una notable y muy inexplicable omisión:... ninguna persona había sido hasta ahora mesmerizada in articulo mortis. Estaba por verse, primero, si, en tal condición, existía en el paciente alguna susceptibilidad a la influencia magnética; segundo, si, de haber existido, el efecto era disminuido o aumentado por esta condición; tercero, a qué punto, o por qué período de tiempo, los avances de la Muerte podrían ser detenidos por el proceso. Estaban otros puntos a comprobase, pero estos eran los que más excitaban mi curiosidad... el último en especial, por la inmensa importancia de la naturaleza de sus consecuencias.
         Mirando a mi alrededor en busca de un sujeto propicio en quien pudiera probar estos particulares, recordé a mi amigo, el señor Ernest Valdemar, el bien conocido recopilador de la "Bibliotheca Forensica", y autor (bajo el seudónimo de Issachar Marx) de las versiones Polacas de "Wallenstein" y "Gargantúa". El señor Valdemar, quien radicara sobre todo en Harlem, N.Y., desde el año de 1839, es (o era) notable en particular por la extrema esbeltez de su persona... sus extremidades inferiores en mucho se asemejaban a las de John Randolph; y, además, por la blancura de sus patillas, en violento contraste con la negrura de su pelo... lo último, en consecuencia, solía por lo general confundirse con una peluca. Su temperamento estaba marcado por el nerviosismo, y lo convertía en un buen sujeto para la experimentación mesmérica. En dos o tres ocasiones lo había dormido con poca dificultad, pero se decepcionó en otras circunstancias en las que su peculiar constitución me permitió preverlo con naturalidad. Su voluntad en ningún período estaba positiva, o completamente, bajo mi control, y con respecto a la clarividencia, no podía realizar con él nada confiable. Siempre atribuí mi fracaso en estos ámbitos a los desórdenes de su salud. En meses anteriores a mi relación con él, sus médicos lo habían declarado tuberculoso crónico. Y era su costumbre, en verdad, hablar con calma de su próxima disolución, como una cosa imposible de evitase o lamentarse.
         Cuando las ideas a que he aludido se me ocurrieron por vez primera, pareció por supuesto muy natural el pensar en el señor Valdemar. Conocía la firme filosofía del hombre demasiado bien como para advertir sus nulos escrúpulos; y no tenía ningún pariente en América a quien le interesara interferir. Le hablé francamente sobre el tema; y, para mi sorpresa, su interés pareció excitado sobremanera. Digo para mi sorpresa, porque, aunque siempre rindió su personal opinión de libertad hacia a mis experimentaciones, nunca antes dio muestra alguna de simpatía hacia lo que realizaba. Su enfermedad tenía características que admitían el cálculo exacto con respecto a la época de su término mortal; y al fin acordamos que enviaría por mí cerca de veinticuatro horas antes del período anunciado por sus médicos como el de su deceso.
         Ahora han pasado bastante más de siete meses desde recibiera, del señor Valdemar, la siguiente nota:

    MI ESTIMADO P...,
         Puede ahora venir. D... y F... están de acuerdo en que no puedo sostenerme más allá de mañana a la medianoche; y creo que han calculado muy aproximadamente el tiempo.
    VALDEMAR 

