lunes, 5 de marzo de 2012

El hombre que soñaba un soñador…

©2012, Carlos Alberto Limón

1 de marzo
    Cuando abrió los ojos ella ya no estaba.
    La conciencia llegó a despertarlo a través de esa masa esponjosa y densa (ambas al mismo tiempo) que a esa hora de la mañana era su cerebro. Abrió los ojos mientras regresaba de ese lugar perdido entre las circunvoluciones, atrapado entre las meninges; ese lugar salvaje, agreste, violento y hermoso donde la realidad casi nunca funcionaba. De hecho, desde los últimos 30 o 35 años que no lo hacía del todo. ¡Vaya modelo!
    Ese lugar que pesaba un kilo trescientos gramos pero cuya extensión no tenía fronteras.
    Un universo encefálico.
    Le gustaba mucho regodearse con esa imagen… universo encefálico. Era su figura, su imagen. Su creación.
    De las pocas que aún podía hacer de todo ese tiempo. Antes de que la realidad se tornara salvaje, veloz, sin sentido.
    Una concatenación de sinsentidos.
    Je.
    Sinsentido.
    Así era su vida.
    Encontró la carta bajo una botella de vodka medio llena. Alrededor, vasos, restos de la cena de la noche y una infinidad de colillas como cucarachas congeladas por la luz mortecina de la mañana, como chinches del alma a medio podrir, realizaban una coreografía que no era nada a la luz de la sobriedad abriéndose paso entre la modorra y la “cruda”.
    El mensaje era breve, conciso, puntual.
    No hizo falta que lo leyera otra vez. Ella se había marchado, como varias veces durante los ¿cuántos años habían permanecido casados? Bueno, no importaba. Siempre regresaba a la casa, por costumbre, por ausencia, por tristeza… ¿por amor?
    Eso tampoco importaba mucho.
    Una semana, incluso un mes más tarde, pero siempre regresaba. Sin embargo, esta ocasión era diferente: el trazo vacilante pero duro de las palabras, las pocas líneas que ni siquiera llegaban a un párrafo y los manchones de tinta hechos al mezclarse con las lágrimas lo convencieron que no debía poner más plazos, que no debía abrir cuentas, ni apuestas personales.
    No volvería. Nunca más. Estaba solo; ahora sí, solo.
    Pero en el fondo siempre lo supo; claro que lo supo, cortesía de ese inconsciente que sabe de miedos y paranoia, que sabe erizar la pelambre de la nuca ante el peligro inminente pero al que ya casi no le hacemos caso los hombres, narcotizados por el agridulce licor del minuto a minuto, hora tras hora, día a día de eso que llaman la vida moderna.
    Y de pronto ese pequeño departamento de interés social comprado con el trabajo de una vida, con las cuotas de un alma que quedó embarrada primero —en sus años mozos— en una maquiladora rumbo a Panzacola, y luego en el mostrador de ese Radio Shack del centro, se le hizo tan amplio que no pudo abarcarlo ya con la vista.
    Jamás volvería a ser de esa manera. Trazaría una frontera estrecha de uno o dos cuartos a lo mucho; lo demás sería territorio agreste, jungla reconquistada por las bestias de sus miedos, donde acecharían inmisericordes esperando cualquier descuido, la mínima vacilación, para atacar y dejarlo a merced de ella vuelta demonio.
    Recuerda cuando la encontró en el piso de la sala con las manos apretándose el vientre tratando de asir algo que ya se había ido, con las piernas hechas una trenza imposible mientras la sangre empapaba inexorable su ropa interior y el pants de algodón color rosa. Vio de nuevo ese rostro de dolor infinito por lo que, temía, era el principio del fin.
    “Aborto espontáneo”, le dijo la ginecóloga, aunque la neblina entre su cráneo y el cerebro amortiguaron el verdadero sentido, el peso real de la frase. Vio a través del hombro de la doctora y vio a su esposa sobre una cama aparentemente descansando bajo el efecto de algún anestésico pero con repetidos sobresaltos, como una corea inevitable, como un Parkinson espiritual desatado después de la pérdida.
    Por qué nunca dejó que la magia funcionara.
    Por qué nunca creyó en él.
    Por qué nunca pensó que esas horas sentado frente al monitor imaginando historias, imaginando universos “bebés” en los que pudieran saltar para dejar esta miseria llamada vida e iniciar de nuevo haciendo piel los sueños y huesos los anhelos, podrían ser sino la solución por lo menos algo mejor que esto que tenían.
    Algunos pueden hacerlo, otros no…
    Protestas que luego pasaron a ser reclamos hasta transformarse en gritos de batalla, amargos como ajenjo y dolorosos como puñaladas. Repetitivos como las tres comidas del día.
    Y a veces más.
    —Eres un imbécil…— le dijo una vez, antes de irse a la recámara mientras él seguía atrapado en las febriles alucinaciones de su mente. Y parecía una sentencia.
    Por eso la noticia de su embarazo la hizo brincar primero de alegría, después comenzar a planear de nuevo esa vida que sólo él deliraba entre las teclas de la computadora, en documentos a los que ella nunca se atrevió a darles un vistazo pero que ahora serían realidad. Dura, palpable y verificada realidad.
    Después de la pérdida vino una especie de resignación cotidiana, triste como los finales de historia adivinados a mitad de libro. Día tras día, hasta completar meses de purulento conformismo, como si nada pasara, como si hubiera sido un mal sueño, una pesadilla de la que inevitablemente era necesario despertar.
    O morir en el intento.
    Por eso una noche, la primera de luna llena de la primavera, como poseído por un embrujo más allá de la realidad, desvió su rumbo hacia la Comercial para comprar una botella de Smirnoff con algo de comida y un postre (que juró y perjuró no recordaba qué fue), además de dos cajetillas de Delicados con filtro (Dios, ¿en serio?). Llegó a su casa para darle esa ofrenda que ella aceptó sin rechistar.
    El sexo de esa noche fue amargo.
    Triste, como una puta asesinada en una calle a espaldas de La Victoria.
    Aburrido, como designar a un diputado plurinominal.
    Turbio, como un coñac al que le cayó el corcho hecho pedazos.
    Y mientras la cabalgaba con ansia, como queriéndose asir a un fantasma vio su rostro, antes de “venirse” vio sus ojos. Esos ojos de un café de inmensa tristeza.
    Por la madrugada de ese mismo día ella se fue.
    Sin embargo, y a pesar de los que los puristas del lenguaje pudieran reflexionar, nada importaba ya.
    En serio, nada.
    Llevaba horas (años, lustros, décadas, ¿siglos?) aporreando teclas sin sentido, sin aparente dirección ni finalidad, todo con tal de narrar esta historia.
    Terminó con lo que sobraba del vodka así, sin nada, sin agua mineral ni refresco. Continuó escribiendo.
    De repente se levantó, apuró un vaso de agua, fue al baño a vomitar. Las arcadas le volvieron de nuevo a la vida. Se limpió la boca. Tambaleándose caminó hasta la cama, que ahora le parecía enorme, como un mar infinito.
    Sollozó.
    ¿Vale la pena? ¿Valió la pena toda esta mierda?
    Cayó perdido sobre el colchón, con la funesta idea de que tal vez esa sí sería la última noche en este erial marchito, mientras el alma abandonaba su cuerpo para siempre…

