©2010, Gerardo Horacio Porcayo |
Aquellos son libros terribles, vergonzosos.
Hay otra categoría que no resulta ofensiva o mortalmente repudiable, esos son los no tan incómodos centros de toda estadística.
Pero hay siempre un rincón donde van a parar los singulares, los inauditos, los no sustituibles.
Ya el lector lo habrá sospechado, en ese apartado tengo clasificado el intitulado "Cuerpos descartables" del hoy cumpleañero Sergio Gaut Vel Hartman.
Piedra, papel y pixeles han sido el sustento de nuestras letras.
Nada más. El cine es otra cosa, como la TV y los animes.
Aunque las ficciones prosigan su camino de kleenex, su ruta de papel higiénico, lo que no ha cambiado en muchos de nosotros, en el vientre mismo de esta Langosta, es la necesidad de verdaderas historias.
Esa hambre milenaria que nos hace buscar más allá de lo plano e insulso. Más allá de la plática fácil y las opiniones torpes. Que nos hace indagar en la materia de lo trascendente.
Los cuerpos pueden ser descartables, las ficciones también. El alma que las soporta, si en verdad están vivas, es lo único que queda. Lo único irremplazable. Irrepetible si no es en el ámbito mismo de las letras.
Por mí pueden seguir variando la materia para capturar las historias.
Por mí, por otra parte, se acaban y no las nostalgias.
Tengo mis libros físicos. Mis libros virtuales.
Y al parecer queda un montón de tiempo por delante.
Libros para la memoria no abundan. Menos cuando uno es un lector exigente. Menos cuando naciste en un mundo que corría rápidamente hacia el multimedio y tu nana fue una TV que no paraba de contarte historias a todo color.
Desde mi generación los tiempos del lector compulsivo habían cesado.
Terribles tiempos para un escritor, por cierto.
¿Qué le queda al pobre diablo que ha decidido vivir de tundir el teclado (aparte de morir de hambre, claro)?
¿Deberá perecer como los afiladores de cuchillos, los reparadores de TV, los constructores de escobas o habrá de poner su fábrica independiente?
¿Qué le queda al adicto a la TV, ahora que sus mejores programaciones, ahora que las wish list ya se encuentran todas en youtube? ¿Basta cambiar ese armatoste por una lap-top o un i-Pad?
Los libros edificio, los libros papel, hoy son nostalgias terriblemente atrayentes. Si no, pregúntenle a Dan Brown y a las razones de su código.
Si no, interroguen su librero y vuelvan a preguntarse qué es lo que se extraña.
Hoy hay blogs como arena al borde del río.
Hoy cada blogger es un escritor.
Hoy, el mismo Sergio Gaut Vel Hartman es blogger y ha fundado tres de los más exitosos circuitos dedicados a las minificciones...
Y sin embargo, se mueve...
Pienso en Walter Scott, en la declaración que hacía con nostalgia uno de sus personajes. Con nostalgia hacia los viejos medios: "entonces todo libro era un edificio". Está por algún lado de Ivanhoe y ahorita no quiero ponerme a buscar. Sólo recordar esa impresión. Sólo volverme a maravillar.
En ese mítico entonces soñado en Ivanhoe, ¿todo escritor era un escultor o un arquitecto?
Hoy somos arquitectos de html y css, escultores de pixeles y aporreadores de teclados.
Hoy contamos historias múltiples en diferentes idiomas...
Y, justo hoy, las ficciones descartables han llegado a ocupar la escena.
Sergio imaginó una raza con decenas de cuerpos de repuesto, imaginó el shock de enfrentar, desde nuestra unicidad, nuestra irrepetibilidad, el encuentro con lo múltiple.
Y hoy estoy como los personajes de Sergio, en shock, al mirar cómo nacen y mueren constelaciones de ficciones que nunca serán recordadas, que se perderán en la arena de los pixeles, para no volver a ser encontradas.
Hoy pienso en eso, aunque yo sólo quería celebrar el nuevo cumpleaños de Sergio, aunque sólo quería recordar sus entrañables historias de mundos tergiversados, de ciudades polucionadas, de cuadros artísticos como portales a otros mundos...
Sólo quería...
Quiero pensar en el futuro y me da por pensar en las máquinas homeostáticas de Philip K. Dick, en su histeria mecánica o metamecánica que las animaba, como a viles usureros, a iniciar discusiones siempre en torno al dinero.
Excepto el hombre que vivía en el alto castillo, no recuerdo a nadie escribiendo en los libros de Phil... ¿Será que pensaba que las noticias de nuestro futuro terminarían por amolar cualquier vestigio de creatividad literaria?...
Pero la máquina ya está aquí, más que homeostática, interconectada y llena de publicidad móvil que lo único que no hace (casi siempre) es hablar.
Las máquinas no nos cuentan cuentos. Nosotros se los contamos a las máquinas.
Y seguimos aquí, sin reemplazo para nuestro cuerpo, sin reemplazo real para las páginas y las editoriales. En plena nostalgia.
Mientras el alma que hizo nacer las ficciones o la necesidad de leer o escribir ficciones, permanezca viva, no importa ese cambio de cuerpos.
Lo terrible sería perder el alma en el proceso y pensar que todo, hasta esa misma alma, es ya descartable.
Sea como fuere, como haya sido o como vaya a ocurrir, una cosa parece cierta: hoy escribimos en el ciberespacio y cada vez con menos asiduidad compramos libros.
Los libros nacen en las entrañas de los pixeles, en el vientre virtual y, ahí, los abortos ocurren sin censura alguna.
Hace meses abortaron toda una enorme serie de páginas y escritos con la desaparición de cierto servicio de hospedaje gratuito.
Esta Langosta desapareció con la compra de xoom.com, hace ya una década...
Y esa, en cierta manera, sigue siendo la paradoja que me habita, nos invade, y me hace recordar a Scott: añoro ya los tiempos en que cada ficción era un libro.
Qué le va uno a hacer.
22:16:00
La Langosta Se Ha Posteado

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3 comentarios:
Excelente nota: eso si, yo sigo comprando libros y sigo pensando en la frase de Bradbury referente a los libros en papel, a los cuales se puede abrazar...
Este libro de Sergio es uno de los fundamentales para mí, siempre me fascina leerlo. Más allá de conocerlo personalmente, admiro cómo escribe y forma mi santa trinidad personal junto a Levrero y Aira.
No conocía el sitio, está muy bueno.
Creo que el libro impreso se siente un poquito eterno; y si siente así es porque la eternidad, para nosotros, fugaces, no podemos entenderla con números ni palabras, sino con esa vaga impresión (ni siquiera idea) de vivir más de lo que dura una vida (nuestra vida). Los libros impresos tienen esa cualidad, creo; porque muchos los heredamos, porque a veces pensamos a quienes se los heredaremos. Pero no, ellos tampoco son eternos. Y tal vez eso nos recuerdan siempre los virtuales, los electrónicos: la fragilidad, la brevedad, lo desechable. Pero bueno, creo que son avatares de nosotros, seres que existiremos materialmente menos tiempo que una bolsa de pan Bimbo. Se le quiere Porcayito. Un abrazo chilango.
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