         Recibí esta nota una media hora después de ser escrita, y en quince minutos más estuve en la cámara del hombre agonizante. No lo había visto en diez días, y quedé pasmado por la horrorosa transformación que el breve intervalo creara en él. Su cara se revestía de un matiz plomizo; los ojos eran opacos en su totalidad; y su adelgazamiento tan extremo que la piel estaba rasgada por los huesos de la mejilla. Su expectoración era excesiva. El pulso apenas perceptible. Retenía, no obstante, de un modo muy notable, su poder mental y un cierto grado de fortaleza física. Habló con distinción... tomó algunas medicinas paliativas sin ayuda... y, cuando entré en la sala, estaba ocupado en escribir memorándums en un libro de bolsillo. Se recargó en la cama, sobre las almohadas. Los doctores D... y F... lo atendían.
         Después de estrechar la mano de Valdemar, llevé aparte a los caballeros, y obtuve de ellos un recuento minucioso de la condición del paciente. El pulmón izquierdo había estado por dieciocho meses en un estado semi-óseo o cartilaginoso, y era, por supuesto, enteramente inútil para todos los propósitos de vida. El derecho, en su porción superior, estaba también en parte, si no del todo, osificado, mientras la región inferior era una mera masa de purulentos tubérculos, creciendo uno dentro de otro. Muchas y extensas perforaciones existían; y, en un punto, la permanente adhesión a las costillas había tenido lugar. Estas características en el lóbulo derecho eran de fecha comparativamente reciente. La osificación avanzó con una rapidez muy inusitada; ningún síntoma fue descubierto un mes antes, y la adhesión sólo se observó durante los previos tres días. Independiente a la tuberculosis, el paciente era sospechoso de poseer un aneurisma en la aorta; pero sobre este punto los síntomas óseos rindieron un diagnóstico exacto e imposible. Era opinión de ambos médicos que el señor Valdemar moriría a medianoche del día próximo (domingo). Eran entonces las siete de la tarde del sábado.
         Al abandonar el costado de la cama del inválido para sostener conversación conmigo, los doctores D... y F... habían ofrecido su despedida final. No tenían intenciones de volver; pero, ante mi petición, acordaron visitar al paciente hacia las diez de la próxima noche.
         Cuando se hubieron marchado, hablé libremente con el señor Valdemar sobre el tema de su próxima disolución, así como también, de manera más particular, del experimento propuesto. Él seguía profesándose bastante dispuesto e incluso ansioso de realizarlo, y me urgió a comenzar al instante. Dos enfermeros, hombre y mujer, estaban a cargo de la atención; pero no me sentía con completa libertad para iniciar una tarea de estas características sin testigos más confiables que esta gente, por el hipotético caso en que necesitara probar un súbito accidente. En lugar de eso pospuse las operaciones hasta más o menos las ocho de la próxima noche, cuando la llegada de un estudiante de medicina con quien tenía alguna relación, (el señor Theodore L...l,) me exonerara de un futuro más embarazoso. Mi idea era, en su origen, esperar a los médicos; pero fui inducido a proceder, primero, por el urgente ruego del señor Valdemar, y segundo, por la convicción de que no tenía un momento que perder, por su rápido y evidente hundimiento.
         El señor L...l fue tan amable de acceder a mi deseo de tomar nota de todo lo ocurrido, y es de sus memorándums lo que ahora tomo para el relato, transcrito en su mayoría, o condensado o verbatim.
         Eran cinco minutos antes de las ocho cuando, tomando la mano del paciente, le supliqué que afirmara, tan claramente como pudiera, al señor L...l, si él (el señor Valdemar) estaba enteramente dispuesto a que realizara el experimento de mesmerizarlo en su actual condición.
         Él contestó débil, pero bastante audible:
         —Sí, lo deseo. Temo que su mesmerización —añadió de inmediato—, se haya postergado tanto tiempo.
         Mientras así hablaba, comencé los pases que ya había descubierto más efectivos para someterlo. Fue evidente la influencia con el primer movimiento lateral de mi mano sobre su frente; pero aunque utilizaba todos mis poderes, ningún efecto más elevado y perceptible se indujo hasta algunos minutos después de las diez, cuando los Doctores D... y F... llamaron, de acuerdo a la cita. Les expliqué, en pocas palabras, mi idea, y como no opusieron objeción, diciendo que el paciente estaba ya en la agonía de muerte, procedí sin vacilación... intercambiando, sin embargo, los pases laterales por unos descendentes, y dirigiendo mi mirada por entero al ojo derecho del sufriente.
