©1991, Gerardo Horacio Porcayo
El color del cielo estaba levemente cambiado. Azul claro, despejado, distinto al de la ciudad. La playa se extendía en arena amarilla de una tibieza acogedora, exacta. Las palmeras se mecían a un solo ritmo... Era un lugar ideal.
La figura surgió del mar: hombros anchos, estómago plano, un perfecto corte de cabello, una cara perfecta... Pero no era Víctor. Sandra lo comprendió repentinamente y algo en un rincón de su cerebro se retorció. Una alarma generalizada que hizo que todos y cada uno de los vellos de su nuca se erizaran. Levantó la vista como buscando una salida. Sólo encontró la nostalgia musical de las olas.
—¡Qué diablos estás haciendo aquí! ¡Esto no es lo que necesitas! —se reprochó a sí misma, mientras veleros y cometas aprovechaban la capacidad liberadora de aquel mundo. Se sintió asfixiada, desprotegida en todo ese vacío de perfección. Se dejó caer sobre sus rodillas y con los puños cerrados empezó a golpear la arena.
—Quiero salir de aquí —gritó Sandra. El hombre de complexión atlética, el hombre perfecto, se acercó, buscando consolarla—. Vete, no existes, no eres nada, quiero salir —chilló, rechazándolo. Ninguna caricia alcanzaría a las de Víctor.
El hombre perfecto se quedó paralizado. Trece nanosegundos más tarde creía saber lo que ella necesitaba. Sandra soportó sus caricias, sus ganas de golpearlo. Aún a su pesar, comprendió que la única manera de salir de allí era agotar ese mundo, acabar su cometido. Temblando, se desgarró la ropa. Sus manos permanecieron sujetando la tela de manera tan rígida que las venas saltaban a todo lo largo de sus brazos.
El hombre perfecto parecía desconcertado, no se suponía que ella actuara así.
Sandra sintió el sudor recorriendo sus senos, adentrarse en su sexo. Era insoportable, no podía más. Las uñas se clavaron en las palmas de sus manos, añadiendo hilillos rojos a los transparentes que ya estaban allí.
—Es que no vas a hacer nada, imbécil; no entiendes que quiero salir de aquí.
El hombre perfecto sonrió estúpidamente. Sandra sintió que la bilis subía a su garganta como un eructo. Quiso vomitar. Nada, no había nada. Desesperada se arrojó violentamente contra el hombre perfecto, hundiéndolo a medias en la arena. De inmediato sintió la erección gigantesca que crecía contra su pierna izquierda; asqueada, lo condujo a su interior, lejana a todo éxtasis, sintiéndose ultrajada. Sus manos empezaron a golpear el rostro masculino. Sus uñas trazaron surcos en la piel inmaculada.
El hombre perfecto respondió a la dosis (sadomasoquista a su entender) de violencia, retorciéndole el seno izquierdo.
—¡Tú no, maldita sea! —gritó Sandra, sin parar de golpear aquella cara perfecta que no dejaba de mostrar muecas de éxtasis profundo—. Así no, maldita sea —aulló, sintiendo que aquella sonrisa de dientes perfectos iba perforando su alma, destrozándola, como aquel pene gigantesco destrozaba su vientre.
—¡Así no! —volvió a gritar, mirando cómo todos sus intentos de destrucción sólo aumentaban el placer en aquel ser extraño y perfecto que la estaba poseyendo. En un impulso repentino, tomó un puño de arena y lo introdujo en su sexo. El dolor estuvo a punto de provocarle un desmayo.
Sumamente cansada y herida, se dejó caer, se rindió. El hombre perfecto limpió con su lengua las profundidades vaginales, antes de reintentar la cópula.
Sandra empezó a llorar en cuanto sintió cómo cedía la carne de los labios mayores. Apretó, utilizó sus músculos como nunca antes lo había hecho. Los labios menores no pudieron soportar el asedió del ariete del hombre perfecto.
Aun contra su voluntad y todavía llorando, Sandra tuvo un orgasmo.
La playa, el cielo, el hombre perfecto; todo se disolvió, dejándola abandonada a mitad de su cama, sintiendo los cables del deck del Sueño Eléctrico conectados a su cabeza, mirando a través de sus lágrimas el blanco tirol del techo.
Tuvo deseos de arrancarse a tirones el cabello. Cada intento de olvidar a Víctor, de olvidar su partida, la dejaba aún más dañada, la hundía más en aquel pozo de dolor llamado depresión.
Se quedó mirando el deck y finalmente comprendió.
No había solución posible, nada nuevo que contar, nada nuevo bajo el sol de ningún mundo, por perfecto que éste fuera. El dolor seguiría acompañándola a todas partes.
Extendió una mano hasta alcanzar su caja fuerte. La revisó y extrajo un software pirata que se había prometido nunca usar.
Sin desconectarse, ejecutó el nuevo programa y accesó el Sueño Eléctrico.
Esta vez no habría regreso posible...
El presente cuento es un capítulo del primer intento de novela de Porcayo. Su novela cero fue escrita de 1990 al 91 y del volumen de 175 páginas que fueran a parar a la basura, sólo las anteriores páginas se salvaron y sufrieron una previa reestructuración antes de entregarse como una ficción independiente, autónoma que en aquel tiempo no fuera publicada por nadie. Esa novela tenía el título de El sueño terminal, en claro homenaje a J.G. Ballard. El cuento mismo, me parece, es un homenaje a La playa terminal de Ballard.
La Langosta Espía
21:48:00
La Langosta Se Ha Posteado

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