©2011, Ana Delia Carrillo
—Cuénteme de sus sueños.
Se reclinó en su sillón de piel, cruzando una pierna sobre la otra, los brazos descansando en el pronunciado abdomen. Sus ojos me miraban fijamente, esperando una respuesta.
—¿Sueños? No tengo, doctor. Yo no sueño nunca.
—Eso es imposible —dijo, contundente –siempre soñamos, que no se acuerde de ellos es muy diferente.
Para mí no había diferencia, es decir, si no me acordaba era como si no soñara, fin de la discusión.
—¿Y por qué cree que no se acuerda de sus sueños? ¿Qué siente?
¿Qué siento? Nada. ¿Qué iba a sentir por no tener sueños? ¿Qué clase de doctor era este? El título de una universidad privada, prestigiosa, colgado en la pared, decía Psiquiatra, a mí me importaba un carajo. No le veía el caso. Yo no necesitaba un psiquiatra, necesitaba regresar a mi casa y seguir con mis cosas; necesitaba que me dejaran en paz.
—¿Qué pasa, no tiene una respuesta? Está bien, dígame entonces, ¿qué hace durante el día? Platíqueme de su rutina diaria.
Esto era una pérdida de tiempo. Pensé en Guillermo sentado en la salita de espera, con su cara de angustia, y suspiré, tratando de evitar la exasperación. A últimas fechas Guillermo se preocupaba por todo. A veces lo sorprendía mirándome de reojo, tratando de ocultar su desconfianza, su temor. En todo caso, quien tenía comportamientos extraños era él, quien debería estar sentado frente al psiquiatra, respondiendo preguntas estúpidas, era él, no yo. Pero yo había accedido a la consulta, más por quitármelo de encima que otra cosa, y ahora lo único que me interesaba era terminar con esto de una buena vez y regresar a casa.
Le conté al doctor mis actividades. Lo llevé de la mano por cada una de las tareas que realizo cada día, detallada, meticulosamente. De cuando en cuando asentía y soltaba un ajá o un oh de sorpresa, y apuntaba en su libreta. El sonido de mi voz, monótono, llegaba hasta mis oídos como en sordina, como si alguien más estuviera hablando y yo lo escuchara a través de una pared. Cuando terminé, el doctor me miró fijamente, esbozó una media sonrisa y me dijo que no me preocupara, que todo estaba bien. Se disculpó, pidiéndome que lo esperara, y salió del consultorio.
En cuanto estuve sola me puse de pie, estiré los brazos arqueando levemente la espalda y de inmediato me invadió una sensación placentera de descanso y relajación. Me acerqué a la pared, donde estaban colgados el título y un sinfín de diplomas y reconocimientos. Sin duda el doctor era un experto, pero eso no lo hacía un hombre agradable. Su figura rechoncha me hacía pensar más bien en un carnicero. Siempre había imaginado que los psiquiatras serían altos, delgados, con gafas y barbas, algo así como Sigmund Freud. El hombrecillo de vientre redondo y manos pequeñas, como de sapo, que me había estado interrogando, no sólo me repelía físicamente; su actitud, su trato, me disgustaban sobremanera. Su voz sonaba impostada, falsa, y su mirada condescendiente, y un tanto incrédula, me hacía sentir como un bicho raro.
La puerta se abrió para dar paso al doctor y a Guillermo, y luego a su enfermera cargando una charolita metálica con un vaso de agua y un par de pastillas azules, que colocó sobre el escritorio. Preguntó si su presencia sería necesaria, y al obtener una respuesta negativa, salió, cerrando la puerta tras de sí. Me senté junto a Guillermo, tomándolo de la mano, a la espera del diagnóstico.
—No le encuentro nada malo, si acaso sólo un tanto abrumada por el exceso de trabajo. Lo único que necesita es descanso. Le voy a dar algo para ayudarla a relajarse. Quiero que se tome estas pastillitas, son tranquilizantes. La harán dormir como un bebé y mañana se sentirá como nueva. Todo estará bien.