         Para este momento su pulso era imperceptible y su respiración estentórea, y a intervalos de medio minuto.
         Esta condición permaneció casi inalterable durante un cuarto de hora. Al expirar este período, sin embargo, un natural, aunque muy profundo suspiro, escapó del seno del hombre agonizante, y el estentóreo respirar cesó... es decir, los estertores ya no eran evidentes; los intervalos no disminuían. Las extremidades del paciente eran de una frialdad helada.
         Cinco minutos antes de las once percibí inequívocas señales de la mesmérica influencia. El girar de los ojos vidriosos cambió a esa expresión de intranquilo examen interior que nunca se ve excepto en casos de sonambulismo, los cuales son bastante difíciles de confundir. Con unos rápidos pases laterales hice a los párpados temblar, como en un sueño ligero, y con unos más los cerré del todo. No estaba satisfecho, no obstante, con esto, pero continué las manipulaciones con vigor, y con el más completo esfuerzo de la voluntad, hasta que endurecí por entero las extremidades del dormido, después de ponerlas en una posición de apariencia cómoda. Las piernas estaban estiradas a todo su largo; los brazos también, y reposaban sobre la cama a una distancia moderada desde el torso. La cabeza elevada con ligereza.
         Cuando completé esto, era plena medianoche, y pedí a los presentes caballeros examinar la condición del señor Valdemar. Después de unos cuantos experimentos, admitieron que estaba en un inusual y perfecto estado de trance mesmérico. La curiosidad de los médicos estaba muy excitada. El Dr. D... resolvió de inmediato permanecer con el paciente toda la noche, mientras el Dr. F... pidió permiso para retirarse con la promesa de volver al amanecer. El señor L...l y los enfermeros se quedaron.
         Dejamos al señor Valdemar en completa tranquilidad hasta las tres de la mañana, cuando me le acerqué, lo encontré en la misma y exacta condición que cuando el Dr. F... se marchara... es decir, yacía en la misma posición; el pulso era imperceptible; la respiración suave (apenas distinguible, a menos que se aplicara un espejo a los labios); los ojos cerrados con naturalidad; y las extremidades tan rígidas y frías como mármol. Pese a todo, la apariencia general no era, por cierto, la de la muerte.
         Al acercarme al señor Valdemar hice una suerte de semiesfuerzo para influenciar su brazo derecho en el seguimiento del mío, mientras lo pasaba suavemente de un lado a otro por encima de su cuerpo. En tales experimentaciones con este paciente nunca antes había triunfado con tanta perfección, y de seguro muy poco había pensado en lograrlo ahora; pero para mi sorpresa, su brazo con mucha facilidad, aunque débilmente, siguió cada dirección que yo señalaba con el mío. Decidí arriesgar unas cuantas palabras de conversación.
         —¿Señor Valdemar —dije—, está dormido? —no dio respuesta, pero percibí un temblor en los labios, y así fui inducido a repetir la pregunta, una y otra vez. A la tercera repetición, todo su ser fue sacudido por un estremecimiento muy tenue; los párpados se abrieron lo suficiente para mostrar la línea blanca del ojo; los labios se movieron con lentitud, y de entre ellos, en un suspiro apenas audible, surgieron las palabras:
         —Sí... ahora duermo. ¡No me despierten!... ¡Déjenme morir así!
         Toqué las extremidades y las encontré tan rígidas como siempre. El brazo derecho, como antes, obedeció la dirección de mi mano. Pregunté al hipnotizado otra vez:
         —¿Todavía siente dolor en el pecho, señor Valdemar?
         La respuesta ahora fue inmediata, pero incluso menos audible que antes:
         —Ningún dolor... Estoy muriendo.
         No pensé que fuera aconsejable perturbarlo más justo en ese momento, y nada más se dijo o hizo hasta la llegada del Dr. F..., quien vino un poco antes del alba, y expresó un desinhibido asombro al encontrar al paciente todavía vivo. Después de sentir el pulso y aplicar un espejo a los labios, me pidió que otra vez le hablara al hipnotizado. Lo hice, diciendo:
