©1998, Alberto Chimal
Octavio Paz escribió que, en los siglos alimentados por la idea de la crítica y la que él llamó “tradición de la ruptura”, cada generación debía enfrentarse a la precedente, negarla, rechazar las formas y los temas que la definieron, y a partir de esa negación comenzar su propio camino: su propia tradición, que en su momento sería también cuestionada y enfrentada. Si aún es verdad: si aún puede ser verdad en este tiempo en el que tantos predican a coro la disgregación y el individualismo, en el que toda idea de progreso está en crisis, aún no puede verse cuál será esa nueva tradición, la de este momento. En México, la mayoría de los escritores jóvenes, que son tan numerosos como nunca antes en la historia, se limita a rehacer, una y otra vez, las novelas de lenguaje, las obras abiertas de los años sesenta, y crea experimentos huecos, sin sustancia, uniformes. En cambio, los pocos, muy pocos que no siguen ese camino, proponen alternativas numerosas. Hay quienes se entregan a la descripción del caos, al milenarismo de moda. Hay quienes continúan el intimismo de generaciones previas, pero teñido de cinismo. Hay quienes retratan la abulia de sus propias vidas en una suerte de hiperrealismo atroz…
A pesar de la incertidumbre, inevitable, en la que esos creadores se mueven, llama la atención el trabajo de los que hacen una literatura fantástica y “posmoderna”, si el término aún tiene sentido, en tanto libresca, abarcadora, nutrida de numerosas tradiciones: por igual centenarias como el Islam y relativamente nuevas como la ciencia ficción, por igual respetadas y exóticas, como el gnosticismo, o comunes y despreciadas como la historieta. Las novelas, poemas, cuentos y relatos que han escrito hasta ahora, más que proponer el cruce o la “hibridación” de géneros rígidamente definidos, toman de ellos lo que conviene a sus propósitos, a las historias e ideas que quieren comunicar, y así los trascienden: regresan a la creación de personajes, a la expresión de emociones y sentimientos, que parecían añejas.
Y al renovarlas se comprometen, aunque de un modo nuevo, con la exploración de la naturaleza humana que es, finalmente, el propósito de todo arte.
Entre otros, de estos creadores llaman la atención Verónica Murguía, Pablo Soler Frost, Ricardo Chávez Castañeda y, desde luego, José Luis Zárate Herrera, el autor de La ruta del hielo y la sal.
Los que hayan leído Drácula, la novela de Bram Stoker, o hayan visto alguna de sus numerosas versiones cinematográficas, creerán conocer el asunto de la novela de Zárate: Stoker, en pocas páginas, cuenta que el vampiro viaja de Varna, en Transilvania, al puerto británico de Whitby, en el barco Démeter, escondido entre varias cajas llenas con tierra de su país natal. Durante el viaje, que un atribulado capitán va consignando en la bitácora de la nave, Drácula sale de la caja y va matando, poco a poco, a los tripulantes, sin que éstos puedan defenderse; al final, poco antes de que él mismo muera y el barco encalle en Whitby, el capitán se ata a la rueda del timón y deja, a quien lo encuentre, el relato de su viaje terrible.
José Luis Zárate, podría decirse, se limita a expandir esta historia de Stoker, y a contarla desde el punto de vista del capitán, que escribe en su bitácora, recuerda su pasado y reflexiona sobre él y sobre los hechos espantosos a su alrededor. Pero esto es sólo la superficie. La transgresión genérica de Zárate comienza desde el momento en el que su novela no es de vampiros, pues la palabra jamás se menciona y, más aún, todos los hechos de la novela de Stoker, fundador del mito moderno del vampiro, son evitados cuidadosamente. El horror de la presencia que poco a poco invade el barco podría ser uno de los seres indescriptibles de H. P. Lovecraft, o de los monstruos casi abstractos de Arthur Machen.
Y continúa cuando, por las descripciones de la vida en el mar, por la reconstrucción de la rutina y el estupor de la navegación, por el rescate de nombres que ya pocos recuerdan: sentina, bauprés, maderamen, mascarón…, puede verse que la mayor influencia del libro son las novelas de viaje del siglo XIX: Daniel Defoe, William Hope Hodgson, Edgar Allan Poe y las aventuras de Arthur Gordon Pym, todos están presentes en la reproducción acuciosa de una forma de vivir que ya no existe, y que tantos sueños e historias inspiró en el pasado, cuando el mundo aún albergaba tierras incógnitas.
Pero la novela no sería más que un divertimento, un ejercicio de estilo e investigación rigurosa, si no fuera por su personaje central: el capitán, que se aleja de la narrativa de horror tanto como de la de aventuras, comenzando por la asunción plena y sin ambages de un aspecto de la vida humana que esos géneros, muchas veces, ignoran: la sexualidad. El capitán es homosexual, y se siente atraído por sus hombres, pero no puede revelarlo a riesgo de perder su autoridad sobre ellos. Esto no es un rasgo circunstancial ni sensacionalista: es parte de su personalidad, como su gran capacidad de culpa, como su responsabilidad, como su imaginación desbordada, que en ocasiones lo lleva a delirios y sueños de una belleza extraña y dura.
La historia no es de Drácula, ni del viaje, sino del capitán, que no es caricatura ni panfleto, que no recurre al patetismo a impulsos de su autor, y por lo tanto es, según creo, el personaje homosexual más logrado en la narrativa mexicana de los ultimos veinte años. Su historia es la de un hombre complejo enfrentado con algo inefable que lo sobrepasa, y de la forma en la que, a pesar de estar condenado, a pesar de saberlo, consigue ganar, por lo menos, la dignidad de un fin que no le es impuesto: la de cómo engaña a su destino y afirma su carácter y su libertad.
La mezcla de temas y motivos que nos ofrece Zárate en La ruta del hielo y la sal; la reverencia con la que los altera y destila a su antojo, es, probablemente, un signo de las cosas por venir: una posibilidad de la literatura que está llegando, y que mira al pasado y a lo que no existe para regresar, como siempre, a nosotros.
José Luis Zárate Herrera, La ruta del hielo y la sal. México: Vid, 1998. 163 pp.
La anterior reseña fue escrita en el tiempo mismo de salida de la novela. Se publica ahora de nueva cuenta en ocasión de la salida de la versión española icluida en el volumen La máscara del héroe.
Nota de La Langosta.
00:12:00
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