Yo no estaba cansada, ni abrumada, ni nada por el estilo, ni necesitaba sentirme como nueva, sin embargo, sabía que el doctor no me dejaría salir de ahí sin tomar las dichosas pastillas y, pensándolo bien, dormir como un bebé sonaba maravillosamente y no me haría daño, así que, sonriendo resignadamente, las puse en mi boca y me las pasé con un trago de agua.
Lo primero que sentí fue una punzada intensa, filosa, en la base de la cabeza, justo encima de la nuca, que se fue extendiendo por la coronilla hasta las sienes. Traté de abrir los ojos pero la luminosidad que se abría paso sólo acrecentó el dolor; era casi intolerable y parecía que en cualquier momento mi cabeza estallaría como una calabaza dentro de un microondas. Desistí. Intenté llevarme una mano a las sienes para aminorar la pulsación pero fue inútil; algo detenía mis brazos. Quise mover las piernas y el resultado fue el mismo. Haciendo un esfuerzo mayúsculo, entreabrí los ojos. No pude distinguir nada, sólo esa luz potente que lo invadía todo. Después de unos segundos me fui acostumbrando al brillo. La cabeza me pulsaba al ritmo de los latidos del corazón, que poco a poco se iba normalizando. Ahora podía ver sombras, algo que parecía un cuadrado y que luego descubrí era una ventana. Muy despacio giré la cabeza hacia ambos lados. Estaba acostada, los brazos descansando a lo largo del tronco, y a la orilla de la cama, un barandal. Hice el intento de moverlos de nuevo y fue cuando me percaté de que estaba amarrada a él, inmovilizada por muñequeras de cuero. Tenía conectada una vía intravenosa al brazo derecho y algo pegado a mi cara, un tubo de plástico detenido por tela adhesiva que luego supe era una sonda nasogástrica. El dolor apenas me dejaba pensar, a pesar de que mi cerebro iba a mil por hora, tratando de entender lo que sucedía.
Se abrió una puerta, fuera de mi rango de visión. Una silueta fue tomando forma a medida que se acercaba a mí. La enfermera checó la vía intravenosa, ajustó el goteo, y sólo cuando volteó a verme se dio cuenta de que estaba despierta.
—¡Vaya! Por fin de regreso. Este último episodio sí que estuvo largo, ¿verdad? –dijo, con una sonrisa que pretendía consolarme.
¿De qué diablos estaba hablando? ¿Episodio? Traté de preguntarle pero en lugar de palabras, la garganta sólo emitió una especie de gruñido apagado.
—No puede hablar, tiene una sonda conectada de su nariz al estómago. ¿Qué pasa, otra vez no recuerda nada? –preguntó, compasiva–. No se preocupe, el doctor vendrá en cuanto le avise que ha despertado –dijo, tratando de tranquilizarme, mientras insertaba una jeringa con un líquido amarillento en la cánula del suero—. Si el doctor así lo indica, le quitaremos esto –dijo, señalando el tubo plástico pegado a mi mejilla. Relájese, todo estará bien.
Todo estará bien… todo estará bien… La última vez que escuché esa frase había sido en el consultorio del doctor, y obviamente no estaba bien, ¿o estar conectada a un montón de tubos, amarrada a una cama de hospital, sin saber lo que pasaba, era estar bien? La miré suplicante, pidiendo una explicación. Ella sólo sonrió, dándome unas palmaditas en la cabeza, y se alejó hasta desaparecer de mi visión periférica, luego, el sonido de una puerta cerrándose; estaba sola de nuevo. Sentí los párpados cada vez más pesados y, casi sin darme cuenta, caí en un sopor extraño que me envolvió hasta perder el sentido.
—Amelia, despierta… Amelia, necesito que despiertes, ¿me oyes? ¿Amelia?