         —Señor Valdemar, ¿aún sigue dormido?"
         Como antes, algunos minutos transcurrieron antes de dar una respuesta; y durante el intervalo el hombre agonizante pareció estar acumulando energías para hablar. A mi cuarta repetición de la pregunta, él dijo muy débilmente, casi inaudible:
         —Sí; aún duermo... muriendo.
         Ahora la opinión, o mejor dicho el deseo, de los médicos era que el señor Valdemar debería quedarse sin ser molestado en su actual condición de aparente tranquilidad, hasta la que muerte sobreviniera... y esto, era un acuerdo generalizado, debería ocurrir en unos cuantos minutos. Decidí, sin embargo, hablarle una vez más, y simplemente repetí mi anterior pregunta.
         Mientras hablaba, sobrevino un marcado cambio en el rostro del hipnotizado. Los ojos giraron solos y con lentitud se abrieron, las pupilas desaparecieron en su ascenso; la piel asumió un matiz cadavérico generalizado, hasta parecer no tanto un pergamino sino un papel blanco; y las héticas manchas circulares que, hasta ahora, habían estado claramente definidas en el centro de cada mejilla, se apagaron al instante. Uso esta expresión, porque lo repentino de su desvanecimiento trajo a mi vacía mente la comparación con una vela extinguida por un soplido. El labio superior, al mismo tiempo, se replegó sobre sí, alejándose de los dientes que antes cubriera por completo; mientras la mandíbula inferior caía con un audible tirón, dejando la boca muy abierta, y revelando la completa imagen de una hinchada y ennegrecida lengua. Asumo que ningún miembro entonces presente de la reunión estaba desacostumbrado a los horrores de un lecho de muerte; pero tan horrendo, más allá de la imaginación, era el aspecto del señor Valdemar en ese momento, que hubo un generalizado repliegue, un alejamiento de la región de la cama.
         Siento que ya he alcanzado un punto en esta narración en el que cada lector se sorprenderá hasta la absoluta incredulidad. Es mi tarea, sin embargo, simplemente continuar.
         Ya no existía la más mínima señal de vitalidad en el señor Valdemar; y pensándolo muerto, lo dejábamos a cargo de las enfermeras, cuando un fuerte movimiento vibratorio fue observable en la lengua. Esto continuó por quizás un minuto. Al expirar de este período, surgió desde las distendidas e inmóviles mandíbulas una voz... Tal que sería una locura de mi parte intentar describirlo. Hay, desde luego, dos o tres epítetos que pueden ser considerados para en parte aplicarlos; podría decir, por ejemplo, que el sonido era áspero, y roto y hueco; pero el horrible conjunto es indescriptible, por la simple razón de que ningún sonido similar ha crepitado jamás en el oído de la humanidad. Hubo dos particularidades, no obstante, que entonces creí, y aún sigo creyendo, pudieran ser bastante verificables como características de esa entonación... como adecuadas para transmitir alguna idea de su sobrenatural peculiaridad. En primer lugar, la voz parecía alcanzar nuestros oídos... al menos los míos... desde una remota distancia, o desde alguna profunda caverna en las entrañas de la tierra. En el segundo lugar, me causó la sensación (temo, en verdad, que será imposible darme a entender) que materias tales como la gelatinosa o glutinosa producen en el sentido del tacto.
         He hablado del "sonido" y de la "voz". Quiero decir que el sonido era... un silabeo claro... o incluso sorprendente, emocionante en su nitidez. El señor Valdemar habló... obviamente en respuesta a la pregunta que le formulara unos minutos antes. Le había preguntado, si se recuerda, si aún seguía dormido. Él dijo:
         —Sí...; no...; estuve durmiendo... y ahora... ahora... estoy muerto.
         Ninguno de los presentes llegó a negar, o intentó reprimir, el inexpresable, el escalofriante horror que estas pocas palabras, así proferidas, consiguieron transmitir, cual si hubieran sido bien calculadas. El señor L...l (el estudiante) se desmayó. Los enfermeros dejaron de inmediato la cámara, y no pudieron ser inducidos a volver. No trataría de mostrar mis propias impresiones inteligibles al lector. Por casi una hora, nos dedicamos, en silencio... sin expresar una palabra... a la tarea de revivir al señor L...l. Cuando volvió en sí, nos enfocamos otra vez en una investigación del estado del señor Valdemar.
