Manifiesto

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  • domingo, 6 de enero de 2013
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  • ©2012, Manuel Barroso

    Manuel Barroso estudia Literatura y espera impaciente el tiempo de terminar. Escribe cuando le duelen las historias, escucha rap y jazz de forma adictiva y lee hasta las cajas de cereal. Escribe mensualmente en la revista electrónica Penumbria


         El capitán Burela abrió el correo recién llegado. Era de Crajales. El maldito podía ser un detective de cuarta, pero ya era la segunda vez que conseguía información que sus subordinados no podían ver aunque la tuvieran enfrente.
         El mail contenía un video. Era evidencia para el caso que lo ocupaba desde hacía meses. No había nada escrito, ningún otro dato. “Algo has de querer, pinche Crajales”, pensó Burela.
         Le puso play y frente a él se desplegó la confesión.
         … pero mí me gusta más el basket. Sus reglas permiten que sea un juego rápido y cardiaco sin dejar a un lado la violencia. Además fue el primer deporte que aceptó cyborgs y sigue siendo el que se ve mejor con ellos en la cancha. Yo tengo un mecanismo de propulsión en las piernas. Soy muy bueno clavando el balón, al menos eso dice Omy. A él le di mi disparador de agujas a cambio de estos audífonos. Los amo. Son enormes y negros, como los del guitarrista de Linkin Park. Habría matado por ir a uno de sus conciertos. Me encantan sus canciones aunque sean tan viejas. Hule, por ejemplo, no tiene la menor idea de que Linkin Park existió. Siempre me molesta con eso, dice que nací en la época equivocada. A veces pienso que tiene razón, que yo no debería estar aquí, pero cuando recuerdo que los videojuegos necesitaban controles, que veían las películas en discos y que la heroína era la reina de las drogas me retracto. No sé cómo le habrán hecho los seres del pasado para sobrevivir sin hielo negro y cúpulas ambientales. Seguro fue difícil, por eso admiro a la gente de ese tiempo. Ya sabes, finales del XX, principios de este siglo. Esa debió ser la gente más intensa de toda la historia. Alguna vez, mientras caminaba a las canchas de basket, escuché a unos viejos decir que era culpa de la red que el mundo estuviera jodido. Tal vez no dijeron jodido, pero no me acuerdo exactamente, así que supongo que dijeron jodido. El punto es que tuve que romperles el cráneo contra la banqueta. No me enorgullece golpear a alguien, pero tiene caché, es divertido. Aparte se lo merecían: nadie puede hablar mal de la red en mi presencia. No conozco nada mejor que conectar los cables en la entrada de mi nuca y sumergirme en el gel proteínico para quedarme ahí todo el tiempo que quiera. Ese gel debe ser el mayor descubrimiento de la humanidad después del sexo. Antes de que existiera esa madre, en cuanto la realidad virtual tomó el lugar del internet, sólo te metías el cable y ya. El problema era que tu cuerpo se consumía rapidísimo y tenías que andarte desconectando cada tres horas y descansar otra para poder volver a la red. Era un asco. Imagínate, tú cogiendo dale dale sin perder el tino porque si lo pierdes se te vuela el pito y que le das una y que le das dos y vas a darle tres y tu tiempo se acabó. Por eso ya no cojo en la red. Ya no tenemos ese problema, pero de todos modos. Como que se me quedó el trauma o una madre así. Por eso mejor con carne y hueso. Aparte como que no se siente igual. Eso o Aline es la chica más increíble del mundo, cualquiera de las dos. Amo a esa mujer, todos lo saben. Es nostálgica, como yo. Ella se quitó los oídos y se implantó un par de audífonos para escuchar Portishead cada que se le diera la gana. La operación es cara; Aline se endeudó con el banco. Odio a los bancos. ¿Sabías que se llaman bancos porque, hace mucho, un tipo se sentaba en un banquito a prestar dinero y luego cobraba intereses? Esos fueron los primeros banqueros. Seguro no tenían trajes ni portafolios, pero eran banqueros. Habría que exterminarlos a todos, seguro sería algo divertido y edificante. Después de todo, ellos son lo peor que le pudo pasar al mundo después de la democracia, los derechos humanos y el caldo de pollo. Por eso, cuando Aline me pidió que le ayudara con su deuda, le dije que sí. En realidad le hubiera dicho sí a cualquier cosa que me pidiera, pero casi nada es más entretenido que joderse un banco. Me encanta. Amo entrar a la red, encarnarme en mi avatar e infiltrarme en los sistemas de seguridad. Seguro cuando lo hicieron leyendas como Zorro o Phillum no era lo que es ahora. Hackear ahorita es igual a jugar Metal Gear Solid con una sola vida mientras tienes un orgasmo. Normalmente cobro por eso porque nada es gratis en la vida, pero la verdad es que lo hago por diversión. A Aline no le cobré porque la amo y porque, cuando supo que su deuda estaba en ceros, me dio hielo negro y cogimos cuatro días seguidos. Cuando se nos bajó un poco, nos quedamos desnudos y abrazados en la cama. Pusimos una película vieja porque somos un par de nostálgicos. En la película, una pareja se perdía al salirse de la carretera y tomar un atajo. Después de un rato de andar dando vueltas, se les descomponía el coche en medio de un pueblito asqueroso. Ahí empezaba lo raro, porque el lugar ese estaba poblado por una bola de niños psycho que adoraban a un dios mazorca. Esos niños deciden que el par de perdidos debe morir. El punto es que los tipos están aterrados porque no encuentran otro adulto. Ni un adulto en todo el lugar. Llegamos a la mitad y nos dio hueva, aparte de que ya nos habían regresado las ganas. Aline se balanceaba sobre mí mientras yo me extraviaba en donde sólo ella sabe llevarme. Lo último en lo que pensé antes de quedarme en blanco otra vez fue en la pareja de la peli. Adultos idiotas, como si el mundo no nos perteneciera a nosotros desde siempre.
         El video terminaba ahí. Burela volvió a verlo un par de veces. El tipo que se jactaba de burlar la seguridad bancaria con tal descaro no pasaba los dieciocho años. Un mocoso era el hacker más buscado por las autoridades financieras y él parecía no ser consciente de ello.
         Seguramente le daría mucha risa saberlo.
         El capitán mandó la imagen del muchacho a todo el departamento policial y encendió un cigarrillo. A ver si ahora, después de meses con las manos vacías, sus subordinados podían hacer algo con el caso.
         El ojo biónico del capitán le reportó que tenía una llamada. Crajales. El maldito iba a cobrarse el favor. Burela suspiró, agotado. Tomó la llamada.
       

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