2 de marzo
    Suavemente, con los tonos de “You've lost that loving feeling” de The Righteous Brothers, se incorporó de la cama como un conejo asustado frente a la luz de un automóvil.
    Suspiró.
    Bueno, menos mal, hoy tendría que levantarse temprano para ayudarle a su esposa. Apurar a sus hijos, una en sexto de primaria y el mayor en segundo de secundaria. Como siempre, ella se había levantado por lo menos una hora antes para preparar el desayuno; él funcionaría como alarma, aunque generalmente también sus hijos estarían vestidos y peleando a muerte por el baño. Todo un clásico familiar.
    Le dolía la cabeza, como si tuviera una “cruda” fenomenal, sabía por qué y, en cierto modo, era su culpa.
    Bueno, era el oficio.
    Escribir hasta altas horas de la madrugada, incluso hasta la mañana del siguiente día. Pero así era. Sin horarios, ni días fijos.
    Además tenía su empleo.
    Un poco complicado, pero para eso estaba su querida esposa.
    Y eso era suficiente.
    Sólo tuvo que apurarlos un poco e insistirle un poco a Sofía (su hija) sobre la importancia de un buen desayuno.
    Qué más quería.
    Se dirigió al estudio. Haría sus ejercicios de “calentamiento” para que al regresar del trabajo tuviera ánimo de escribir un poco. Iniciaría con un poco de asociación libre, después continuar con unos relatos que estaban a medio hacer…
    —¿Cómo está “Don Letras”?…
    Giró la cabeza hacia la voz y descubrió a su esposa con una sonrisa además de una taza de café en la mano.
    Volvió a repetirse, “qué más quería”.
    No, realmente pocas cosas.
    Que ya no vivieran en un departamento de interés social en una mísera colonia popular del norte de la capital.
    Que tuviera un buen trabajo, bien remunerado y que ella no viviera en el perpetuo desempleo.
    Que su esposa (sí, esa esposa que ahora lo miraba primero con ojos de extrañeza, para dar paso de inmediato a los de alarma) no hubiera abortado, que hubiera tenido esos dos primorosos hijos con los que siempre soñaba.
    Que ella nunca se hubiera ido.
    Una nube negra cruzó en su horizonte.
    —¿Te sientes bien?
    —No… lo sé…
    —Cómo…
    —Tú… eres… otra…
    —…
    Ahora la que le dirigió fue una mirada de miedo.
    —Yo… lo siento… supongo que es el trabajo y el desvelo…
    —Sí… eso puede ser… mejor te preparo algo de desayunar, y más café.
    —Okey, voy a escribir un poco.
    —Te alcanzo en el estudio.
    Pero ya no le contestó. Quería terminar esta historia antes de dormir. Dejar asentado todo.
    Encendió la computadora con cierta ansia nerviosa y le dio un sorbo largo al café, quemándose un poco la boca, pero era mejor para despertar.
    Terminar, acabar, finiquitar, concluir. Todos los sueños se volvían cada vez más reales.
    Ahora con dificultad distinguía lo que era.
    Le aterraba pensar si estaba enloqueciendo, aunque según el médico sólo era estrés y falta de descanso. Mucho escribir, dar clases, poco sueño.
    Tal vez en esta ocasión aceptaría las vacaciones familiares pospuestas durante varios años.
    Pero, en el fondo, lo sabía. Le aterraba cerrar los ojos, dormir y despertar en otro lado, o despertar aquí pero siendo otro.
    Por eso tenía que escribir esta historia.
    Porque le aterraba descubrir finalmente si era el soñador o apenas el sueño.
    Suspiró con angustia. Estaba cansado, claro que estaba cansado. Muy cansado.
    La cabeza le dolía y, poco a poco, de manera inevitable parpadeaba con menos rapidez.
    Cerró los ojos.

   

3 de marzo
    …

   

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