         Permanecía en todos los aspectos como la última vez que lo describí, con la excepción de que el espejo no aportaba más evidencias de respiración. Un intento de extraerle sangre del brazo fracasó. Debo mencionar, también, que esa extremidad ya no era susceptible a mi voluntad. En vano me empeñé en hacer que siguiera la dirección de mi mano. El único indicio real, en verdad, de la influencia mesmérica, se encontraba ahora en el movimiento vibratorio de la lengua, cada vez que dirigía al señor Valdemar una pregunta. Parecía esforzarse en contestar, pero ya no tenía suficiente voluntad. A preguntas hechas por cualquier otra persona que no fuera yo, parecía del todo insensible... aunque yo trataba de poner a cada miembro del grupo en armonía mesmérica con él. Creo que ya he relatado todo lo necesario para comprender el estado del hipnotizado en ese momento. Otras enfermeras fueron conseguidas; y a las diez dejé la casa en compañía de los dos médicos y el señor L...l.
         En la tarde nos reunimos de nuevo para ver al paciente. Su condición permanecía idéntica. Tuvimos entonces algunas discusiones con respecto a la pertinencia y posibilidad de despertarlo; pero pocas dificultades para determinar que ningún buen propósito sería servido al realizarlo. Era evidente que, en ese instante, la muerte (o lo que de ordinario se denomina muerte) había sido atrapada por el proceso mesmérico. Nos pareció evidente que despertar al señor Valdemar sólo sería para asegurar su instantáneo, o por lo menos su rápido fallecimiento.
         Desde este período hasta el final de la última semana... un intervalo de casi siete meses... continuamos realizando visitas diarias a la casa del señor Valdemar, acompañados, de vez en cuando, por médicos y otros amigos. Todo este tiempo el hipnotizado permaneció exactamente como por última vez lo describí. Las atenciones de las enfermeras eran continuas.
         Fue el pasado viernes cuando al fin resolvimos realizar el experimento de despertarlo o intentar despertarlo; y es el (quizás) desafortunado resultado de este último experimento lo que ha levantado tanta discusión en círculos privados... tantas injustificables e increíbles emociones populares.
         Con el propósito de sacar al señor Valdemar del trance mesmérico, empleé los acostumbrados pases. Estos, por un tiempo, fueron ineficientes. El primer indicio de revivificación fue aportado por un descenso parcial del iris. Se observó, como especialmente notable, que este descendimiento de la pupila era acompañado por el profuso flujo de un licor amarillento (desde abajo de los párpados) de un agrio y fuertemente repulsivo olor.
         Me sugirieron que debía intentar influir en el brazo del paciente, como al principio. Hice el intento y fracasé. El Dr. F... entonces confesó el deseo de que yo le hiciera una pregunta. Lo hice, de esta manera:
         —Señor Valdemar, ¿puede explicarnos cuáles son sus sentimientos o deseos ahora?"
         Hubo un regreso instantáneo de los círculos héticos en las mejillas; la lengua tembló, o mejor dicho se enrolló con violencia en la boca (aunque las mandíbulas y los labios permanecían rígidos como antes;) y al fin la misma voz horrenda que ya he descrito, emergió:
         —¡Por Dios!... ¡rápido!... ¡rápido!... póngame a dormir... o, ¡rápido!... ¡despiérteme!... ¡rápido!... ¡Le digo que estoy muerto!
         Perdí los nervios por completo, y por un instante permanecí indeciso sobre qué hacer. Al principio realicé un esfuerzo por recomponer al paciente; pero fracasé en esto debido a la total ausencia de voluntad, regresé sobre mis pasos y luché con denuedo por despertarlo. En este intento pronto vi tendría éxito... o por lo menos imaginé que pronto mi éxito sería completo... y estoy seguro de que todos en la habitación estaban listos para ver el despertar del paciente.
         Para lo que realmente ocurrió, sin embargo, era casi imposible que ningún ser humano pudiera estar preparado.
         Tan rápido como hice los pases mesméricos, entre invocaciones "¡muerto!, ¡muerto!" que reventaban literalmente desde la lengua y no desde los labios del sufriente, su ser íntegro en un instante... en el espacio de un solo minuto, o incluso menos, se encogió... se desmenuzó... corrompiéndose por completo bajo mis manos. Sobre la cama, ante todos los presentes, yació una masa casi líquida de repugnante... de abominable putrefacción.
    - - EL FIN - -