La voz llegaba lejana, casi ininteligible, pero insistente. Hice un esfuerzo por entender lo que decía, lo que me pedía. Despierta… despierta… Abrí los ojos para encontrar la cara rechoncha del doctor mirándome fijamente.
—Eso está mejor, así, poco a poco. A ver, abre un poco más los ojos –y el haz de luz de su lamparita me cegaba momentáneamente. –Muy bien, las pupilas responden al estímulo –dijo, dirigiéndose a la enfermera que lo acompañaba, la misma que había estado conmigo anteriormente.
—¿Vamos a retirar la sonda, doctor? –preguntó la enfermera.
—Sí, Violeta, páseme unos guantes y sostenga los hombros de Amelia, por favor –le indicó, con voz firme–. Necesito que respires hondo y, cuando te diga, exhala fuerte; vamos a quitarte este tubito, ¿de acuerdo? –dijo, esta vez dirigiéndose a mí.
Parpadeé, asintiendo. Inspiré, y a la orden del doctor expulsé el aire. De inmediato sentí que me sofocaba, mientras el doctor jalaba el tubo de plástico hasta extraerlo por completo. Me dio un ataque de tos, que la enfermera controló dándome un poco de agua.
—No intentes hablar ahora –me dijo el doctor, al ver que mis labios se movían, aunque la garganta no emitiera sonido alguno. –La sonda nasogástrica ha estado conectada varios días conectada y tu garganta está algo lastimada, es preferible que la dejes descansar. Hablaremos después, cuando estés más recuperada.
Le hizo una seña a la enfermera que, casi automáticamente, tomó una jeringa con el líquido amarillento y volvió a inyectarlo a mi suero, hundiéndome de nuevo en ese sopor cálido y abrumador.
Cuando desperté, el dolor de cabeza había desaparecido, al igual que la bruma en mi cerebro y las ataduras a la barandilla. Pensaba con claridad y tenía un montón de preguntas para el doctor. Necesitaba saber qué había ocurrido. Mi lógica indicaba un accidente, tal vez por una mala reacción a los tranquilizantes. Algún golpe en la cabeza, quizás me había caído de las escaleras, tal vez, incluso, un percance automovilístico. En algún lado había escuchado que después de un traumatismo craneoencefálico se perdía la memoria inmediata al accidente. De seguro por eso no recordaba nada de lo ocurrido. Mi último recuerdo era el momento en que me había tomado los tranquilizantes en el consultorio del doctor.
La enfermera –el doctor la había llamado Violeta, de eso sí me acordaba—entró a la habitación.
—¡Buenos días, Amelia! Veo que tiene mejor semblante –dijo, alegre. –Eso está muy bien, al doctor le dará mucho gusto saber que se recupera favorablemente.
—Buenos… días… —contesté, con una voz ronca, apagada. –Violeta, ¿verdad? ¿Puedo llamarla así?
—Por supuesto, Amelia, puede llamarme así. Pero no se esfuerce demasiado en hablar. Guarde su energía –y su voz— para cuando venga el doctor. Seguro tienen mucho de qué hablar.
Quería preguntarle sobre lo que había dicho antes, sobre el “episodio”, como ella lo llamó, pero siguiendo sus instrucciones, guardé silencio. Tenía razón, eran preguntas para el doctor y, dada mi situación actual, no debía abusar de mis fuerzas.
—Al rato le traerán el desayuno, dieta líquida, me temo, en lo que su estómago se acostumbra al alimento. Y si lo tolera sin problemas veremos la posibilidad de cambiarla a dieta blanda para la comida, ¿de acuerdo?
La sola mención de la comida me abrió el apetito. No sabía cuántos días había sido alimentada a través del suero y de la sonda nasogástrica; lo que sí sabía es que debía de poner todo de mi parte para salir de ese lugar lo más pronto posible. Irme a mi casa. Y fue cuando me di cuenta de que no sabía nada de Guillermo. Se me hizo un nudo en el estómago. ¿Por qué no estaba a mi lado? ¿Y si habíamos tenido un accidente automovilístico y él había muerto? ¿Por qué nadie lo había mencionado?
