domingo 9 de octubre de 2011

Para alcanzar el edén

©1991/2011, Eugenio Zigurat

    Todo lo tenía previsto, menos a ella. Se puso en el marco de la puerta y estiró los brazos afincándose. Su entrecejo decidido, sus músculos faciales repetían algunas de las más odiadas muecas, esas que al parecer sólo me había enseñado a mí.
    No lo pensé. La cosa salió automática. Supongo que fue el mohín desafiante, o el rastro de bilet corrido,  testigo de besos que no fueron destinados a mí, la cosa es que el siguiente movimiento fue meter el cañon de la python entre sus labios con el propósito de abrirle la boca y ejecutar aquello que tanto había soñado, aunque con otro instrumento.
    Victoria retrocedió y me tiró un manazo, desviándome la mira.
    —¿Cómo te atreves? Desgraciado, me rompiste el labio, ora sí... —y parecía que de pronto mi adorada se convertía en mi madre.
    Fue más de lo que aguanté. Volví a presionar con el cañón y ahora me llevé hasta un diente. Tomó mi puño como si fuera a arrancarlo. Yo sólo jalé del gatillo. Si puso alguna cara ya no alcancé a verla. Me salpicó de sangré y sus jirones de piel me volvieron a decir lo que me repetía hasta el cansancio cada día: es sólo un maldito pedazo de carne...
    Hasta ese momento oí los gritos de los demás. Ahora sí corrían, ahora sí, no dudaban.
    Mi capataz casi consiguió llegar al elevador, pero antes lo alcanzó mi bala. Fue reconfortante ver el grafitti de sus sesos ahí, mejorando los malditos cuadros musak, los espantosos paisajes sin personalidad.
    Justo entonces alguien puso un disco de éxitos románticos pop en inglés, en puro sax.
    Estuve a punto de vomitar, pero preferí descargar mi maleta llena de armas en la bahía de salto. Me colgué la escopeta al hombro y en la izquierda amartillé la recortada cuata arreglada como pistola. Me veía muy Mad Max. O al menos así me sentía. Llevaba mi traje de cuero... Si a la méndiga Vikinga no le hubiera salido tan bien el batearme, igual ese idiota plan se hubiera quedado nomás en las hojas de mi cuaderno.
    Pero no, tenía que ponerse... así, como se puso.
    Jalé el cable del control general. Lo único que quería era echar a perder todo. Seguir a la tercera expedición y darles matarili... y cambiar la historia. No tenía la más estúpida idea de a dónde se habían largado. Sólo presioné el botón de salto.
    Ojalá y los inventos nuevos fueran tan espectaculares como los viejos cohetes Saturno. Con la miniaturización, los transistores y hasta los chips y circuitos impresos, ya nada impresiona. De hecho, la estúpida bahía parecía un carrusel de caballitos, sin caballitos y con muchas luces.
    Todo empezó a dar vueltas y parecía ir bien, nomás que oí los gritos de las viejas y supe que el subcapataz, el marica, bi, que de seguro había besado a la Vikinga, estaba tratando de pararme ahí.
    Apunté al bulto y disparé con la cuata recortada.
    Hubo cristales rotos, un chapoteo de sangre, gritos de viejas y mucho aire... Luego como que se me acabó el aire y la vista y lo siguiente que supe es que un carro estaba frenando y que otro acababa de hacer pomada a una de las viejas gritonas.
    Los cristales seguían cayendo y también los cuerpos. Temía aparecer a mitad del Kremlim, de la Casa Blanca, la mentada de madre acabó de ubicarme. Seguía en mi país... y hasta en mi ciudad natal. Miré el Zócalo, la cafetería, pero no encontré McDonalds...
    Se suponía que los viajes no retrocedían tanto, que las reparaciones históricas eran discretas...
    Supe cual sería mi refugio y me puse a correr como loco en cuanto llegó el primer silbatazo. A un tránsito seguro lo segurían los tiras.
    Pasé frente a mi vieja cafetería y quise meterme en el restaurante. En su lugar seguía la vieja galería de videojuegos que me dejara quebrado en secu y en prepa. Me detuve apenas segundos y ahí me dí cuenta que el vórtice me seguía los pasos. Seguro había jodido algo de los sistemas con mi balazo, porque vidrios y pedazos de equipo seguían cayendo a mi alrededor.