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    La noveleta de Gerardo Horacio Porcayo, El Legado Valdemar, inicia exactamente donde acaba este cuento de Poe
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    Poe en la Langosta, Un recuento para recién llegados

  • by
  • Eugenio Zigurat

  • ©2013, Eugenio Zigurat 

    Como sabemos que en la red todo es efímero y la memoria se queda en la compu, va un listado de trabajos en torno a Edgar Allan Poe que se han publicado aquí (o en Lobosector). Mi pequeña contrubución hoy es este bosquejo que acompaña a la entrada:


    Annabel Lee de Edgar Allan Poe (Poema) Traducción de Porcayo
    El Legado Valdemar de Gerardo Horacio Porcayo
    (noveleta Homenaje a Poe)
    El Cuervo de Edgar Allan Poe
    traducción de 1887 de J.A. Pérez Bonale

    Wallpaper de Poe a crayola de Porcayo



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    Número por el maestro del cuento

  • viernes, 11 de octubre de 2013
  • by
  • La Langosta Se Ha Posteado
  • (c)2013, Eugenio Zigurat

    Ya no es nada nuevo, desde el 7 de octubre estamos en esa esquizofrénica celebración por la muerte de Edgar Allan Poe, acaecida el 1849 en Baltimore, sumando ya la friolera de 164 años de desaparecido de este mundo. Desde el 9, nuestro director se ha dedicado a hablar de él, primero en la charla que tuviera con Gerardo Zepeda Ordorica y con Gerardo Oviedo y luego, ayer con Arturo Abascal en la Casa del Escritor, donde de manera conjunta se dedicaron a hablar y admirar la obra de este maestrísimo. Para variar Porcayo señaló que no sólo fue Poe el Inventor del Policiaco, sino de la CF y del Terror racionalizado. El número, como en otras ocasiones lo subiremos a cuenta gotas. Va hoy la portada y este breve tente en pie. Luego. Luego irán viendo todo lo que hemos preparado para ustedes. Abur...
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    Gernsback para escribir

  • jueves, 12 de septiembre de 2013
  • by
  • Eugenio Zigurat
  • (C) Eugenio Zigurat

    Si no fuera porque ya hay una sección aquí, esto empezaría a llamarse los hallazgos de Eugenio o sus rebotes en la red, porque esta joyita la encontré surfeando en las olas informática de internet hasta alcanzar la Invasión Abisal, no fue algo para nada premeditado o cosa siquiera imaginada. De Gernsback conozco poco y nada sabía en particular de este invento que de acuerdo a lo ahí posteado data de julio de 1920, de la revista Science And Invention; como no tengo acceso al contexto no sé si era broma, algo serio o parte de su derivar a la CF, lo cierto es que refleja lo que ya sabíamos por Kafka: terrible es la burocracia y más quien la aguanta. Primera escafandra para la difícil tarea de ponerse a escribir fuera de este mundo en un mundo tan estrecho y aterrizado como la oficina. Nomás de verlo ya se me han ocurrido maneras de empezar a fabricarme uno, aunque sólo lo pueda yo usar en la intimidad de mi propia y escandalosa casa.
    La invasión abisal, según parece es hecho por Joaquín Peón Iñiguez y sólo espero que al director de este blogzine no se le empiece a contagiar este tipo de plantillas que ya habíamos visto con Planetaria! de Sifuentes. Dense vueltas por ahí, la cosa sigue gratis, al menos en Internet.
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    Miradas oscuras de realidad

  • martes, 3 de septiembre de 2013
  • by
  • Eugenio Zigurat
  • (C)2013, Eugenio Zigurat

    Esto va a ser rápido y simple, porque es producto del surfeo y aunque yo creo que Sifuentes escribió este trabajo, "Sobre el ataque de los animalillos invisibles" en Planetaria, sin dejar de pensar en Dick; al final al parecer olvidó mencionarlo. Una mirada a la oscuridad es una de esas novelas de Philip K. Dick en el filo de la realidad y la CF; más realista y menos galáctica, con menos gadgets y androides, casi en exclusiva referida a los problemas de la droga, desde los dos extremos: consumidor-vendedor; aunque podríamos incorporar el tercero: el infriltrado de policía venido a consumidor.