—Violeta, sólo una pregunta… ¿Dónde está mi marido? ¿Guillermo está bien? –cuestioné, temiendo la respuesta.
La expresión de la enfermera cambió por completo. Los músculos de su rostro se tensaron y la sonrisa se transformó en un rictus áspero, duro. Guardó silencio. Era como una confirmación a mis temores. Guillermo estaba muerto y nadie quería decirme nada para no entorpecer mi recuperación.
—Violeta, por favor dígame qué le pasó a mi marido. ¿Dónde está Guillermo? ¿Qué me está ocultando?
—No se altere –me dijo muy seria. –Voy por el doctor, él contestará todas sus preguntas –y salió de mi cuarto apresuradamente. Me quedé ahí, en esa cama, sintiendo cómo el nudo en mi estómago crecía vorazmente, oprimiendo el corazón, que ya latía con una rapidez inusitada, golpeándome el pecho, la garganta, la cabeza…
—¡Usted está loco! Le estoy preguntando sobre Guillermo, mi marido. No me diga que no lo conoce, doctor. Él me acompañó a su consultorio, él fue quien pidió la cita, quien me convenció de ir a verlo –grité, la desesperación y el miedo en cada una de mis palabras.
—No, Amelia, no dije que no lo conociera, dije que no existe. Guillermo no existe. Recuerda por qué estás aquí, por favor. Por qué has estado en este hospital durante tanto tiempo.
La cabeza me daba vueltas, estaba mareada y a punto de vomitar. Esto era una pesadilla. Lo único que recordaba era a Guillermo junto a mí, en esos sillones de piel del consultorio, sonriendo mientras yo me tomaba las pastillas. ¿Qué pretendía el doctor con su afirmación de que Guillermo no existía? Me sentía aturdida, como atrapada en un tornado, mientras las imágenes de mi marido daban vueltas ante mí. La boda, Guillermo vestido de frac, el padre dando la bendición al final de la misa… Mi casa, yo, haciendo los quehaceres diarios, lavando las paredes de la cocina, acomodando las compras del súper en los estantes, las etiquetas perfectamente alineadas; cambiando las sábanas de las camas, doblando cada esquina en un triángulo perfecto y luego metiendo el sobrante entre el colchón y el box; arreglando los jarrones con flores frescas, cada tallo cortado en un ángulo de 60 grados, a la misma distancia de la flor, para que absorbieran la mayor cantidad de agua… Mi vida entera en ese remolino que era mi cabeza, girando, girando, hasta que la oscuridad del vórtice se apoderó de mí y ya no supe más.
La voz de Violeta llega claramente hasta mis oídos.
—…tenía tantas esperanzas de que ahora sí se recuperara. Después del último episodio realmente creí que todo estaría bien. Los ajustes a la medicina parecían los adecuados, ¿qué pasó?
—Su fantasía se apoderó del cerebro por completo. Amelia es incapaz de diferenciar entre alucinación y realidad –contesta el doctor, con voz impostada.
Ninguno se ha dado cuenta de que estoy despierta. No hago nada que me delate. Escucho atentamente.
—Sé que no tengo mucho tiempo trabajando en el caso, pero le he tomado cariño, ¿sabe? Me da mucha lástima verla así –y realmente suena sincera.
—Imagínese yo, que llevo tratándola más de diez años. Hemos intentado todo: terapia convencional, medicamentos, hipnosis, incluso ha tenido varias intervenciones quirúrgicas y, luego, están las terapias alternativas, las más radicales… nada ha funcionado. Su fantasía termina por imponerse. Me temo que no hay remedio.