    Apenas entré el olor familiar resultó como un abrazo. Sólo eso. Los chamacos jugaban, movían palancas y en la caja el viejo idiota que me sonreía cuando me entregaba las fichas, parecía estar durmiendo la siesta.
    Aventé la maleta junto a la primera fila de maquinitas, El trueno electrónico empezaba a ser apagado por el  silbido del vórtice. Cerré la puerta. Le pasé el seguro.
    Fue entonces cuando se dejaron caer los de seguridad. A lo mejor me notaron un poco antes, porque no llegaron a preguntar. Sentí el macanazo y una patada antes de conseguir sacar la .22 Magnum. Traía expansiva, pero no me acordaba. Estaba tan rabioso por el golpe que jalé el revolver y el gatillo.
    Más grafittis. Los jugadores empezaron a abandonar sus máquinas, algunos empezaron a gritar, pero el que arruinó todo fue el militar que quería detenerme y acabar todo de una vez.
    Empezó a soltarme leperadas como si su boca fuera una metralleta. Y de allí me salío lo sádico, le vacié los tres cartuchos que me quedaban vivos en sus piernas. Luego fui por mi maleta y saqué la 12 de bomba y no paré de tirar contra todo el que se moviera hasta que se me acabó el parque...
    Ahora que lo pienso, de muchas maneras estaba cumpliendo un sueño. Me recuerdo, mientras disparaba, gritar: querías emoción, querías sangre, aquí, aquí está...
    Hasta que ya nadie estuvo en pie...
    Lo malo de disparar con escopeta es que te llevas a todititos contigo y hasta a las máquinas...
    El vórtice no ha parado. Primero se encargó de traer los cadáveres de mis compañeros. Luego aparatos, computadoras. Pedazos de coches...
    En algún momento trajo a Vikky, a Victoria. ¿O deberé decir Victor-Victoria? ¿O deberé ahorrarme todo?
    Mi mundo es ya esta galería de videojuegos que cada vez parece expandirse más.
    El vórtice va trayendo cosas del futuro, del pasado. Y hasta mujeres. Todas muertas, como la Vikinga-vikingo.
    Creo que de todo lo que podría hacerme sentir mal, lo que más me duele es que me haya metido con su cadáver aún después de descubrir su condición.
    A veces, como desquite, utilizo a las mujeres que lentamente trae este tifón de tiempo... Nadie ha abierto la puerta. En una o dos ocasiones me he asomado por la ventana circular, la única que mira un poco hacia la calle. Pero no consigo ver nada. Ni siquiera niebla. Aveces me despierta una luz neón que llega de afuera y que cuando me incorporo ha desaparecido. En veces me pongo a revisar las tres laptops que mantengo encendidas. De vez en vez se conectan a una red futura. Pero nunca del mismo universo.
    Aquí no pasa el tiempo. Poco a poco he reunido una buena colección de cadáveres. Confieso que aún conservo a Vikky.
    Cada día se parece más su rostro a aquel que me hiciera soñar e iniciar todo esto. He aprendido tanto de cirugía y tan poco de todo lo otro.
    De tanto en tanto sueño que la patrulla de corrección histórica me alcanza. Y que el vórtice se para.
    Lo peor de todo es que sé que esa es una de las posibilidades más remotas.
    El último noticiario que capté era de 2084 y hablaba de un planeta deshabitado, de una esfera carcomida y muerta reemplazando a la Tierra.
    Como quisiera no haber empezado.
    Por otra parte, si he de ser sincero, jamás, en toda mi historia anterior, pensé en llegar a ser tan feliz.
    Tengo a las mujeres más bellas y calladas. Tengo los últimos gritos en consolas de videojuegos y los títulos más afamados.
    Cada vez que me siento sólo, el simulador de sociedades me hace volver a sentirme en paz.
    Una frase se me viene a la mente: Wish you were here...
    Es mentira. Cada vez menos, pienso en compartir este edén...

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