         En este difícil trance de no dar spoilers, no puedo contarles ni el artículo de Sifuentes, ni la novela de Dick, pero creo que basta con mencionar que la novela arranca con un personaje infestado de ácaros y el artículo de Sifuentes trata sobre la doctora  Jay Traver y su ensayo Dermatitis inusual en el cuero cabelludo humano ocasionada por ácaro dermatofagoide, publicado en un medio especializado y que al final resultara tan alucinatario (en cuestión acárica) como los ácaros del personaje adicto de la novela de Dick.

         Nota sin fin, que les invita a leer el artículo de Sifuentes, la novela de Dick y en última instancia a ver la película protagonizada por Robert Downey Jr. y Winona Rider :


         Y a maravillarse con este rebote de viaje dickiano, ahora, en pleno siglo XXI y con los problemas de las drogas, los carteles y los infiltrados tan en boga.

         ¿Fue Jay Traver inspiración para su novela o sólo una gran coincidencia? ¿Existen las coincidencias? ¿Por qué  Keanu Reeves se parece más a sí mismo en la actualidad que a Neo en esa película?
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    "La Torre y el Jardín" se presentó en la Casa del Escritor

  • jueves, 22 de agosto de 2013
  • by
  • La Langosta Se Ha Posteado
  • ©2013, Gerardo Horacio Porcayo

    Ayer, 21 de agosto de 2013, en el Auditorio Sergio Pitol de la Casa del Escritor, se llevó a cabo la presentación de una de las novelas fantásticas más recientes que han llamado la atención por igual en foros tan extremos como las publicaciones especializadas (alternativas, marginales, contestatarias, subterráneas) y las de la elevada  (Letras Libres o Crónica, por ejemplo) literatura o cultura.

    Una cosa resulta visible de inmediato, es una novela que no pasa desapercibida. Y así quiso darlo a entender José Luis Zárate, al mencionar su nominación al Premio Internacional Rómulo Gallegos, y al arrancar con una serie de consideraciones sobre la labor misma de presentar un libro que tiende siempre a revelar spoilers, a dar pistas claves sobre el desarrollo argumental; para evitar ello, Zárate empezó a describir las atmósferas conseguidas, las filigranas tejidas para su composición que corre en múltiples canales o sendas narrativas. Mencionó incluso la popularidad y presencia en los medios electrónicos del personaje central, Horacio Kustos (a quien comparó con el Héctor Belascoarán Shayne de Taibo II), suerte de testigo pasivo de los efectos especiales, de lo que sucede en esa torre, en ese jardín... Una suerte de invitado especial, explorador contemplativo que atisba en lo desconocido. En una nueva cosmogonía, en esa invitación a un universo de extraña lógica, pero aún coherente...

    Alberto, por su parte, aseguró: "Horacio Kustos es un explorador que busca lo que aún resta de extraño en el mundo" y a partir de ahí relató su largo devenir escritural que le tomara cerca de nueve años y acabara justo un día antes del día en que las principales acciones de la novela ocurren.

    Chimal comentó el especial proceso creativo que lo mantuviera desde 2003 hasta la finalización de la obra, alrededor siempre de la figura de Horacio Kustos y que esta especial alquimia hizo posible la escritura de la novela con su extensión y propuesta literaria.

    Tal como acostumbra, Chimal leyó ejemplos fundamentales de entre las múltiples historias que plagan su volumen. Hubo sesión de preguntas y respuestas y esa extraña atmósfera de que, en verdad, algo había pasado ahí. Algo con huella.



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    Noviembre de 2013

    Noviembre de 2013

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