Un acceso de tos me delata. Violeta se acerca a revisar mis signos vitales. Yo quiero saber más, entender qué diablos está ocurriendo.
—Doctor, no se vaya. Necesito que me explique qué pasa conmigo. Por favor, dígame cómo llegué aquí.
Fueron tus sueños –dice calmadamente. –La primera vez que hablamos tenías catorce años. Tu mamá te trajo a mi consultorio porque tenías sueños recurrentes. Desde chica te soñabas adulta, casada con Guillermo, encargándote de tu casa. No eran sueños extraños para una mujercita, es lo que se espera de ustedes, ¿me entiendes? Pero tú, no sólo cada noche soñabas lo mismo, lo que ya de por sí era extraño, sino que tu sueño iba creciendo, haciéndose más complejo. Tu mamá se preocupó cuando ya no hablabas de otra cosa que tu vida al lado de Guillermo, de tu casa. Describías cada detalle como si en verdad estuvieras viviéndolo. Fue cuando te conocí. Intentamos encontrar el detonante de tus sueños, tuvimos interminables sesiones de terapia, pero en lugar de avanzar, retrocedíamos. Llegó el momento en el que te resistías a aceptar que sólo era un sueño, estabas convencida de que era real. Fue cuando decidimos internarte, tratar con otras alternativas tu condición. Pero hasta ahora ha sido inútil. Tienes periodos en los que te pierdes. Es como si te sumieras en un sopor y tu cerebro se nublara. Dejas de tener contacto conmigo, con las enfermeras, con los demás pacientes. Dejas de comer, viviendo en tu mundo imaginario. Es cuando tenemos que alimentarte por medio de la sonda, mantenerte hidratada con la vía intravenosa, hasta que despiertas. Siempre desconcertada, sin saber dónde estás. Y siempre, eventualmente, preguntando por Guillermo. Y cuando te enfrentas a la realidad, te rehúsas a aceptarla. Entonces volvemos a ajustar el medicamento, a buscar respuestas, a intentar traerte de regreso de ese mundo de sueño en donde vives. Lo que más me preocupa es que estos periodos de desconexión son cada vez más largos. Me temo que en algún momento no regreses más.
No entiendo nada. Las palabras del doctor no tienen ningún sentido, sólo palabras inconexas, como dichas al azar. ¿Un sueño? Absurdo. Necesito salir de aquí, irme a casa, donde estoy segura, donde están mis cosas: mis flores, mis cuadros, mi vida entera. Sus palabras se hacen más lejanas, como un murmullo, un zumbido que va desapareciendo mientras una bruma espesa nubla mi vista. Siento los párpados pesados, arenosos y sólo quiero irme de aquí.
Guillermo insistió en que viéramos al doctor y no me quedó otra más que aceptar. Lo bueno es que su consultorio está cerca de casa, no me gusta mucho salir. Nos recibió una enfermera muy amable y casi no tuvimos que esperar para entrar a consulta.
El doctor se puso de pie, detrás de su escritorio, para saludarnos. Me estrechó la mano con firmeza. Es rechoncho, y lo primero que se me vino a la mente es que tiene manos cortas y gruesas, como de sapo. No me agradó mucho el doctor, pero ya estábamos ahí, así que no había más que hacer. Eso sí, su cara me pareció muy familiar pero por más que me esforcé no pude identificar de dónde. Es extraño, casi no salgo de casa, no conozco a mucha gente… tal vez de la tele.
Comenzamos con las preguntas de rutina: nombre, edad, padecimientos de la infancia y luego, amablemente le pidió a Guillermo que saliera.
—Su esposo nos esperará afuera, necesito que usted se sienta en entera libertad de hablar, Amelia, ¿de acuerdo?
—De acuerdo, doctor, usted dirá.
—Cuénteme de sus sueños.
—¿Sueños? No tengo, doctor. Yo no sueño nunca…
10:42:00
La Langosta Se Ha Posteado


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